El coronavirus descubre el drama de los temporeros: “Señor Sánchez, ni a los animales se les trata tan mal”

Cataluña lidia por confinar Lérida, pero olvida a los migrantes, "no tenemos mascarillas". El comercio denuncia falta de previsión: "Los políticos nos han fallado"

Thumbnail

Habla cinco idiomas, francés, inglés, ruso, árabe y español, y tiene una letra preciosa. «Mi nombre es Thierno Boubakar Diallo», escribe en una libreta. Cuando le preguntamos si sabe qué significa «tierno» en español sonríe. «Sí, tengo el nivel B1 de lengua castellana. Lo primero que hice al llegar a España fue estudiar el idioma», cuenta.

Thierno habla un castellano perfecto. Tiene 41 años, un hijo al que no ve hace demasiado y es licenciado en Ciencias Económicas. Si hubiera nacido en Alemania, su perfil podría encajar en una multinacional. Pero lo hizo en Guinea Conakry, de donde tuvo que huir por motivos que no tiene ganas de recordar. Hace cinco años llegó a la costa andaluza en patera. Tiene la tarjeta roja por asilo político. Ha trabajado en el campo de Jaén, recogiendo olivas. También en Huelva, con las fresas. «Las aceitunas se recogen en otoño y las fresas, en primavera», dice. «Trabajamos cuando España estaba confinada y este año, me dijeron que en Lérida necesitaban a gente para la cosecha y vine en coche con unos compañeros. Pero hace un mes que llegamos y aún no he trabajado. Estamos viviendo en la calle, en unas condiciones miserables. Ni a los animales se les trata tan mal», lamenta. Sin papeles, muchos están fuera del circuito legal de contrataciones.

En Lérida, ya ha pasado la temporada de cerezas y ahora acaba la cosecha de melocotones y albaricoques. Este año no se necesita tanta mano de obra. A la pandemia, se suma una mala cosecha por culpa de los temporales y un modelo productivo que marca unos precios que castiga a los payeses. La siguiente parada para los jornaleros es la recogida de la manzana y la pera en el Urgell y Girona.

Thierno lleva un mes atrapado en Lérida sin trabajo y quiere volver a Huelva FOTO: Miquel González de la Fuente Miquel González / Shooting

Sin acceso a mascarillas

El casco antiguo es un hervidero de temporeros sin trabajo, donde las mascarillas van buscadas y no se respeta la distancia de seguridad. «Este año hay más gente que nunca», sostiene Carmen, vecina del barrio. Dos jóvenes senegaleses, Omar y Cheikh, se acercan con las manos en señal de súplica. «¿Tenéis mascarillas?», preguntan. Llevan días durmiendo al raso, cerca del Mercado del Pla. Alcaldes como Sandra Marcos, de Soses, insiste en que el rastreo de positivos por teléfono en el caso de los migrantes no funciona. “Necesitan una atención presencial”, reclama.

Pintada en el casco antiguo de la ciudad donde malviven decenas de inmigrantes FOTO: Miquel Gonzalez Miquel González / Shooting

Un trato inmerecido

Thierno tiene un portafolio transparente con copias de su currículum. “Acabo de hacer cola en una ETT, pero no hay trabajo y sin trabajo, así estamos, como perros durmiendo en la calle”, lamenta. «Me gustaría trasladarle un mensaje al señor Pedro Sánchez: somos seres humanos. Trabajamos durante la pandemia y queremos seguir haciéndolo. No merecemos este trato», dice. En el mes que lleva malviviendo en las calles de Lérida, no se ha acercado ningún trabajador social para preguntarles cómo están. Si pudiera, huiría de Lérida. «Volvería a Huelva, donde me tratan mejor», admite. Pero Lérida está confinada.

Cuando en España todavía estaba limitada la libertad de movimiento, miles de migrantes se las ingeniaron para llegar a Aragón y Cataluña. Una docena de brotes en empresas hortofructícolas hace tres semanas puso el foco en este colectivo. Las condiciones precarias en las que viven actuaron de caldo de cultivo para el virus, que saltó de las empresas a los domicilios y de los domicilios a la calle. En un abrir y cerrar de ojos ya había contagio comunitario. «El 60% de los casos de Covid que atiende ahora el hospital Arnau de Vilanova es gente de la calle, que va a bares y de diferentes sectores, hemos dejado de atender solo a un perfil», resume el doctor José Luis Morales.

Tres fallecidos desde el confinamiento y 1.600 casos

Lérida notificó ayer dos nuevos fallecidos y 103 nuevos positivos. Y acumula 1.600 positivos y una veintena de brotes activos. En el Centro de Urgencias de Atención Primaria Prat de la Riba, donde se derivan todas las sospechas Covid, había unas cuarenta personas haciendo cola. A mediodía, José y Cristian, padre e hijo, llevaban una hora esperando en la calle para hacerse la PCR. «El jueves los abuelos ingresaron en urgencias por Covid. Mi madre y mi hermano pequeño se empezaron a encontrar mal el viernes y dieron positivo. Hoy, los que no nos encontramos bien somos mi padre y yo, tenemos dolor de cabeza y fiebre. Pero lo que de verdad me preocupa es que mi abuela acaba de ingresar en la UCI por neumonía», lamenta. Una enfermera se lleva dentro a una mujer con diarrea y al poco tiempo a un hombre con dificultades para respirar.

Cola frente al CUAP de Lérida donde se derivan los casos de sospecha de covid FOTO: Miquel González de la Fuente Miquel González / Shooting

“Los políticos han fallado”

Había que prevenir, no curar, es la frase que más repiten los comerciantes de la calle Major, el eje comercial de la ciudad.

«Cada año vienen migrantes a trabajar, no es nada nuevo, ¿por qué los políticos no se anticiparon? Nosotros cumplimos con el confinamiento. Y ellos nos han fallado», comenta Axel la puerta de su comercio, Bolsos La Parada. El 75% de las tiendas optó por abrir. «¡Pero cómo vamos a vender si se ha pedido a la gente que se quede en casa!», protesta Joana, otra comerciante que aún no se cree que los vayan a volver a confinar cuando se habían hecho ilusiones de que podrían salvar el negocio. «Todo es un despropósito», añade Marcel Balsell. Su familia lleva nada más ni nada menos que 80 años al frente de “Tejidos Balsells”. Ahora cierra por jubilación. “Los chicos no seguirán con el negocio”, cuenta. Hace un año que empezaron con la liquidación, pero el confinamiento ha alargado el cierre definitivo. Marcel no esconde su indignación. “Estamos en la misma casilla de salida que en marzo, parece que no hayamos aprendido nada”, espeta. Coincide en que ellos han hecho las cosas bien. Son los políticos los que han fallado. Hace cuatro meses que no veo a mi madre, que está en una residencia. “Tiene alzheimer y hacemos videollamadas, pero la última vez que llamé, no me reconocía”, comenta con tristeza.

“La culpa no es de los temporeros, es de los políticos que no se han sabido anticiparse a su llegada. Vienen cada año, ¿por qué no iban a venir?”, pregunta. “La covid no ha hecho más que descubrir a la ciudadanía un problema social que Lérida y otros puntos como Huelva o Almería conocen hace tiempo”.

El runrún en Lérida es de indignación con la actuación de la clase política FOTO: Miquel Gonzalez Miquel González / Shooting