Steve McQueen, el actor que creyó encontrar la cura contra el cáncer

Este año se cumplen cuarenta de la desesperada lucha del intérprete para batir a la enfermedad

En 1980, muchos sospechaban que Steve McQueen, una de las más grandes estrellas de Hollywood, estaba seriamente enfermo. Sin embargo, con dos películas recién rodadas a sus espaldas, el actor se estaba encargando de desmentir a todos. ¿Cómo podía ser que el héroe de “Bullitt” o “La gran evasión” pudiera estar cerca de la muerte? Rumores absurdos. Pero la realidad era distinta.

Símbolo del rebelde por excelencia, amante del riesgo y la velocidad, Steve McQueen era un tipo duro, un inconformista que no estaba muy alejado de los personajes que acostumbraba a interpretar en el cine. Por eso, cuando tuvo las primeras sospechas de que las cosas iban mal para su salud quiso plantarle cara a la adversidad. Pese a su cautela, el 18 de marzo de 1980 la sensacionalista publicación “National Enquirer” había anunciado en portada que McQueen estaba luchando “una batalla heroica contra un cáncer terminal”. El intérprete negó la información a través de sus representantes e, incluso, sopesó la idea de demandar a la revista, pero “National Enquirer” había logrado buenas fuentes para una información que era correcta.

Hacía ya tiempo que el actor estaba buscando una fórmula para poder combatir el cáncer. En 1978 una tos regular no lo abandonaba. El hombre que había hecho varias campañas publicitarias de marcas de cigarrillos y que había llegado a fumar dos paquetes al día, decidió darle la espalda al tabaco, a la rutina de encender un King of Cool como venía haciendo desde hacía muchos años, probablemente demasiados. Hubo otro elemento importante para el desarrollo de la enfermedad en McQueen y fue su exposición al amianto, el conocido como “asesino invisible”, y que estaría en el mono que usaba para pilotar sus coches de carreras. A ello se le sumaba su época en la marina, en un submarino donde había realizado labores de mantenimiento, también había hecho que estuviera cerca del amianto. Todo ello había desembocado en un cáncer de pulmón.

Steve McQueen estaba desesperado por encontrar una cura para la enfermedad que amenazaba con matarlo, pese a que seguía negando padecer algo grave. En el verano de 1980, todo había empeorado y los médicos del Cedars-Sinai Medical Center le habían aconsejado que pusiera en orden sus cosas porque solamente le podían dar un mes de vida. El cáncer se había extendido por todo el cuerpo de una manera salvaje matando órgano a órgano. Había metástasis en cuello, abdomen y pecho y la quimioterapia o la radiación ya no podían servir de mucho.

El actor pensó que no encontraría una solución en Estados Unidos, pero sí cerca de la frontera, en México. Siguiendo el consejo de un amigo, el protagonista de “Papillon” viajó bajo nombre falso hasta una clínica que llevaba solamente cuatro meses en funcionamiento en Rosarito, México. Uno de los responsables del centro era un doctor llamado William Donald Kelley y que se convirtió en ese tiempo en el terapeuta de McQueen. Kelley era un firme partidario de terapias naturales y de experimentar con tratamientos que hasta ese momento eran inimaginables en la lucha contra el cáncer. Pero este galeno con ínfulas de ser condecorado con el Nobel arrastraba una historia compleja porque, en realidad, era dentista hasta que su licencia fue revocada en 1976 por haber practicado la medicina sin ninguna autorización oficial. En 1980, al doctor todavía le quedaba un año para poder volver a ejercitar como dentista.

Kelley, junto con sus compañeros los doctores Dwight McKee y Rodrigo Rodríguez, administraron al paciente una dieta en gran parte vegetariana formada por alimentos crudos sin procesar, vitaminas, minerales y enzimas y laetrile, un derivado de albaricoque. A McQueen se le administraban diariamente cincuenta pastillas con vitaminas y minerales. Los médicos también le aplicaron células de animales y enemas de café y limón. En definitiva, una batería de remedios en los que el actor confiaba ciegamente, aunque nunca fueron bien vistos por las autoridades sanitarias. Barbara Minty, la última esposa de McQueen apunta en sus memorias que “veía claro como aquellos farsantes tan sólo estaban interesados en su fama y en cómo sacarle el dinero. Pero en el fondo yo tenía la esperanza de un milagro”.

En agosto, como explicó Rodrigo Rodríguez en una rueda de prensa, el estado de salud del protagonista de “La gran evasión”, había mejorado, hasta el punto de ganar peso y permitirse salir de noche por restaurantes y clubes de Tijuana. Sí, Steve McQueen estaba ganando la batalla contra el cáncer y él también lo creía. En el mes de agosto, estaba bajo vigilancia las 24 horas del días mientras seguía con un régimen regular al que había que sumar los enemas de café y limón, champús especiales, sudoraciones de desintoxicación, inyecciones de células animales procedentes de fetos de cerdos y tratamientos purificadores de sangre, según recuente Marc Eliot en la biografía que dedicó al actor. Pese a todo eso, las condiciones de McQueen fueron buenas, casi milagrosas. Kelley pensaba en privado que el actor estaría totalmente curado y volvería a tener una vida normal.

El 29 de octubre, Steve McQueen se marchó por unos días a poner orden en sus cosas. Uno de los doctores del centro dijo que su aspecto era el de “una mujer muy embarazada”. El 2 de noviembre volvió a ingresar para quitarle el tumor del cuello, una operación que no tuvo lugar hasta el día 7. Durante la anestesia sufrió un ataque al corazón que volvería a repetirse al día siguiente. No pudo aguantar más y murió.

El doctor Kelley siguió con sus absurdos tratamientos y llegó a afirmar que McQueen había sido asesinado en el hospital. ¿Por qué? Si se curaba pondría en un aprieto al sistema sanitario estadounidense y a las farmacéuticas. La autopsia al actor deja claro que no pasó nada de eso y que aquel tratamiento en México no sirvió de nada.