De paseo por Barcelona

Es por la mañana, y las tiendas anuncian su apertura al vecindario con estrépito de persianas. Pasa un motorista que piensa que vive él solo en la ciudad. Por mi misma acera veo venir a un hombre sin mascarilla y me preparo para esquivarle. En el paso de peatones, una señora tiene que hacer gestos a los coches para que se detengan.

Milagro: en algún sitio canta un pájaro. Un perro que ha sacado a pasear a su dueño suelta un ladrido intempestivo; el perro va oliendo la tierra y el dueño le sigue obediente sin rechistar. De un portal sale una pareja, él echando una bocanada de humo y ella con la mascarilla colgada de la muñeca y hablando a chorros por el móvil. Ojeo en el quiosco los titulares de los periódicos, unánimes un día más en transmitir el mismo sobresalto de cifras y afectados.

Cruzo una calle adornada con bloques de hormigón y rayas amarillas dibujadas en la calzada. Nadie sabe para qué sirven, como no sea, que es lo más probable, para llamar la atención y distraer a conductores y viandantes. En la acera hay vallas de plástico tiradas por el suelo o atadas a algún árbol con cintas de precintar. Por entre ellas y los transeúntes zigzaguea una mujer en bicicleta. Oigo un ruido que se acerca, y es un individuo en patinete que me adelanta como una exhalación.

Las terrazas de los bares han conquistado territorio a la vía pública, y el espacio que dejan al peatón es tan exiguo que tiene uno la impresión de atravesar un pasadizo no exento de riesgo: las nubecillas del tabaco, los aerosoles de la conversación ajena, la anulación de las distancias... Y en estas que irrumpe de súbito un esforzado deportista, todo sudor y respiración agitada.

Lo de caminar desprevenido, el vagabundeo ensimismado del “flâneur” parece que pasó a la historia.