Perplejos

Así es como estamos los votantes, ciudadanos y contribuyentes, o sea el personal de a pie sin siglas ni tribuna ni altavoz, ante el modo como nuestros gobernantes están gestionando la pandemia. Todos, los diecinueve contando a Ceuta y Melilla, más el que manda en lo que queda de España.

Porque miran más el rédito político que otra cosa, les importa más el provecho electoral que puedan sacar de una u otra decisión que la salud de los gobernados, escuchan más a su camarilla de asesores que a los médicos y científicos. Porque ante una emergencia como esta, y cuando todos los esfuerzos y recursos debían estar puestos en cómo afrontarla y amainarla, siguen empeñados, seguramente con la intención de distraer al espectador, en asuntos que a muy pocos importan y que bien podían dejar para otra ocasión, como las prisas por remover el pasado (y ya de paso reescribir la historia), los auspicios de la republiqueta y otras tentativas de moderno relumbrón. Y mientras tanto el presidente de todos, o eso pregonan, y la presidenta de una comunidad se reúnen como enemigos para solventar un asunto que concierne a la salud general; y cada barón con mando en autonomía barre para su casa y nadie para la común; y no hay criterios claros y aplicables a todos por igual; y los protocolos son distintos en cada comunidad (hasta en las escuelas, como si no hubiera bastante con los currículos y planes de estudios, que también son diferentes); y todos atizando fuegos en vez de apagarlos.

En fin, que explicado queda por qué muchos estamos perplejos, y decepcionados, y cabreados. Tanto, que ganas nos dan de desentendernos de todo y confinarnos en nosotros mismos y buscar refugio en algún sitio donde no nos enteremos de nada de lo que está pasando, y mucho menos de lo que nuestros gobernantes dicen, hacen y dejan de hacer.