Jubilados

Los que vuelven del pueblo, donde tienen su casa, o del apartamento, andan los primeros días un poco despistados. Añoran su vida allí, tan tranquila. Apenas encendían la televisión, solo por las noches, y a las noticias no les daban mayor importancia porque ocurrían todas muy lejos. Se diría que incluso llegaron a olvidarse del coronavirus, como si no fuera con ellos, y eso que cuando salían a la calle se ponían la mascarilla y guardaban prudentemente las normas de la distancia. No es que aquí en el piso estén mal, que el barrio es también tranquilo, llevan en él toda la vida y conocen a casi todo el vecindario. Tienen además cerca a los hijos, que por menos de nada les dejan a los nietos, pero así y todo echan de menos aquella vida al aire libre, la casa soleada, el cuidado del huerto, los paseos por el campo, las horas en la playa...

La que ahora les espera, y por más que se esfuercen en adaptarse a las circunstancias, no va a ser tan entretenida. La pandemia acecha a la vuelta de la esquina, las restricciones mandan y no queda otra que tomar las debidas precauciones. De modo que en el piso encerrados la mayor parte del día, porque no hay partida de cartas en el casal, ni repaso de noticias en la plaza, ni inspección de obras, ni viajes del Imserso, ni actividades culturales en el centro cívico, ni lectura calmosa del periódico en la biblioteca del barrio, ni siquiera la visita de costumbre a la vuelta de vacaciones en el consultorio. Solo el breve trayecto hasta el supermercado, y el saludo o la conversación fugaz con los vecinos, y la salida obligada a la farmacia, y el paseo medio furtivo por el parque a la hora en que haya poca gente, y las tardes tan largas delante de la televisión