Salvador Dalí: «Esos somos Lorca y yo juntos. Son nuestras cabezas unidas»

Un dibujo de 1942 demuestra que el pintor seguía pensando en el poeta mucho tiempo después de ser asesinado el poeta

En 1942, Salvador Dalí ya llevaba unos años de particular exilio en Estados Unidos. Había llegado allí, en compañía de Gala, huyendo del horror que se vivía en Europa. Hacía ya algún tiempo que había convertido a Adolf Hitler en uno de sus ejes de sus principales provocaciones, un hecho que le había traído la expulsión del grupo surrealista, pese a que probablemente fuera la persona que más había contribuido desde un punto de vista pictórico y teórico al movimiento fundado por André Breton. Lejos de Europa y de los cañones de guerra, lejos del hundimiento que se vivía en España y de la sangre que corría por el resto del viejo continente, Dalí tenía la esperanza de crear y, sobre todo, poder fascinar a aquellos cuanto podían interesarse por su trabajo. Por todo ello, creó un conjunto de trabajos nuevos, aunque sin olvidarse de lo que había hecho en el pasado. Había recuerdos que pesaban, pese a encontrarse muy lejos del lugar de los hechos y pese a que algunos de sus protagonistas estuvieran muertos.

Fue en ese año, en el mes de agosto, cuando el pintor participó en la revista “Esquire”, una publicación que le abría sus páginas para poder contestar una encuesta que le servía para trazar su autorretrato. En él, el genio de Figueres hablaba de que Rafael y Velázquez eran sus más apreciados maestros, que entre los artistas de su tiempo a quien más admiraba era a Picasso y a él mismo, que el surrealismo era él, que la aviación era la más espectacular expresión del instinto sexual... Todo ello iba acompañado de algunas imágenes creadas en los últimos tiempos, como el rostro de Abraham Lincoln convertido en una escena de un cuadro de Vermeer. Pero también incluía alguna creación realizada expresamente para los lectores de “Esquire”, concretamente un aparentemente sencillo autorretrato realizado a partir de la fusión de su propia imagen con la cabeza de quien él llamaba en aquel momento “mi mejor amigo de juventud”: Federico García Lorca.

Ese dibujo es una de las joyas de Autographes des Siècles, una galería de Lyon dedicada a los manuscritos y las obras de arte, y que en los últimos meses ha podido localizar algunas joyas desconocidas realizadas por Dalí. Es el caso que nos ocupa y que se ha puesto en venta por la algo exagerada cifra de 85.000 euros. El autorretrato está firmado por tres veces y dedicado a Bernard J. Geis, el editor de “Esquire”. Pero su importancia radica en que viene a demostrar que el pintor seguía obsesionado por el poeta granadino, asesinado en agosto de 1936 entre Víznar y Alfacar.

El tema de las cabezas unidas es habitual en el Dalí de los años veinte, la época de mayor intensidad de su amistad con Lorca. Es un recurso que emplea en dibujos y en óleos, como demostró en su momento el profesor Rafael Santos Torroella, hasta el punto de inscribir las obras de ese tiempo en una llamada época lorquiana. Probablemente el punto máximo de esta obsesión sea el óleo “Composición con tres figuras. Academia neocubista”, una gran tela de 1926 en la que encontramos ese recurso. El propio Lorca estaba al corriente de este hecho y también empleó esa imagen en algunos dibujos de esos años, una manera de mostrar su fascinación por un Dalí del que estaba enamorado, pese a que esa relación era imposible.

Mucho se ha especulado sobre el tema y hay quien ha dicho que las apreciaciones de Santos Torroella, seguidas por otros estudiosos como Ian Gibson o Agustín Sánchez Vidal, son equivocadas. Sin embargo, hay un testimonio que viene a demostrar que, en efecto, Dalí usaba esta imagen para referirse al autor del “Romancero gitano”. Dos de esas piezas del periodo 1926-1927 acabaron expuestas en la gran retrospectiva que el Centro Pompidou dedicó al surrealista en diciembre de 1979. Mientras se colgaban los cuadros, Dalí paseó por las salas del museo parisino acompañado de su secretario Enrique Sabater, uno de los encargados del comisariado de la muestra. Los dos se pararon ante un dibujo en el que volvía a aparecer la fusión de las dos cabezas, la del pintor y la del poeta, como si fueran una sola. El artista, a quien no le gustaba recordar algunos episodios del pasado, no lo dudó y dijo: “Esos somos Lorca y yo juntos. Son nuestras cabezas unidas”. Dalí no quiso que nadie tuviera dudas sobre sus intenciones.