Un inédito de Gaziel

LA RAZÓN reproduce un texto perdido del gran periodista catalán y que forma parte del volumen editado por Publicacions de l’Abadia de Montserrat

Josep Pla y Gaziel, fotografiados juntos en Pals, en 1962 / Biblioteca de Catalunya

La próxima semana, de la mano de Publicacions de l’Abadia de Montserrat, llegan a las librerías dos títulos que nos permiten disfrutar más de uno de los mejores periodistas catalanes de todos los tiempos. Bajo el cuidado de Manuel Llanas, tanto «Obra inèdita de Gaziel» como «Obra dispersa» son una buena oportunidad para acercarnos a un periodista que demostró siempre una gran honestidad,.

En el primer volumen, del que se reproduce en esta página uno de sus textos, podemos encontrar desde apuntes de un viaje a Italia, pasando por el esquema de una novela o cronologías autobiográficas que serían posteriormente la base para su autobiografía «Tots els camins duen a Roma», todo ello en un marco temporal que nos lleva de 1927 a 1963.

Por su parte, «Obra dispersa» se nutre de una colección de prosas e, incluso, poemas que no se habían reproducido hasta la fecha en ninguna edición conjunta de las obras de Gaziel. Redactados en catalán, castellano y francés son un conjunto variado que nos demuestra los muchos intereses del autor. De esta forma el lector encontrará desde perfiles de Eugenia de Montijo, Oscar Wilde y Maquiavelo, además de una imprescindible colección de artículos sobre la Guerra Civil y que vieron la luz en París y Buenos Aires en 1937 y 1938. Otro aspecto interesante en el volumen de Publicacions de l’Abadia de Montserrat son las traducciones que Gaziel realizó de poemas de Paul Valéry o un prólogo para un volumen con textos de Pío Baroja. Los dos libros son una buena manera de introducirse en la obra de un reportero que, como su amigo Pla, firma las mejores páginas del periodismo catalán.

Entre los textos inéditos se encuentra un artículo de 1927 en respuesta a Joan Estelrich. Es el siguiente:

[Réplica a Joan Estelrich]

Por unas declaraciones públicas que han llegado hasta mí con gran retraso, y que su autor no ha desmentido, me entero de que al Sr. Estelrich le sentó muy mal un artículo mío aparecido hace días en «El Sol», de Madrid, a raíz de la Exposición del Libro Catalán que allí se está celebrando. En resumidas cuentas, al Sr. Estelrich, según se desprende de sus despechadas manifestaciones, le pareció que yo no debía haber hablado de ese asunto, porque él ya se encargó de expresar sobre el mismo «todo lo que había que decir» y «únicamente lo que tenía que decirse» desde Cataluña.

Aparte de que yo nunca he delegado al Sr. Estelrich para que dijese nada en mi nombre —con lo cual se echa de ver que a su «todo y único» le faltaba «algo», por modesto que sea, para ser completo—, su pretensión autoritarista revela que está muy mal acostumbrado. Agente editorial y propagandista político excelente, desde hace algún tiempo el Sr. Estelrich se está excediendo en la importancia que se concede a sí mismo. Al amparo de la Fundació Bernat Metge, de la cual le hizo director su jefe político el Sr. Cambó, y sin creer necesario justificar con actos una competencia científica de la cual no da pruebas, el Sr. Estelrich se atreve a revisar textos y traducciones de los clásicos, se improvisa latinista y helenista, se presenta entre los sabios de la Sorbona y de Oxford, realza con su presencia las fiestas de Delfos, y —manejando con innegable pericia una situación editorial y unos cuantos periódicos partidistas— consigue dar a cierto vulgo la sensación de un árbitro de la cultura catalana. Como nadie, por diversas razones, tiene interés en decirle nada públicamente (aunque en particular sean muchísimos los que demuestran conocerle a fondo), no es de extrañar que por fin haya caído en el explicable endiosamiento de creer que entre nosotros él es el encargado de decirlo «todo y únicamente».

En Cataluña y en nuestros días, suelen ser endémicos, por falta de crítica y de independencia en los críticos, esos humos dictatoriales, aunque también todos ellos acostumbran a acabar muy mal. El caso Xènius es todavía reciente, y debería haber bastado para poner en guardia al Sr. Estelrich —muy inferior al que le precedió en el puesto— y limitar sus autoatribuciones. Mas como en manera alguna le quiero mal, a cambio de sus ataques le daré —aunque me diga que no los necesita— dos buenos consejos: es el primero, que no se impaciente tanto porque alguien habla desde Cataluña sin su consentimiento; y el segundo, que, por lo que a mí toca, se cure en salud, pues si Dios nos la conserva a los dos generosamente, habrá de oírme hablar, con independencia absoluta y sin pedirle nunca permiso, muchísimo más todavía.