La vida recuperada de La Argentinita

Un libro reconstruye la biografía de la mítica bailarina y cantante, más allá de los mitos de su amistad con García Lorca

Encarnación López, La Argentinita
Encarnación López, La ArgentinitaLa Razón

Probablemente el paso del tiempo y cierta desidia hace que algunos nombres queden en un injusto segundo plano. Por eso vale la pena subrayar el trabajo que se está haciendo para rescatar del olvido especialmente a mujeres creadoras, artistas de todo tipo, intelectuales, pensadoras… La lista es ingente y todavía queda mucho por hacer, aunque poco a poco surgen investigaciones que tienen el valor de rescatar biografías como la de Encarnación López, más conocida por su nombre artístico de La Argentinita. Bala Perdida acaba de publicar el riguroso y documentado ensayo de Paulina Fariza Guttmann sobre quien hizo de la danza un arte. Eso es lo que encontramos en «La vida encontrada de Encarnación López. La Argentinita», la que ya es la biografía definitiva de un nombre imprescindible de los años republicanos.

En ocasiones la figura de La Argentinita ha quedado desdibujada, limitándose algunos cronistas a resaltar de ella que fue amiga de Federico García Lorca y la amante de Ignacio Sánchez Mejías. Pero eso sería simplificarlo todo, casi hasta convertirlo en caricatura, un hecho que trata de corregir en su libro la biógrafa. No lo ha tenido fácil ante alguien de quien hasta se ignora con certeza la fecha de su nacimiento. Se cree que fue el 25 de marzo de 1897, pero la propia Encarnación se preocupó de jugar con los años. Se ha dicho de sus padres, Félix y Dominica, que eran una pareja de actores, aunque él en realidad era un aficionado al flamenco que negociaba con telas. Nuestra protagonista llegó al mundo en la ciudad de Buenos Aires, surgiendo de allí el sobrenombre por el que sería conocida popularmente. Acompañada de sus padres y de su hermana Pilar, regresaría a España en 1903 para instalarse en Madrid.

La biografía de La Argentinita es también un viaje por los sonidos de ese tiempo, por la llegada del tango a nuestro país, por la recuperación del cante jondo que se lleva a cabo en 1922 en Granada de la mano de Falla y Lorca, entre otros. Un paseo por los cafés conciertos, por el baile y por los espectáculos cómico-líricos. Todo ello lo vio Encarnación López y formó parte de su mundo artístico.

La Argentinita formó parte, como señala certeramente Gurtmann en su libro, de un tiempo de esplendor para las mujeres del espectáculo. Son los tiempos de Raquel Meller, Pastora Imperio, La Chelito o Tórtola de Valencia, aplaudidas y elogiadas por nombres como Valle-Inclán, Carmen de Burgos o Chaplin.

Los escenarios son el mundo de Encarnación López, incluso los que tienen que ver con lo más innovador de las artes escénicas de los años veinte. Formando parte de la compañía de Gregorio Martínez Sierra el 22 de marzo de 1920 fue una de las principales intérpretes del estreno de una obra de autor desconocido en ese momento. Se titulaba «El maleficio de la mariposa» y la firmaba un joven debutante llamado Federico García Lorca. Pese al fracaso cosechado por la obra y del que únicamente se salvó la actuación de la artista, desde ese momento nació una estrecha amistad entre Encarnación y Federico, los compadres, como gustaban definirse. Con él cantó, bailó y grabó en discos canciones populares como «Los cuatro muleros», «El café de Chinitas» o «Anda jaleo», entre otras.

El otro nombre importante en su vida fue el torero Ignacio Sánchez Mejías, uno de los grandes mecenas de la Generación del 27 como lo prueba el hecho de que él corriera con parte de los gastos del celebérrimo homenaje que un grupo de jóvenes poetas dedicó a Góngora en el Ateneo de Sevilla, en diciembre de 1927. El diestro fue el hombre de la vida de La Argentinita y con él mantuvo una relación casi clandestina, puesto que él estaba casado. Tras la muerte del torero en la plaza por una cogida, Lorca le dedicó una de las más bellísimas elegías de todos los tiempos: «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías». Se la dedicó a Encarnación López.

La Guerra Civil hizo que el mundo de la artista se viniera abajo, sobre todo al saber del asesinato del poeta granadino. Marchó a Nueva York donde triunfó, demostrando el prestigio y su talento para y con la danza española. Fue allí donde contrató a Dalí para que hiciera los decorados de «El café de Chinitas», el ballet con el que rindió su particular homenaje a Lorca. Su estrella brilló en América, aunque falleció muy pronto, en 1945.