Bien asumido

El vicepresidente segundo, Pablo Iglesias (d), recibe los aplausos del Gobierno y de la bancada socialista tras su discurso de despedida.
El vicepresidente segundo, Pablo Iglesias (d), recibe los aplausos del Gobierno y de la bancada socialista tras su discurso de despedida.Chema MoyaEFE

La política, hoy, es más una salida que una vocación. Si te lo montas bien, al menos durante unos años, te asegura un sueldo y ciertas prebendas que producen un efecto llamada a muchas personas que verían difícil llegar a ellas por vías más convencionales, como ahora trabajar. Como en otras facetas, cuesta más llegar –hay aspirantes a porrillo– que mantenerse, y el amiguismo y el colegueo juegan en ello un papel fundamental.

Ya pinta mal que sea noticia que un político tenga una formación elevada (ingeniero, abogado del Estado, astronauta, etc.), y que eso le proporcione un cierto halo de respeto, como si jugara en una liga superior; aunque eso no evitará que las hienas tarden poco en arrastrar al advenedizo a su terreno para acogerlo simbióticamente en la manada, salvo que lo impidan su educación y sus principios.

Por encima de la competencia, ahora priman el look, la imagen que mejor se asocie a un ideario determinado o pertenecer, por ejemplo, a minorías étnicas o colectivos discriminados. Todo ello, suma. Y, sobre todo, las cuotas. La absurda paridad hombre-mujer se ha impuesto a la de persona válida-no válida. ¡Cuántos zoquetes ocupan cargos en perjuicio de mujeres mil veces más preparadas, por la supina chorrada de que el cupo ya está cubierto (y viceversa)!

Esto explica que, sin ir más lejos, tengamos ministras que elevan el feminismo al esperpento, víctimas de sus complejos y para poder destacar en algo, dada su penosa mediocridad; y, lo mismo, con la igualdad. Luego incurren en contradicciones que ni ellas mismas alcanzan a comprender y que, al ponerse de manifiesto, no pueden defender sino con argumentaciones poligoneras.

La mentira y las corruptelas, cuando no la corrupción misma, son los emblemas de la profesión y, lo peor, es que lo tenemos asumido. En Cataluña no va a haber referéndum (al menos, en esta legislatura), pero proclamarlo fideliza a los clientes, y eso asegura sueldos. Como prometer bajar impuestos, subir pensiones y crear empleo, los eternos mantras. La inmigración y la inseguridad ciudadana incomodan a la izquierda, solventando el problema llamando fascista a cualquiera que alce la voz en estas cuestiones.

Los políticos forman una especie, un colectivo fariseo y adulterado. Hay excepciones. Pero esto también lo tenemos asumido: que, desgraciadamente, sólo son eso, excepciones.