Diada de mínimos contra Esquerra y la mesa de diálogo

El independentismo pierde poder en la calle en la menor concentración en años: 108.000 manifestantes. Aragonès escucha abucheos, silbidos y gritos de «Puigdemont president»

El independentismo pierde poder en la calle en la menor concentración en años y 108.000 manifestantes. Aragonès ha escuchado abucheos, silbidos y gritos de «Puigdemont president».
El independentismo pierde poder en la calle en la menor concentración en años y 108.000 manifestantes. Aragonès ha escuchado abucheos, silbidos y gritos de «Puigdemont president».AgenciasLa Razón

La Diada de 2021 deja la fotografía de un independentismo de mínimos volviendo a la calle y cediendo terreno pese a que su objetivo inicial era recuperar el pulso de un movimiento que ya había dado muestras de desfallecimiento en los últimos meses. Una pérdida de poder plasmada en su día grande: la marcha de este sábado, en plena desescalada de la quinta ola, congregó a 108.000 personas según la Guardia Urbana –la ANC la elevó a 400.000–, una cifra a mucha distancia de los 600.000 de 2019, antes de la pandemia y en el ya peor 11-S de los últimos años.

Medio millón menos en una una estampa dividida y sintomática, con el president Pere Aragonès y Esquerra en el punto de mira en vísperas de la mesa de diálogo entre la Generalitat y el Gobierno de Pedro Sánchez, cuestionada también desde JxCat.

El día transcurrió sin altercados salvo al término de la jornada, cuando varios grupos radicales se encararon a los Mossos, lanzaron varios objetos y provocaron momentos de tensión ante la Jefatura de Policía.

A nivel político, nunca antes el president de la Generalitat había estado tan en el foco del propio independentismo como en la Diada de este año, la primera de Pere Aragonès y ERC en el poder. El republicano decidió acudir al 11-S prácticamente a última hora y a sabiendas de las críticas de las entidades independentistas a la estrategia negociadora y pactista del Ejecutivo con La Moncloa. También en vísperas de una mesa de diálogo aún sin fecha concreta –se especula con el jueves que viene– y con Pedro Sánchez tratando de sortear el envite. Y lo hizo entre la gente, flanqueado por la plana mayor de su partido, con Oriol Junqueras al frente, rodeado de los consejeros de ERC y junto a las juventudes del partido.

Aún así, el president no se libró de numerosos silbidos y abucheos durante varios compases de la marcha –que empezó en Urquinaona y transcurrió por Via Laietana–, gritos de «Puigdemont president» y avisos de «1-O, ni olvido ni perdón». Reprimendas que el otro sector del independentismo trató de contrarrestar con aplausos y gritos a favor del «president». En esta Diada, la división se ha evidenciado en la calle, el lugar donde el independentismo quería volver para reanimar el «procés».

JxCat, por su parte, se mantuvo en un segundo plano entre algaradas de sus dirigentes cuestionando la mesa: la presidenta del Parlament, Laura Borràs, advirtió que a los posconvergentes no les «temblarán las piernas» para negociar, aunque pidió al independentismo que se mantenga movilizado en contra del Gobierno de Pedro Sánchez.

Con este ambiente de fractura política permanente, Aragonès también estuvo en el punto de mira de la ANC, la entidad organizadora de la protesta. En el turno de los discursos y en un escenario a las puertas del Parlament, su presidenta Elisenda Paluzie interpeló directamente al republicano y le exigió aprovechar la mayoría independentista para aplicar el mandato del 1-O. Es decir, la vía unilateral. «Presidente, haga la independencia».

Así se pronunció en un mensaje de marcado carácter simbólico para el independentismo, una crítica al final de una manifestación bajo con el lema «Luchemos y ganemos la independencia», y parafraseando el «Presidente, ponga las urnas» que su predecesora y también expresidenta del Parlament, Carme Forcadell, exigió al entonces presidente Artur Mas en 2014, antes del 9-N. Paluzie, además, exhibió su discurso más duro con una ristra de contundentes arengas, apelaciones al boicot a productos españoles y reclamando que los catalanes no paguen sus impuestos al Estado.

El otro gran agitador de la jornada fue Jordi Cuixart, presidente de Òmnium e indultado por el Gobierno. Cuixart repitió su amenaza de «lo volveremos a hacer» en varias ocasiones, recordó incluso que la verbalizó en el Tribunal Supremo y cargó con dureza contra los que «quieren pasar página», con especial mención al líder del PSC, Salvador Illa.

De hecho, la izquierda independentista montó una segunda manifestación encabezada por la CUP –partido que da apoyo externo al Govern– en la que incluso quemaron una fotografía de gran tamaño de Pere Aragonès y Pedro Sánchez en el Palacio de la Moncloa, un claro ejemplo de boicot a la mesa del diálogo.

Y es que la primera Diada tras los indultos empezó agitada para el nuevo Govern de Aragonès desde la víspera: su principal activo, Oriol Junqueras, también fue pitado y abucheado por parte del propio independentismo. Fue el viernes por la noche en el Fossar de les Moreres, en la tradicional Marcha de las Antorchas que el independentismo celebra cada año en el centro de Barcelona, cuando el presidente De ERC apareció entre silbidos y gritos de «traidor». «Si no nos han conseguido callar en las cárceles, tampoco lo harán los insultos ni las amenazas», replicó.