Opinión

50 años sin fronteras

Miembros de la organización Médicos Sin Fronteras
Miembros de la organización Médicos Sin Fronteras

Silencio les habían impuesto, pero este grupo de médicos y periodistas no aceptaba ni cerrar los ojos, ni cerrar la boca, ni cerrar los puños. Lo que estaba pasando no podía quedar silenciado, ni quedar sin ayuda.

Se trataba del genocidio de la etnia igbo, en Biafra (Nigeria). Hay que recordar la guerra civil, y la hambruna que le siguió (1967-1970), ambas de una crueldad extrema, donde murieron más de un millón de personas, quizás dos millones, nunca hubo un recuento oficial de víctimas mortales.

En este contexto, es así como nació Médicos sin Fronteras, el 22 de diciembre de 1971. Desde entonces defienden la necesidad de una acción humanitaria en general y médica en particular, urgente y con independencia de los intereses geopolíticos del momento. Salvan vidas. Defienden la necesidad de dar atención inmediata, y con el máximo rigor científico y logístico, a quien la necesite, sin entrar en consideraciones étnicas, religiosas o políticas.

Mientras a cierto nivel otros piensan y discuten, y enseñan así sus vergüenzas, Médicos sin Fronteras ya les mandó medicamentos, vacunas, quirófanos, incubadoras, salas de parto. Y pediatras, cirujanos, obstetras, anestesistas. Y expertos en logística.

Defienden también la necesidad, igualmente imperiosa, de dar fiel y veraz testimonio de lo que está pasando. Recibieron el Premio Nobel de la Paz en 1990. En el discurso de aceptación, el entonces presidente afirmaba: “No estamos seguros de que la palabra siempre salve vidas, pero sí sabemos con certeza que el silencio mata.”

El silencio, en efecto, mata. Tanto como lo hacen las reuniones que se agotan en sí mismas, que consumen recursos sin por ello generarlos. Médicos sin Fronteras actúa sin entrar en la discusión política, tantas veces estéril, pero denuncia la negligencia, la ineptitud, la indiferencia, el balbuceo, que provocan más hambre, más diferencias, más miseria, más muerte.

El balbuceo, en efecto, mata. La pandemia nos lo recuerda. Nos sentimos, y de hecho somos, tan vulnerables a la enfermedad y al infortunio como al balbuceo.