El catalán y el brillo del sol

Varias personas durante una manifestación contra el establecimiento de un 25% de castellano en las escuelas catalanas.
Varias personas durante una manifestación contra el establecimiento de un 25% de castellano en las escuelas catalanas. FOTO: David Zorrakino Europa Press

Niños de todo color volvían hace ahora una semana a las aulas catalanas, heterogéneas, cosmopolitas, variopintas, entonces ricas, crisol de culturas, cuna de mil desarrollos. Aunque tan diferentes, todos los escolares de este país tienen un nexo en común: el catalán.

El catalán es una lengua magnífica, tanto como lo es el castellano, y ambos idiomas son hermanos, hijos de una madre común e igualmente inmortal, el latín. Pero un idioma, a diferencia del otro, sufre desde hace tiempo la persecución de quien, sin conocerlo más que en superficie, pretende tener razón solo porque consiguió sentarse, o pretende hacerlo, en cierta silla. La razón no está en la silla, sino en la realidad.

El catalán es la lengua local desde tiempos inmemoriales. Entonces, el catalán es la lengua natural de este país, y por tanto también es la lengua natural de las escuelas, el comercio, los oficios, todo. Aquí, el castellano está garantizado, viene por defecto porque ésto es de momento parte de aquéllo, mientras que el catalán es virtud que se adquiere.

Los de aquí, nativos o por opción, hablamos catalán tanto como castellano. Y si esta dualidad idiomática, sin duda enriquecedora, despierta picores en quienes prefieren mantenerse al margen y levantar ignorantes desde allí el dedo acusador, sepan que aun con estos picores son bienvenidos. Si el sol brilla para todos, igual brilla el catalán.

Así, se equivoca quien pide que en papeles se vea aquéllo que no se ve en la realidad. Más que estrechar, ampliar es mejor. La función de los padres es hacer que el hijo sea más grande que su padre y que su madre. Y la función de la escuela es velar para que el discípulo sea más grande que el maestro.

Se equivoca entonces quien intenta estrechar las miras del vástago, porque el vástago está llamado a tener más amplitud de miras que su tutor. Es ley de vida. No somos, en efecto, dueños de nuestros hijos, sino alumnos de ellos.