Cataluña

Arrimadas: El desafío de refundar el partido bisagra

Ilustración Inés Arrimadas
Ilustración Inés ArrimadasPlatónLa Razón

Jerezana de 1981 y barcelonesa desde los 25 años, Inés Arrimadas García se convirtió en presidenta de Ciudadanos hace once meses, tras la dimisión de Albert Rivera. Cataluña, lugar donde habían residido sus padres antes de que ella naciera, presenció su entrada en política en 2011. Desde pequeña se caracterizó por un inquieto interés sobre las cuestiones catalanas, a través de los recuerdos familiares, hasta el punto de estudiar catalán de joven cuando aún vivía en Andalucía. Quizá por ello, desde su debut como diputada autonómica por Barcelona en 2012, dónde trabajaba desde 2006, marcó perfil propio con un tipo de oposición que no aceptaba el relato nacionalista; narrativa que los sucesivos gobiernos regionales habían querido publicitar como terreno de juego inexcusable en Cataluña hasta la fecha. El mayor rendimiento de esa línea de oposición se dio en diciembre de 2017, cuando su partido, con ella al frente desde 2015 (después de la marcha de Albert Rivera al Congreso de los Diputados) resultó la lista más votada en la región, rompiendo el tabú de que un partido no nacionalista pudiera ganar unas elecciones autonómicas por primera vez en Cataluña.

Su principal activo en la negociación política es una calidez en las distancias cortas de la que carecía Rivera, el anterior presidente de la formación. En su contra juega –y sus rivales nunca dejan de recordárselo– el no haberse presentado a la investidura cuando resultó la líder más votada en 2017, si bien no era la primera vez que eso sucedía, dado que otros candidatos regionales en el pasado, desde Maragall a Mas, habían tomado decisiones similares incluso con más escaños. La victoria de Arrimadas en las autonómicas de 2017 marcó un antes y un después en la región. Visualizó cómo la mitad de los catalanes no comulgaban con el credo nacionalista, dándoles carta de legitimidad en un juego político que hasta entonces había querido ignorarlos y silenciarlos.

La dimisión de Rivera le pilló con el paso cambiado, justo en el mismo año que acababa de dar el salto a la política de ámbito estatal. Ahora, su principal desafío, tras los resultados de ayer, es intentar reorganizar una formación donde se han dado sonadas deserciones al desviarse del papel de bisagra política con que fue concebida originalmente. Una tarea complicada. En cierto modo, la principal debilidad de su partido ha sido su meteórico éxito, su ascensión tan rápida que le ha llevado a tensionarse en extremo con decisiones estratégicas muchas veces equivocadas que adelantaban a la todavía incipiente implantación de la formación en localidades pequeñas y en la totalidad del territorio estatal.

Los compañeros de partido que la conocen dicen que combina calidez y capacidad de escuchar con una firmeza severa que ha hecho temblar a más de uno. Al filo de los cuarenta años, el reto de Arrimadas es combinar esas características para mantenerse en política, remodelando una organización que responda a las necesidades de un nicho de votantes que objetivamente existe; es decir, la España liberal, esa tercera España que nunca acaba de cuajar, pero que cada día se asemeja más al perfil sociológico de una gran parte de la población que aspira a hacer algo juntos. En ese sentido, el papel futuro de Arrimadas en la política estatal tiene mucho que ver con la implantación posible en nuestro tablero político de una tradición de liberalismo europeo que en el marco de una UE cada día más permeable podría optar a apoyos tanto dentro como fuera del país. Las debilidades de la socialdemocracia, que pierde jirones de músculo por los mordiscos constantes del populismo acrítico, y la perdida de brújula última de los conservadores, indecisos ante las cuestiones esenciales y minados en su prestigio por los últimos casos de corrupción, pueden jugar a su favor para enfrentarse a una tarea nada sencilla.

Del mismo modo, si no juega con la flexibilidad y asertividad necesaria, corre el peligro de verse laminada entre las necesidades sociales a las que apela la socialdemocracia y la posible recuperación de un conservadurismo de fuerte implantación en nuestro país. O sea, políticamente, uno de esos momentos de la verdad en que el senior, crecido a la sombra de Albert Rivera, pasa obligatoriamente a la madurez.