Los misterios detrás de la anestesia

A día de hoy, todavía no entendemos por qué la anestesia general funciona. Un misterio que tiene más de doscientos años de antigüedad.

No sentir dolor. Uno de los deseos más fundamentales del ser humano. El dolor es una señal que nos manda nuestro cuerpo de que algo no va bien, y si la sensación es suficientemente fuerte, puede llegar a ser insoportable. El problema es que a veces para curar una enfermedad hay que, paradójicamente, infringirlo a través de una pequeña punzada o una cirugía.

Es por nuestro bien, pero nuestro cuerpo no entiende de beneficios a largo plazo y el dolor no es agradable. Por eso inventamos la anestesia, una herramienta que nos permite mitigar el dolor y perder la consciencia. Y todo comenzó con un dentista que visitó a un curandero.

El fantabuloso gas de la risa

Aunque la anestesia tenga menos de doscientos años de antigüedad, la humanidad siempre ha buscado diferentes métodos para hacer soportables las cirugías. Los antiguos griegos sometían al paciente a través de baños en agua fría, grandes cantidades de alcohol y un poco de opio. Estos mismos remedios, ligeramente modificados, seguían siendo usados hasta la mitad del siglo XIX. Todo el mundo sabía que no eran los mejores del mundo, pero hasta esa fecha nadie había encontrado nada mejor para quitar el dolor sin tener efectos secundarios mortales. Pero todo cambió con la llegada de Gardner Quincy Colton, un personaje realmente peculiar, por ser accidentalmente el precursor de la anestesia.

Colton había empezado a estudiar medicina cuando, aburrido por su futura profesión, abandonó la carrera para buscar fortuna en plena fiebre del oro. Como a muchos, no le fue bien, quedándose sin blanca en la punta contraria de Estados Unidos. En ese momento decidió comprar con sus últimos ahorros una carreta y recorrer el país como curandero, aprovechando sus conocimientos médicos.

Para atraer clientes, montaba un pequeño escenario en cada pueblo mostrando sus curas milagrosas. No eran ni tan milagrosas ni tan efectivas, pero cuando los clientes se daban cuenta, él ya estaría en otro pueblo lejano. Por este motivo, Colton buscaba remedios efectistas para sus demostraciones, que pudieran tener un efecto inmediato. Y justo cayó en sus manos una bombona de óxido nitroso.

Este gas se había descubierto hace unas pocas décadas, y su capacidad explosiva hacía que fuera usado en la investigación de los primeros motores de combustión. Al inhalarlo, provocaba hormigueo en las extremidades, aletargamiento y una ligera risa nerviosa. Eran efectos rápidos y fáciles de mostrar en su espectáculo, así que Colton compró dos bombonas y lo bautizó como gas de la risa.

Las posibles aplicaciones de este gas podrían haber pasado desapercibidas de no ser por Horace Wells, un dentista que asistió al espectáculo de Colton. Él es el auténtico descubridor de la anestesia, o al menos el primero en buscarla como tal.

Si el miedo al dentista sigue siendo recurrente en la actualidad, en el siglo XIX rozaba el terror absoluto. Sin anestesia, los dentistas debían sujetar con correas al paciente, mientras impregnaban opio en la encía para mitigar el dolor. La operación se intentaba hacer lo más rápidamente posible, y se debía vigilar para que el paciente no cerrara la boca y mordiera al dentista. Ser dentista en esta época era duro, y Wells no estaba muy contento con su trabajo.

Cuando Colton llegó a su ciudad, Wells se interesó por el gas de la risa y compró entradas para el espectáculo. Dio la casualidad de que el voluntario que Colton eligió ese día acabó tan afectado por el gas que se cayó del escenario lesionándose la pierna. Wells se dio cuenta de que aunque la lesión debía ser dolorosa, el voluntario podía seguir andando como si nada. Pensando en su consulta, Wells se reunió con Colton después del espectáculo y le compró una de las bombonas que llevaba a precio de oro.

Wells probó el óxido nitroso en varios pacientes y funcionaba perfectamente. De hecho, hoy en día sigue siendo usado por algunos dentistas debido al bajo coste del gas. La fama del dentista que operaba sin dolor se extendía cada vez más, y fue invitado por el Colegio de Dentistas a dar una conferencia y mostrar su descubrimiento. Evento que tuvo un terrible desenlace.

Para la cirugía, Wells subió a un paciente muy obeso, que casi no cabía en la silla de dentista que tenía. Le puso el gas nitroso que llevaba, pero cada vez que intentaba hacer un corte en la encía, el paciente gritaba de dolor. Así una y otra vez durante una hora, hasta que los asistentes a la conferencia le abuchearon y se fueron.

Wells quedó muy afectado por la experiencia. Su estatus como dentista prácticamente desapareció y dejó el oficio. Pero la anestesia no acabó ahí. El testigo fue recogido por el discípulo de Wells, William Morton, que también fue seducido por las posibilidades que tenía.

La terrible experiencia de Wells le demostró a Morton que la anestesia no es tan sencilla, y que la dosis efectiva para quitar el dolor puede cambiar de paciente a paciente. Eso implicaba que debía predecir la dosis necesaria para cada paciente y ajustarla sobre la marcha. Esta labor es tan importante que hoy en día tenemos una figura médica con esta función en exclusiva: el anestesista.

Morton descartó el óxido nitroso por su imprevisibilidad, y probando con diferentes sustancias, acabó usando el éter. Fue un rotundo éxito en su heredada consulta, y pudo experimentar con diferentes dosis según el paciente. Dos años después, fue invitado a dar la misma conferencia que su maestro, pero esta vez la operación fue llevada a cabo sin problema. Intentó patentarlo, pero al ser éter, todo el mundo empezó a usarlo en sus consultas sin pedir ningún permiso.

A lo largo del siglo XX, el óxido nitroso y el éter han sido desplazados por mejores agentes anestésicos, con más potencia y menores efectos secundarios. El problema es que tras todo este tiempo, seguimos sin saber bien por qué funcionan. Al menos tenemos algunas pistas.

Apagando neuronas

Todas las anestesias generales que se han descubierto tienen una característica en común: son sustancias hidrofóbicas. Es decir, repelen el agua pero son capaces de disolverse en disolventes apolares como grasas. Esta propiedad es importante y es la mejor pista que tenemos, ya que cuanto más repele el agua un compuesto anestésico, mejor funciona.

Hoy en día, se cree que la anestesia afecta a la membrana externa de nuestras células. Esta envoltura está formada por grasas, y hace que los anestésicos que entren en contacto con ella acaben disueltos.

Al disolverse, la célula no se rompe, pero la barrera exterior se revuelve y cambia de manera temporal. Mientras sufre estos cambios, una proteína externa llamada PLD2 se activa de manera temporal, y provoca toda una serie de reacciones bioquímicas en el interior de la célula.

Estas reacciones son complejas y siguen siendo estudiadas, pero sabemos que si la célula bajo los efectos de la anestesia es una neurona, esta se desactiva y le cuesta más enviar señales nerviosas. Por ese motivo los anestesiados no reciben información sensorial relativa al dolor, ni pueden llegar a mantener la consciencia, pasando a un estado mucho más profundo que el sueño.

Al quitar la anestesia, las neuronas vuelven a la normalidad y nos despertamos del proceso. Estas reacciones siguen siendo estudiadas, ya que tiene implicaciones en seleccionar las dosis correctas. Si conocemos cómo responden nuestras neuronas en la anestesia, podemos detectar las diferencias entre pacientes, y poder seleccionar mejor la dosis correcta. Todo para evitar el desafortunado efecto del señor Wells.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • La anestesia no desactiva del todo la respuesta de las neuronas, pero si que lo hace lo suficiente como para perder la consciencia. Mientras se está en ese estado, la actividad cerebral es muy diferente a la del sueño. Si la dosis es demasiado elevada o dura demasiado tiempo, puede tener efectos secundarios irreversibles. Por ese motivo la labor del anestesista es tan importante durante la operación.
  • La anestesia provoca toda una colección de respuestas internas en la célula a partir de esa perturbación de la membrana. Es un efecto dominó enorme que tiene efectos colaterales interesantes. Por ejemplo, existen mutaciones que hacen a los pacientes más sensibles al dolor, por lo que la dosis de anestésicos que hacen falta es mayor. Curiosamente, una de estas mutaciones está cerca del gen que provoca que el pelo sea pelirrojo, por lo que los pelirrojos suelen recibir más anestesia de media en el quirófano.

REFERENCIAS: