Muere Michael Collins, el astronauta del Apolo 11 que no pisó la Luna en 1969

A lo largo de su carrera sumó más de doscientas horas en el espacio y en el diario se hacía referencia a su gesta: “Ningún humano ha conocido una soledad como él”

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Michael Collins, el astronauta de la cara oculta de la Luna. Él fue el primero en ver lo que había al otro lado de nuestro satélite. Y lo hizo solo. Cuando los tripulantes del Apolo 11 regresaron a la Tierra, todos los focos fueron a parar a Neil Armstrong y Buzz Aldrin, los primeros hombres en pisar la superficie lunar. Los tres se habían convertido en héroes, pero esto es como las bandas de rock: el vocalista siempre luce más que el tío de la batería. Muy pocos repararon en la proeza que acababa de acometer. Se quedó solo, en la inmensidad del espacio, ante todo un abismo interestelar y durante muchos minutos sin comunicación alguna. Si hubo una vez que tuvo sentido la palabra “silencio” fue entonces. ¿Qué clase de temple debía tener? ¿Qué psicología para aguantar en una nave que le separaba del vacío solo unos pocos centímetros? ¿Y si hubiera sucedido algo?

Este astronauta, todo un pionero del espacio, Michael Collins, fallecía hoy 28 de abril a los 89 años. Fue víctima de un cáncer, según ha anunciado su familia en un comunicado difundido en Twitter. “Lamentamos compartir que nuestro amado padre y abuelo falleció hoy, tras una valiente batalla contra el cáncer”, ha anunciado su familia, que señala que Collins “pasó sus últimos días en paz, con su familia a su lado”. Según el comunicado, al que ha tenido acceso Ep, Collins “siempre enfrentó los desafíos de la vida con gracia y humildad, y lo hizo de la misma manera ante su desafío final”.

Su familia, en estos momentos, ha querido remarcar que la vida que llevó Collins le hizo persona “afortunada” y han querido remarcar algunos aspectos que definían su personalidad: “su agudo ingenio, su tranquilo sentido de propósito y su sabia perspectiva, obtenida tanto al mirar hacia atrás a la Tierra desde la perspectiva del espacio como al contemplar las tranquilas aguas desde la cubierta de su barco de pesca”.

Nacido el 31 de octubre de 1930, pero no en Estados Unidos, como muchos pensarían, sino en Roma y a lo largo de su carrera Collins recibió numerosas condecoraciones y premios, incluida la Medalla Presidencial por la Libertad en 1969, el Trofeo Robert J. Collier, el Trofeo Conmemorativo Robert H. Goddard y el Trofeo Internacional Harmon. Como tantos otros tripulantes que se enrolaron durante esa época en la NASA para avanzar en la carrera espacial, pero también por la adrenalina que da internarse en caminos poco transitados, Collins fue piloto de combate y piloto de pruebas experimentales en el Centro de Pruebas de Vuelo de la Fuerza Aérea, en la Base de la Fuerza Aérea Edwards, en California. Estuvo ahí de 1959 a 1963 y, durante ese periodo, logró sumar más de 4.200 horas de vuelo, toda una experiencia que le abría las puertas para viajar más lejos.

A partir de ahí nombre va tornándose en leyenda. Fue escogido como astronauta de la NASA en 1963, sirvió como piloto en la misión Gemini 10 de 3 días, que se lanzó el 18 de julio de 1966. Aquí estableció un récord mundial de altitud y, ya que estaba ahí, se convirtió en el tercer caminante espacial de los Estados Unidos y completó dos actividades extravehiculares. Unos síntomas que ya van dando una idea de la materia de que estaba hecho. El siguiente vuelo fue como piloto del módulo de comando de la histórica misión Apolo 11 en julio de 1969. Permaneció en órbita lunar mientras Neil Armstrong y Buzz Aldrin se convirtieron en los primeros hombres en caminar sobre la Luna. En el diario de abordo se anotó una frase. Hacía referencia a su gesta, a lo que había hecho. Decía: “Desde Adam, ningún humano ha conocido una soledad como Mike Collins”.

Hay quien tiene la suerte de llevar todas las luces y quien permanece más retirado. Para el gran público es el tercero de la misión, el astronauta olvidado, pero todos saben que su papel resultó esencial para que aquel viaje mítico saliera perfectamente. De hecho, al regresar, debido a su coraje y determinación, recibió la Medalla Presidencial de la Libertad en 1969. Y jamás hay que olvidar que este hombre pasó 266 horas en el espacio en un momento en que los vehículos espaciales distaban bastante de los que existen ahora. Además, una hora y veintisiete minutos de todos ellos estuvieron destinados en caminatas en el exterior de las naves.

Su carrera más allá de la atmósfera quedó interrumpida poco después. En 1970, Collins se convirtió en Subsecretario de Estado de Asuntos Públicos. En abril de 1971, se unió a la Institución Smithsonian como Director del Museo Nacional del Aire y el Espacio, un puesto en el que estuvo durante siete años y a él se debe la planificación y construcción que se llevó a cabo del nuevo edificio del museo, que se inauguró en julio de 1976. En 1980, Collins se convirtió en vicepresidente de LTV Aerospace and Defense Company, dimitiendo en 1985 para iniciar su propia empresa.

Igual que aquellos marineros y navegantes que se internaron en el Atlántico sin saber que encontrarían y que dejaron la memoria de sus vivencias en sucintas memorias, Michael Collins también ha contribuido con una serie de libros donde deja constancia de lo que sintió. Es autor de “Carrying the Fire” (1974), la obra en la que describe su experiencia en el programa espacial y cuál fue el papel que desempeñó. También escribió “Flying to the Moon and Other Strange Places” (1976) y en 1988 , “Liftoff: La historia de la aventura de América en el espacio”.