Crítica de “Frozen II”: La memoria del agua

Un fotograma de "Frozen II"
Un fotograma de "Frozen II"

Directores: Chris Buck y Jennifer Lee. Guión: Jennifer Lee. Voces originales: Kristen Bell, Idrina Menzel, Josh Gad, Jonathan Groff. EE UU, 2019. Duración: 103 minutos. Animación.

Una de las ideas más felices de «Frozen II» es reivindicar que el agua tiene memoria. Así las cosas, en manos de la magia refrigerada de Elsa, el agua se convierte en esculturas de hielo que son auténticos trozos de pasado, recuerdos transparentes que cristalizan en un viaje que armonizará los cuatro elementos de la naturaleza para provocar una inevitable reconciliación entre los pueblos (blancos e indígenas, por supuesto) y lanzar un mensaje ecológico «comme il faut».

Tendríamos que hablar de la obsesión por la memoria del cine de las factorías Disney y Pixar (desde «Coco» hasta el desenlace de «Ratatouille» y atravesando los parques de la conciencia en «Del revés»), aunque tal vez hacerlo con motivo de esta irrelevante secuela no sería justo. Después de todo, esa idea feliz es anecdótica, como lo son las simpáticas apariciones de Olaf, el muñeco de nieve que se pregunta sobre el sentido de la vida, y algunas imágenes poderosas, como esas olas transformadas en pistas de hielo que despuntan en una cresta de espuma.

Por lo demás, la película no resiste comparaciones con el original, ni en el campo musical, carente de los temazos pegadizos que sonaban a éxito en las reventas de Broadway (ni rastro de un segundo «Let It Go»), ni en su propuesta argumental, que parece una versión «Magic on Ice» de «Pocahontas». Es cierto que resultaba complicado encontrar un modo satisfactorio de continuar el que, sin duda, es uno de los filmes más icónicos de la Disney de la última hornada. Las anomalías de «Frozen» –a saber: un doble protagonismo femenino, que regeneraba, desde la oposición heroína-antagonista, el acartonado género de las princesas de la marca; un interés romántico en forma de príncipe que revelaba por sorpresa su villanía; un amor fraternal que, al cabo de la calle, era realmente conmovedor– eran muchas y variadas, de modo que su secuela no se preocupa en reeditarlas, a sabiendas de que las legiones de fans del original se la saben de memoria.

Ahora se trata de engrasar la maquinaria, poner en peligro el pueblo nórdico y apacible de Arendelle, hacerse cargo o cuestionar la decisión de los antepasados monárquicos de las princesas y dejar que los elementos –ese fuego que extiende por el bosque un pequeño lagarto o esos gigantes de piedra que duermen en el río– se pongan del lado de la magia de Elsa y la fidelidad de Ana. Lo demás es una fórmula estandarizada que, afortunadamente, aún tiene en cuenta que una mujer Disney puede ser feliz e independiente sin encontrar marido a costa de parecer asexuada.