Crítica de “Richard Jewell”: Servir y proteger ★★✩✩✩

Una escena de «Richard Jewell», la nueva cinta de Clint Eastwood

Dirección: Clint Eastwood. Guión: Billy Ray, según el artículo de Marie Brenner. Intérpretes: Paul Walter Hauser, Sam Rockwell, Kathy Bates. EE UU, 2019. Duración: 131 minutos. Drama.

Hemos llegado al extremo, nos dice Eastwood, de que querer hacer bien tu trabajo en América puede confundirse con un sentimiento patológico o antisistema. Por eso los protagonistas de sus últimas películas –el soldado de «El francotirador», el piloto de «Sully», los militares de «15:17 Tren a París», ahora el guardia de seguridad de «Richard Jewell»– son solo hombres corrientes que cumplen con su obligación de buenos ciudadanos en circunstancias extraordinarias para luego ser tratados como parias por la sociedad. Todos estos filmes están basados en casos reales, como si Eastwood quisiera certificar su teoría sobre el mundo contemporáneo –la salvación de la comunidad depende de la dignidad moral del individuo, que es aquello que ningún gobierno o medio de comunicación amarillista puede robarle en sus operaciones de linchamiento público– con la materia de la vida misma. Siendo tan parecida en estructura e intenciones a la magnífica «Sully», el problema de «Richard Jewell» está en su aproximación a su protagonista, y en las licencias poéticas que Eastwood parece tomarse con la realidad para que su ecuación cuadre con su visión del mundo.

Clint Eastwood no sabe si Richard Jewell es un autista, un niño grande o un hombre bueno. Es capaz de fijarse en el más mínimo detalle como lo haría un policía sagaz porque su objetivo en la vida es proteger a la gente, pero Eastwood no duda en sugerir que ese rasgo de carácter tiene algo de neurótico cuando le despiden por extralimitar sus funciones. Esa dimensión obsesiva de su personalidad es la que le permite salvar a cientos de personas al abortar un atentado terrorista en un concierto veraniego durante las Olimpiadas de Atlanta, pero cuando el FBI lo trata como si fuera el principal sospechoso, Eastwood nunca aclara si lo servicial de su actitud tiene que ver con su inmadurez o con un infantilismo que podría extenderse a una sociedad en éxtasis gregario mientras baila la «Macarena» de Los del Río. Nunca sabemos muy bien quién es Richard Jewell porque actúa en función de las exigencias de un guión que se inventa a un agente del FBI sin otra agenda que hacer el ridículo y retrata sin complejos a una periodista que parece disfrutar de vender su cuerpo a cambio de una exclusiva. Pura brocha gorda. Lo más interesante de «Richard Jewell» es que el camino de aprendizaje que tiene que seguir el protagonista es el de la desconfianza hacia la gente que hace mal su trabajo, a menudo, dice Eastwood, instalada en las instituciones.

Lo mejor

La alergia del individualista Clint Eastwood a todo aquello que huela a institucional

Lo peor

Es cualquier cosa menos sutil, sobre todo en su retrato de la profesión periodística