Querencias en ruta, sabores en tránsito

La gastronomía explota inteligentemente todos los resortes de la logística: el transporte de cercanía, la distribución capilar y el puerta a puerta

Muchas veces el azar es caprichoso y configura casualidades harto sospechosas para solicitar comida para llevar. Hemos sido expoliados de determinadas costumbres, gracias a la Covid, tiempos difíciles, nuevos tiempos, pero ya estamos de vuelta de manera inmediata y nos acogemos de manera oportunista, a la comida con subtítulos y de largo aliento para distribuir a domicilio.

A veces, los gestos suponen ser gastos irremediables, invitaciones o propuestas donde no se intuye un sendero gustativo empedrado y al final, al cerrar la puerta, tras recibir el pedido nos encontramos con una alfombra impoluta para no poner tierra o paladar de por medio. Ya se sabe que la restauración vive de quien baja y sube algo más que las escaleras y los extremos gourmets pero todo suma.

Vivimos los tiempos dorados de la comida para llevar. Se ha convertido en un «establishment gastro» capaz de admitir su propia identidad o necesidad como pilar de la restauración actual. Sin aspirar a ello, prevalece la practicidad de llegar a tiempo y un brillante juego de dobles significados que contiene en ocho letras el legado del llamado «take away»

Suena claro. ¿No? Cristalino. Me comentan. La gastronomía explota inteligentemente todos los resortes de la logística y el transporte de cercanía, la distribución capilar mientras las querencias se relacionan sabiamente, de manera endogámica. El rosario de ciclistas y motoristas que salpican las calles nos sitúa ante un escenario de enorme pluralismo gastronómico.

Los repartidores se convierten en paradigmas de la «gastroaerodinámica», que no emite señales de verdadera amenaza, salvo el bullicio de coches en paralelo, con un mundo de planos bajo el Gps, con referencias de tiempo, sin pedalear incómodo ni desarrollos exigentes gracias al invento eléctrico, salvo las rampas finales bajo el humor del cliente «especialito», que algunas veces pasa factura, aunque casi siempre aplaude la mayoría.

En un mundo gastronómico continuamente polarizado, la restauración para llevar, «take away», logra ser querida en su interminable oferta por paladares de todos los gustos y condiciones gourmets. Solos y en silencio nos «whatsappeamos» a la espera de recibir la demanda.

La movilización es de obligado cumplimiento ante los destellos de expectación. Para evitar el embotellamiento es necesaria la pronta reserva. El interrogante acerca del tiempo empleado es despejado al escuchar el timbre de la puerta. ¡No me lo puedo creer, ya están aquí!. El menú propuesto legitima y forja el porvenir de este tipo de sobremesa. La aventura al pedir vía telefónica y la espera se antojan ilustrativas del encantamiento que ejerce este tipo de servicio. Hoy por hoy, se dan las circunstancias precisas para reivindicarlo. Transportes mayoritarios y rutas significativas pero sin condicionar los paladares.

Su propiedad vital es mostrarse útil para cada acompañamiento. Y, sin duda, queda certificado que interpretan bien su versatilidad y existe unanimidad respecto a la idoneidad de estos servicios. Las enigmáticas brumas gustativas se disipan del todo al abrir el pedido, si es casi igual que en el restaurante, comentan, más cómodo, se escucha al final del comedor, para hacer resplandecer cotas evocativas inesperadas.

En la recta final, nos preparamos para entronizar este audaz ensanchamiento de la restauración que suscita reacciones de manual en forma de (des)amor eterno. Tras las tres propuestas capitales solicitadas llega el confeti goloso de los comentarios mientras la sobremesa se convierte en un archipiélago de comensales divididos en averiguar cuál es lo mejor.

El desenlace final del café tiene su momento cumbre. La dulce locura se acentúa marcada por la deslumbrante sencillez de los postres. Una vertical de transporte y logística sin límite.

Los platos probados distintos entre sí, muy diferentes, sin/con pretensiones forman un relato unánime. Nos aproximamos al final tras más de tres horas de locuacidad transporte-culinaria.

Ahora que los supuestos delitos de gula gastrónoma han prescrito nuestra (in)discreción nos permite reconocer que nuestros anfitriones necesitan un escenario y el «take away» les regala todo el protagonismo a pedaladas de fuego lento. Así de lejos o de cerca ha llegado el envío prometido. Querencias en tránsito, sabores en ruta.