El Banco de Alimentos alerta del aumento exponencial de demandantes

La ciudad de Valencia tiene 794.320 habitantes de los que más de 230.000 están en el umbral de la pobreza

Colas de gente esperando a recibir los alimentos del Banco de AlimentosKIKE TABERNERsolidaridad

Aún no son las diez de la mañana y la cola de los demandantes de ayuda ya tiene centenares de metros. Ordenadamente, con mascarillas, guardando la distancia de seguridad y pertrechados de carritos de la compra, tanto hombres como mujeres, nacionales y extranjeros, jóvenes y menos jóvenes han acudido a la convocatoria del Banco de Alimentos para el reparto mensual de ayuda.

Perfectamente organizados, los voluntarios ocupan los bajos del estadio de Mestalla, después de que hace cinco años, el Ayuntamiento de Valencia revocara la cesión de unos locales en la calle Santa Cruz de Tenerife, cuyo uso cedió el equipo de gobierno anterior, y que el Govern de la Nau, con Joan Ribó a la cabeza, denegó en cuanto llegó al poder. Lo del rescate de las personas comenzó, en el caso del Banco de Alimentos, por el rescate de los locales. También les quitaron las subvenciones.

El Valencia CF, poco después, se ofreció a colaborar y Jaime Sierra, presidente del Banco, les pidió utilizar sus bajos una vez al mes para el reparto de la ayuda. Dicho y hecho.

El reparto de ayer se estima que llegó a 330 familias, lo que multiplicado por una media de 3,5 personas por familia, alcanza el millar de beneficiarios.

En la zona de Mestalla hay siete mil usuarios del Banco de Alimentos. Antes de la pandemia la cifra era de 600.

Jaime Sierra alerta sobre el aumento abismal de los casos que atienden y advierte de que «en ocasiones, nuestras estanterías comienzan a estar vacías».

Jaime Sierra es presidente del Banco de Alimentos y fundador del Banco Solidario de Alimentos. La diferencia de ambas instituciones es sencilla: el Banco de Alimento nutre de productos básicos a 177 instituciones, desde Cáritas a Casa Caridad, mientras que el Banco Solidario opera directamente con el necesitado repartiendo comida de persona a persona, como es el caso de ayer.

En este reparto, la mayoría de los productos los ha facilitado La Caixa, así como muchos de los voluntarios, y Jaime Sierra nos pide que lo destaquemos y dicho queda.

No se hace distinciones. Todo el que viene recibe lo mismo, con la única salvedad de si tiene niños pequeños. En este caso además se le entrega pañales y otros elementos de primera necesidad en la crianza.

La larga cola que avanza por la avenida de Aragón se nutre de mucha gente joven y cada vez hay más españoles, casi el 44 por ciento. Antes de la pandemia eran el 37. Otro cuarenta y tanto son hispanoamericanos, un cuatro por ciento, aproximadamente son marroquíes, y el resto de Europa del Este.

Lilia y Elena son ucranianas. Lilia es casi ciega. Sus preciosos ojos azules solo le dejan vislumbrar sombras y luces. En su país era profesora de ruso y ahora en España, cuelga vídeos en Youtube para ayudar a sus compatriotas a aprender español. Pregunta al periodista si necesita ayuda. Lo descoloca. En su situación de extrema necesidad, aún se ofrece para ayudar a lo que sea. Su lazarillo es Elena, enfermera de avanzada edad que le gustaría poder colaborar en la lucha contra el Covid pero que, por edad, no la cogerían. También está enferma y la pensión no le da para vivir. Llevan quince años en España.

Astry es de Honduras, tiene 35 años y dos hijos. La pandemia le hizo perder el trabajo durante dos meses. Cuidaba a una señora. Sin contrato ni seguridad social. Ahora ha vuelto pero cobra 600 euros al mes y 450 se van en el alquiler.

Una familia colombiana, madre y dos hijas, no quieren dar sus nombres pero relatan un drama similar. Se dedicaban a la limpieza y con la pandemia quedaron sin trabajo. Solo una de ellas cobra 350 euros al mes porque está en ERTE.

El caso más preocupante es el del Oswaldo, un joven apuesto venezolano que trabajaba en un restaurante postinero que ha cerrado definitivamente con la crisis. Dice que cuando consiga la nacionalidad española se hará okupa: «este país solo ayuda a los hijos de puta, si tu haces la cosas bien, no hay ayuda para ti». Tiene una hija. Su pareja tampoco trabaja. «Desde que llegué a España, hace años, estoy trabajando. Dar las cosas gratis es un error. Ni ingreso mínimo vital ni leches, porque al final la gente se acostumbras a lo que les da y no sale nunca de esa situación. Eso es lo que pasó en mi país». Oswaldo está enfadado. Dice que la asistente social le reprochó que tuviera un coche y que llevara una cadena de oro: «desde que llegué a España no he parado de trabajar, pero ahora tengo una niña y no me llega».

Mientras la cola avanza, ordenadamente. Cada vez es más larga. Los rostros reflejan fatiga y también agradecimiento.

Jaime Sierra no para. Es cariñoso, como el resto de voluntarios. Dispara datos mientras organiza la cola: «en Valencia hay 794.320 habitantes, 230.260 están en el umbral de la pobreza».