Pasaporte covid desencadenado

Mientras algunos están preparados con el certificado de vacunación, otros se encuentran con la guardia baja a las puertas del restaurante y son pillados a contrapié

En el restaurante Rausell nos sorprenden por su ejemplar agilidad y compromiso para solicitar el pasaporte, ante las reticencias y reservas de algunos clientes
En el restaurante Rausell nos sorprenden por su ejemplar agilidad y compromiso para solicitar el pasaporte, ante las reticencias y reservas de algunos clientes FOTO: La Razón La Razón

Era, dicen, un secreto a voces que el pasaporte covid llegaría, por necesidad, convicción, solidaridad y por lealtad a las normas. A grandes rasgos y a riesgo de no ser demasiado realista, no es necesario mirarse al espejo de la pandémica verdad para percibir la necesaria excepcionalidad del pasaporte para la restauración. En el universo de la hostelería viven apresurados en la cultura de la inmediatez. La estrategia es dar prioridad absoluta al pasaporte covid donde toda acreditación tiene asiento, conviene mencionarla en cursiva, mientras toda ideología negacionista equivocada no se justifique. Esa es la cosa, tristemente, se ha descubierto como parte básica para acelerar o incentivar los certificados de vacunación aunque ya imaginábamos quienes eran los comensales señalados.

Para mostrar la verdadera dimensión del pasaporte covid nada tan efectiva como la radiografía de contraste vivido, en varios establecimientos hosteleros durante la primera jornada de su puesta en escena: almuerzo, aperitivo, sobremesa y tardeo donde se declaran solemnemente las intenciones. Algunos como el restaurante Rausell (Ángel Guimerá, 61), se hacen cargo de este excepcional acontecimiento de manera ejemplar, con el único y simple objetivo de cumplir con la normativa. Nos sorprenden por su agilidad y compromiso para solicitar el pasaporte ante las reticencias y reservas de algunos despistados clientes.

Mientras algunos lo sospechaban y están preparados con el certificado, otros se encuentran con la guardia baja, en pleno sábado matutino, confiados a las puertas del establecimiento y son pillados a contrapié sin el pasaporte covid. El final feliz del almuerzo genera dudas mientras la fachada adquiere forma de corrillos. ¿Cómo se baja el certificado en el móvil?. Rectificar es de sabios.

En una proclamada arrocería, situada en una pedanía cercana a la capital, con un aforo creciente por momentos, en el comedor se supera ampliamente los ochenta comensales, bien juntitos, nos ofrecen una visión completamente contraria a la vivida durante el almuerzo y aperitivo, sin rastro de la obligada solicitud del pasaporte covid. La restauración «low cost» que genera el puente festivo colisiona con la especulación del pasaporte covid hasta perder su identidad. Y la pregunta que nos planteamos es cómo será posible controlar esto en la restauración de las prisas que vive de espaldas al pasaporte.

En un reconocido pub de Ruzafa, donde establecemos el acreditado tardeo, asistimos a la representación de lo irrepresentable. En la puerta, algunos clientes no se acreditan convenientemente al reivindicar la importancia de no sentirse excluido por «ser diferente», tal cual, «será posible» replican a gritos desde el fondo de la cola. «Vacunaros de una puta vez», gritan desde la propia acera. Luego se apaga el fuego y vuelven a empezar. El profesional portero es parco en palabras, pero tiene las ideas claras, la realidad y el cumplimiento de las normas es su principal fuente de inspiración, en eso aparece el dueño que también muestra su compromiso para redondear el argumento… «Si no tienen el pasaporte no pueden pasar». Nos introducimos al interior del local sin esperar el final. No se trata de azuzar la leyenda negra de los negacionistas, sobran comentarios.

Por lo vivido, la solicitud del pasaporte es teatro dentro del cine, es comedia bufa dentro de la tragedia cotidiana de la restauración, es drama que se alimenta del disparate de anular mesas y reservas, es un musical hostelero desinhibido y empeñado en imponer la triste melodía de los profesionales a sus clientes habituales, «lo siento hoy no puedes acceder».

Presentar el pasaporte covid es un episodio que no tiene nada de anecdótico, incluso para los apóstoles negacionistas del todo vale. El azar no existe, y en esta próxima Navidad nuevamente insólita y extraña como la que se avecina, por la evolución del coronavirus, con comidas y cenas de empresa de largo recorrido y proximidad emocional, con los horarios marcados y el número de comensales pactados, se hace más que necesario la presencia del pasaporte. Aunque las normas se transforman y evolucionan vertiginosamente hay que abandonar los interrogantes y dejarse aconsejar por los expertos. Sus consejos nos acompañarán a comprender la dependencia «passport» que arrastramos si queremos visitar bares y restaurantes. Último aviso, si se encuentran en una situación de duda eterna, imposibilitante, deben emitir el certificado con antelación y sin arrepentimiento. El monopolio de los brindis y la destilación emocional navideña de los encuentros gastronómicos no se puede externalizar. A los brindis (no) se le pueden poner fronteras.

Al manual del salvoconducto obligado ya no le quedan frases, palabras más, palabras menos, no hay un antes y un después, todo gira en tiempo real. Su obligatoriedad que asoma por el horizonte es cristalina mientras la presencia del virus nos acompañe.

No les quiero amargar el domingo, pero la ausencia del «autodeclarado» pasaporte laminará obligatoriamente algunos encuentros gastronómicos navideños. Aunque no se cuestiona su presencia, debería examinarse su control ya que su aplicación, visto lo visto, admite discusión. La presentación del pasaporte debe ser una carta abierta, bajo registro allegado, pero sin dar palos de ciego. Mientras tanto disfrutemos de brindis desconfinados y maridajes ilimitados bajo el pasaporte covid desencadenado.