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Estreno

«Cuando todo está perdido»: Sin trampa ni cartón

Dirección y guión: J.C. Chandor. Intérprete: Robert Redford. EE UU, 2013. Duración: 106 minutos. Aventuras.

Solo ante el peligro. Redford interpreta a un hombre que emprende en solitario un viaje por el Índico
Solo ante el peligro. Redford interpreta a un hombre que emprende en solitario un viaje por el Índicolarazon

Una historia simple. Un hombre y su yate. Un tanque de almacenamiento flotando en el agua. Un accidente en alta mar.

Una historia simple. Un hombre y su yate. Un tanque de almacenamiento flotando en el agua. Un accidente en alta mar. Y otra película de supervivencia, la madre de todas ellas. De tan simple, abstracta: el esqueleto de un relato, el mástil y el timón, y ni una sola excusa para que nuestro náufrago hable. Ni voces interiores, ni pelotas de rugby maquilladas para la ocasión. Sin palabras, sólo la sensatez de un artista del bricolaje que, en primera instancia, parece saber cómo arreglar el casco de un barco, aunque sea de manera provisional, y que, poco a poco, enfrentado a un océano sin horizonte, entiende que la naturaleza puede cobrarse una víctima más, y que nadie va a oír sus gritos. Lo más fascinante de «Cuando todo está perdido», que vendría a ser un «Gravity» de las mareas altas, es su sentido común. Incluso sin saber nada de náutica, el espectador tiene la impresión de que todo lo que hace el hombre sin nombre que Robert Redford interpreta admirablemente es lógico, sensato, es lo que DEBE hacer. La presencia icónica de Redford trabaja a favor de la credibilidad de la película, como si parte de la historia del cine estuviera luchando por sobrevivir sin tener que justificar sus acciones. En su masculinidad lacónica, un tanto fría, y por supuesto crepuscular, se encuentra el contenido epicentro dramático de un filme modesto, que nunca pretende dar más de lo que promete. J.C.Chandor, que en «Margin Call» había sobreexplicado la crisis encerrándola en las oficinas donde se gestó, hace que lo terrorífico del océano sea su falta de asideros. Así, lo real toma cartas en el asunto, y cada crujido, cada relámpago, lo sentimos como nuestro. Chandor es Redford detrás de la cámara, es decir, un artesano que construye su edificio madera a madera, con la paciencia de un superviviente y la constancia de un carpintero.

No hay que buscar aquí dobles lecturas, porque la película es pura epidermis, y no en el sentido peyorativo. Lo que ves es lo que hay, y su deriva existencial es absolutamente pragmática. Chandor entiende el cine como experiencia sin sentirse obligado a acudir al 3D. Y ese cine experiencial, que nos coloca en el mascarón de proa de la tragedia de Redford, nos enfrenta a la posibilidad de la muerte. Una película de aventuras, pero también una de terror: su objetivo es hacernos sentir lo que siente el personaje, experimentar el miedo cuando se acaban todos los cartuchos y nuestra insignificancia y desvalimiento se hacen patentes frente a la inmensidad del océano. Es un filme inmersivo a la antigua usanza, sin veleidades digitales ni trampas sentimentaloides.