Cuatro cabellos, la clave del triple crimen de Burgos

Los restos capilares fueron en un primer momento desechados, pero los avances en la extracción del ADN han dado un giro al caso

Familiares y amigos del matrimonio durante el funeral que se celebró en 2004 tras el brutal asesinato
Familiares y amigos del matrimonio durante el funeral que se celebró en 2004 tras el brutal asesinato

Los restos capilares fueron en un primer momento desechados, pero los avances en la extracción del ADN han dado un giro al caso.

Han trascurrido casi catorce años desde que el 7 de junio de 2004 tres miembros de una misma familia murieran acuchillados de madrugada en su propio domicilio. Al salvaje hecho se le bautizó como el triple crimen de Burgos. Durante años se han realizado todo tipo de pesquisas para aclararlo, algunas objetivamente sin ningún tino, pero es ahora cuando la resolución del caso parece más cercana. Según ha podido saber LA RAZÓN existe una clave que podría poner nombre y apellidos al autor de los atroces asesinatos y resolver uno de los misterios que más se le resisten a la Policía Nacional. En su día, sobre los cadáveres de las víctimas se recogieron cuatro pelos. Estos cuatro cabellos fueron descartados porque no reunían los requisitos para poder ser analizados con las técnicas forenses de entonces, pero no se tiraron a la basura, si no que fueron guardados con el resto de evidencias. En la actualidad, los procedimientos de extracción de ADN ha evolucionado una enormidad. Si sumamos los progresos de la ciencia al repentino ímpetu de uno de los investigadores que, revisando el caso por enésima vez se encontró con la existencia de los cuatro cabellos, el resultado es que desde hace unos días los restos capilares se encuentran en un laboratorio especializado a la espera de ser analizados y cotejar su ADN con el de los sospechosos.

En la Comisaría General de Policía Judicial muchos sospechan de la misma persona: Ángel Ruiz, alias «Angelillo». Jamás un nombre pudo ser peor puesto. Ni bondad ni inocencia ni belleza. De hecho está en la cárcel condenado por un asesinato, el único que hasta ahora se le ha podido probar, el de Rosalía Martínez a la que quitó la vida en el año 2011. La mujer tenía 84 años cuando fue atropellada en la Travesía de La Parte de la Bureba. El conductor quiso matarla; cruzó los dos carriles y la embistió adrede, por la espalda. Sin darle posibilidad de evitar el impacto. Luego se dio a la fuga. Aquel caso, como el de los Barrio, también quedó estancado durante años, hasta que el tenaz y terco sargento de la Guardia Civil Abel Amado, uno de los mejores investigadores de homicidios que ha dado este país, lo resolvió. Casualidades de la vida, lo hizo también a través de un pelo. El coche que «Angelito» usó para asesinarla, un Peugeot que era robado, tardó en aparecer. Estaba a menos de un kilómetro del lugar del atropello, escondido en una especie de lonja medio abandonada. Se procesó el vehículo y dentro, entre otras cosas, los agentes de criminalística encontraron un cabello humano. Como ahora, había que ponerle nombre. Paralelamente, el sargento Amado, al frente del grupo de homicidios, empezó a interrogar a los vecinos del pueblo. Así se enteraron de que Ángel Ruiz –de 51 años– soltero y pensionista, había tenido un fuerte encontronazo con la víctima. «Ángel cruzó con un tractor por encima de las tierras de Rosalía. Estaban cultivadas de girasol. Su hijo se lo reprochó y le dijo que pasara por el camino. Y como no le hizo mucho caso, fue a ver a la madre de Ángel para contárselo», relata un vecino del pueblo. Aquello indignó a Ángel, que por las bravas decidió irrumpir en casa de Rosalía. Llegó hasta la cocina y allí le gritó amenazante a la buena mujer: «¡¡Yo no tengo nada que perder, vosotros sí!!». En aquel momento la buena mujer no supo interpretar que aquella frase significaba su sentencia de muerte. Rosalía denunció los hechos: amenazas y allanamiento de morada. «Angelillo», que se ofende por cualquier minucia, juró venganza, tardase lo que tardase en conseguirla.

El resultado del pelo encontrado en el coche con el que atropelló a Rosalía confirmo las sospechas: era de Ángel. Significaba una evidencia clara de que el sospechoso había estado en el interior del vehículo, pero los cabellos no tienen data. No se podía saber desde cuándo el pelo estaba allí. Si hubiera respondido que en el pasado había cogido el coche a su dueño sin permiso, poco se podría haber hecho, ya que la presencia del resto capilar tendría una posible interpretación diferente a la del atropello, pero cometió un error de principiante. Cuando le preguntaron si había estado alguna vez dentro del vehículo, respondió: «Nunca jamás». ¡Cazado! Pero en el coche había más pelos. En este caso animales. También se estudiaron, era de La Rubia, su querida perra. Lo que reforzó la acusación.

Ahora la investigación sigue el mismo camino. Si las pruebas que se están realizando determinan que alguno de los cabellos que se encontraron sobre los cadáveres de la familia Barrio pertenece a Ángel o a su chucho, por fin, el triple crimen de Burgos quedará resuelto. En este caso hay más indicios como por ejemplo un informe pericial que asegura que las armas que se encontraron en el primer registro de su casa, con motivo del asesinato de Rosalía, son compatibles con las lesiones de los tres fallecidos.