Eric Clapton, diario de un músico adicto a todo

Las memorias del guitarrista al que algunos señalaron como «dios», le muestran adicto a la heroína, la cocaína, al alcohol... y a la música, por la que siente una obsesión que le llevó del camino del blues talibán a conquistar el mundo con baladas

Eric Clapton comenzó a ser reconocido como un gran guitarrista a los 18 años, cuando entró en los Yardbirds
Eric Clapton comenzó a ser reconocido como un gran guitarrista a los 18 años, cuando entró en los Yardbirds

Eric Clapton tardó en madurar y en dejar de lado sus obsesiones. Tal y como reconoce en su autobiografía, el británico ha sido durante su carrera un niño caprichoso y rehén de sus obsesiones. También, para los que le conocen más superficialmente, ha sido otras cosas: «Clapton es dios», Clapton le «robó» (perdonen el flagrante machismo) la mujer a su mejor amigo, y, tras casarse con ella, se comportó, según sus propias palabras, como un imbécil. También es el blanco que «se apropió» del blues (¡y hasta del reggae!) y el autor de la canción más célebre dedicada a la cocaína. En sus memorias (“Clapton”, que ha publicado recientemente Neo Sounds), repletas de chismes y de desatinos más que de la sublimación de ningún proceso creativo (lo cual es bastante de agradecer), se confiesa respecto a algunos de sus hitos principales.

Clapton se revela, como varios ya podían intuir solo con seguirle, demasiado caprichoso para llevar una carrera con estabilidad. Abandonó sin muchas razones grupos interesantes como John Mayall’s Bluesbreakers, Yardbirds, Cream, Blind Faith y Derek & The Dominos. Bueno, había razones: los dos primeros, por no ser suficientemente puristas, los demás, por el ego, el aburrimiento y las drogas. El guitarrista era completamente insoportable, sin ánimo de ofender y siguiendo su propio testimonio, como vamos a comprobar. Los recuerdos de infancia de Clapton no son malos, salvo por un hecho. Descubrió que sus padres no eran sus padres, sino sus abuelos, y que su madre lo había abandonado para formar otra familia. Con la que era muy feliz. Con nueve años, conoció a la biológica y le preguntó si podía llamarla mamá. Ella le dijo que mejor siguiera tratando de padres a sus abuelos. Se sintió repudiado y rechazaba el cariño de todo el mundo. «La decepción me resultaba insoportable y pronto se convirtió en odio e ira», y su relación con el sexo opuesto siempre será tóxica. El niño se volvió hosco e introvertido, solo le calmaba la música, su primera adicción, su gran obsesión.

Un verdadero después

Su fascinación por el blues le lleva a abrazarlo como una religión. Tiene 18 años cuando entra en los Yardbirds y comienza a ser reconocido como uno de los mejores guitarristas de la escena de Londres, pero sus convicciones son radicales: «Me convertí en un intransigente con todo aquel que no tocase blues puro. Empecé a desarrollar un verdadero desprecio por la música pop en general y a sentirme incómodo por pertenecer a los Yardbirds. No me imaginaba cómo podíamos tocar una canción como ‘’For Your Love’’ y hacer un disco así y seguir adelante. Me daba la sensación de que nos habíamos vendido. Para entonces yo era un individuo quejica y descontento. Deliberadamente me volví todo lo impopular que pude, discutiendo siempre y poniéndome dogmático con todo lo que surgía», confiesa. Solo tenía 20 años y tocaba con músicos mucho mayores. Más inexplicable fue su abandono de la banda de John Mayall, los Bluesbreakers, donde apenas estuvo unos meses, que dejó por una loca aventura juvenil para tocar en hoteles de Grecia. Sin embargo, con este Clapton uno se puede identificar.

Por entonces aparecen las pintadas por la ciudad que dicen «Clapton es dios». «Una parte de mí quería alejarse de todo aquello. No quería ese tipo de notoriedad, porque sabía que me podía traer problemas. A otra parte de mí le encantaba el reconocimiento. La verdad era que la gente estaba empezando a verse expuesta a un tipo de música que era nueva para ellos y yo me estaba llevando el reconocimiento, como si fuera el que inventó el blues». Más tarde se sentirá igual cuando se «apropie» de «I Shot The Sheriff», tema de Bob Marley que él convirtió en superventas adaptado a la sensibilidad de los blancos, lo que pasa es que en esa época estaba demasiado enganchado como para que le importase.

Una carrera impresionante

Después fundó Cream, el grupo que nunca debería haber permitido que se disolviera. Porque, según Clapton acredita, no se debió a la enemistad entre el recientemente fallecido Ginger Baker y Jack Bruce, sino a la sobreexigencia del mercado y a que la banda no era lo suficientemente vanguardista. Consiguieron éxitos mundiales y un puñado de clásicos imperecederos. Blind Faith sí que era rompedora. Pero también se disolvió en la indefinición y en el capricho de Clapton por lo siguiente: Derek & The Dominos, donde seguía siendo un idealista que se negaba a conceder entrevistas y a que su nombre se usara como reclamo comercial. Y así era también su peripecia en este grupo: «Nos manteníamos comiendo fritanga y un cóctel de alcohol y drogas, especialmente Mandrax, que eran pastillas para dormir muy fuertes pero que en vez de dejar que hicieran efecto, lo contrarrestábamos esnifando cocaína y bebiendo brandy o vodka y eso generaba un subidón único. La mezcla de eso se convirtió en la química de nuestras vidas. Solo Dios sabe por qué seguimos vivos». Estaba condenado a terminarse: «Al acabar la gira, con las toneladas de coca y de caballo que nos habíamos metido, ya no estaba por la labor de seguir. [El mítico ejecutivo musical] Ahmet Ertegun vino a verme y me comentó de forma muy paternal de lo preocupado que estaba por mi consumo. Me habló de sus experiencias con Ray Charles y lo doloroso que fue para él verle cada vez más atrapado. Se emocionó mucho y hasta se puso a llorar. Puede parecer que, como lo recuerdo con claridad, me causó algún efecto, pero lo cierto es que no marcó la más mínima diferencia». Discutieron un día en el estudio y se fue para siempre de Derek & The Dominos.

Parte de la infelicidad patológica de Clapton venía por el amor no correspondido por Pattie Boyd. «Me había convencido de que cuando escuchase el álbum completo de “Layla”, con todas las referencias que había a nuestra situación, sucumbiría a mi grito de amor desesperado y por fin dejaría a George [Harrison] y se vendría conmigo para siempre». Una noche, Clapton la chantajeó y le pidió que fuera a su casa a escuchar el disco con él. Se quedó conmovida y aterrorizada. Se largó corriendo. A los pocos días, la llamó para decirle, tras una nueva sesión de súplicas, que si no dejaba a Harrison se dedicaría a tomar heroína todo el día. «La verdad es que ya llevaba un tiempo tomándola prácticamente durante todo el día. Ella me dijo algo con aire triste y y supe que el juego había acabado. No volvería a verla hasta años después».

Fue entonces cuando llegaron los tiempos perdidos: tanto, que ni tiene recuerdos del concierto por Bangladesh que organizó George Harrison y en el que tocó. «Le dije que iría si me garantizaba un suministro constante. Como el plan era de una semana de ensayos seguida del concierto, él me aseguró que podía hacerlo». A Clapton le proporcionaron la heroína que pedía, pero era de tan mala calidad comparada con la que tomaba en Londres que empezó a sufrir un terrible mono. «Esa noche decepcioné a mucha gente y a mí mismo. He visto el concierto solo una vez, pero si alguna vez echo de menos algo de aquellos llamados maravillosos años, esa es la grabación que necesito ver». ¿Dejó de consumir? En absoluto. De hecho, metió a su pareja, una aristócrata de la que estaba harto, Alice Ormsby Gore, en la heroína. Era ella quien se encargaba de comprar los suministros a razón de 30 gramos por semana. Tanto consumo se explica porque ambos la esnifaban en lugar de inyectársela.

Escenas inenarrables

Durante esos años, Clapton no veía a su familia, evitaba a sus amigos de siempre, no contestaba al teléfono, grababa canciones horribles en cintas de casete dignas de un zombi. El padre de Alice, lejos de odiar a Clapton, ideó un plan para sacar a ambos de sus adicciones. Habían sido casi tres años por el albañal. El trabajo en una granja limpió a Clapton, que para finales de 1974 se metería de nuevo en el estudio a grabar un gran disco, aunque no sabía ni cómo: «461 Ocean Boulevard». En el proceso, recuperó su sociabilidad, volvió a sonreír, construyó una pandilla de amigos bromistas... y empezó a beber demasiado. El alcohol le daba alas a su loco oculto y comenzó la parte de la vergüenza ajena. Protagoniza escenas inenarrables, muchas de ellas con Patti Boyd como víctima de su comportamiento machista y negativo. «Por mucho que creyese que amaba a Patti, la verdad es que solo había una cosa sin la que o podía vivir: el alcohol». Le fue infiel sistemáticamente, montó una serie de momentos vergonzosos (como recoger a mendigos de la calle a los que invitaba a cenar para que su pareja/esclava les hiciera la comida) y cometió todo tipo de desprecios hasta que ella le abandonó. Y vuelve el Clapton más patético y suplicante, con intento de suicidio mediante un frasco de Valium. Después, una pirueta inesperada. Encuentra la fe, humillado y vencido, cuando se cae de rodillas pidiendo que todo se acabe. Conoció a Lori, con la que tampoco encontró la felicidad y con quien tuvo a Conor. El pequeño falleció en 1991 al caer al vacío desde una planta 53. Haciendo una cuenta rápida, Clapton se ha pasado 20 años adicto a algo. Lo primero, a sí mismo. Hoy tiene 74 y es uno de los mejores guitarristas de la historia.

El deseo y el trauma

En su insaciable veleidad, Clapton habla de Patti Boyd: «Creí que era una mezcla de lujuria y envidia. La deseaba porque pertenecía a un hombre poderoso que lo tenía todo: coches impresionantes, una carrera increíble y una mujer preciosa». Y de fondo su gran frustración vital: «Esa emoción no era nueva para mí. Recuerdo que cuando mi madre vino a casa con su nueva familia, yo quería los juguetes de mi hermanastro». Cuando las cosas iban mal con Alice Ormsby, Clapton tenía miedo de que la razón fuera «un resentimiento infantil que buscara destruir a las mujeres conectado con los sentimientos que me provocaba mi madre». Tiempo después, el destino le devolvió la jugada: Carla, una sofisticada niña rica. Ésta le pide que la lleve a ver a los Stones y Clapton la lleva al «backstage». «Mick, esta no, creo que estoy enamorado», le suplicó al cantante, que tardó menos de diez días en salir a cenar con ella. «¿Qué aprendí? Empecé a distinguir entre la lujuria y el amor, y entre el placer y la felicidad».

«Clapton. Autobiografía»

Eric Clapton

NEO SOUNDS

380 páginas,

17,95 euros