Jorge Galindo y Almodóvar se echan flores

Inauguran en Tabacalera una exposición conjunta de medio centenar de obras formada por fotografías del cineastas pintadas por ambos

Imagen de Jorge Galindo y Pedro Almodóvar que recibe a la entrada del edificio de Tabacalera
Imagen de Jorge Galindo y Pedro Almodóvar que recibe a la entrada del edificio de Tabacalera

El edificio de Tabacalera, un punto gris, muy urbano, tocado por ese halo «destroyer» que conservan algunos inmuebles de Madrid, es gélido en cuanto a la temperatura, pero quizá el lugar idóneo para acoger la colaboración artística entre Jorge Galindo y Pedro Almodóvar. El primero no es un recién llegado. Para nada. Se abrió camino hace más de dos décadas. Fue Soledad Lorenzo quien le abrió las puertas de su galería mediados los 90. El joven trabajaba ya con formatos grandes, utilizaba la fotografía que mezclaba con pintura.

Desde aquellos 90 no ha dejado de crecer. No es extraño que Almodóvar le echara el ojo y se interesara por sus obras. Tiene algunas que le ha comprado. Del gusto y la amistad han pasado a la colaboración. Y el director, que desde hace un par de años o tres no deja de hacer fotografías, se ha decidido a colaborar con el pintor (llamémosle así pero se le queda raquítica la palabra) y fruto de ese trabajar a cuatro manos con las obras que ahora cuelgan en ese espacio tan urbano bajo el título de «Fores».

Nada más acceder a la entrada, el primer «punch». Una obra de 11 metros por 4. Inmensa, refrescante y luminosa. Las fotografías del manchego están escondidas bajo la pintura que ambos han extendido sobre tan peculiar superficie. Son amarillos, naranjas y rojos y cuando se miran las obras de frente, y aunque uno se ponga de perfil, viene a la cabeza, quizá por el tamaño de la obra, esas telas de Pollock y esas sacudidas, como una lluvia de colores que sabía depositar sobre cada una de las imágenes.

La culpa la tuvo el niño

Todo empezó, cuenta Galindo, con una maceta en un dibujo del director de niño en la nueva película de éste, «Dolor y gloria»: «Además de la acuarela final que aparece en la película hice otras variaciones más libres solo por divertimento, donde las flores eran más abstractas y más grandes. Se las enseñé a Pedro, que ese verano había presentado sus nuevas fotografías con bodegones en la galería Marlborough y hablamos de ampliar fotos, agigantando su tamaño y su escala en lienzo para pintar los dos juntos una serie de cuadros de flores. Esta serie de fotografías que Pedro ya había expuesto me gustaba tanto porque transmiten un único objetivo al hacerlas, reflejar una emoción».

El cineasta lo concreta y define esa conjunción de fuerzas como «fuegos artificiales que se derraman sobre el lienzo». Y han trabajado mano a mano, utilizando el estudio que en Toledo tiene el pintor, colocando las fotografías en el suelo y pintando hasta con el brazo, que se quedaba muy corta la mano, escasa para tanta materia. Son más de cuarenta obras, el doble de las que se vieron este verano en Almería.

«No es algo que haya surgido de una manera puntual, sino que está bastante currado; además han terminado de prepararla hace poco tiempo. Se nota la complicidad en cada obra, es espectacular. Llama la atención», comenta Rafa Doctor, el comisario de la muestra, quien disipa de un plumazo las dudas sobre el peso que tiene el cineasta en este trabajo: «No es jueguecito de Pedro. Las fotos son la base de una colaboración. Pedro ha estado implicadísimo con el montaje», asegura.