Cultura

Un prodigo entre los prodigios: Menuhin y el concierto para violín de Elgar

Edward Elgar. “Concierto para violín en Si menor», Opus 61. Dimitri Shostakovich. “Sinfonía n. 11 en Sol menor”, Opus 103. Ibermúsica. Auditorio Nacional de Música. 28 de noviembre de 2019. London Philharmonic Orchestra. Dir. Vladimir Jurowski. Violín: Nicola Benedetti, violín

Los niños prodigio son siempre una rareza, la excepción, en todas las artes, pero en la música parecen darse por encima de la media que existe, digamos, en las matemáticas o el ajedrez. La interpretación del concierto para violín de Elgar este jueves en el Auditorio Nacional ofrece una oportunidad de hablar de un prodigio entre los niños prodigios, Yehudi Menuhin. La explicación es que Menuhin, con 16 años, y el propio Edward Elgar, con los 70 ya cumplidos, se unieron en 1932 para grabar el concierto de violín de éste último. El intérprete se encontraba al comienzo de su carrera, el compositor era una leyenda viva y el registro que realizaron de esta obra, una de las más difíciles del repertorio romántico para este instrumento, ha permanecido desde principios de los años treinta del siglo pasado disponible en toda tienda de discos clásicos que se precie de Oslo a Buenos Aires y de Tokyo a San Francisco. En una época en la que las grabaciones compiten unas con otras para ver cual es más aséptica y «sin fallos», es refrescante escuchar este disco que, a pesar de haber sido remasterizado varias veces, sigue sonando deliciosamente antiguo y perfecto en su imperfección. Como curiosidad puede anotarse también que la discográfica que realizó el registró fue EMI, que acababa de fundarse meses antes en 1931. EMI contó con Menuhin en nómina durante 70 años, el contrato discográfico más longevo de la historia de la música por el momento.

Fue precisamente con la San Francisco Symphony cuando debutó Menuhin con siete años. Con 13 años se estrenó con la Filarmónica de Berlín dirigida por Bruno Walter, que pasó del escepticismo al entusiasmo con el nuevo niño prodigio de los Estados Unidos en cuestión de segundos cuando le escucho interpretar el inicio del concierto de Beethoven en una habitación de hotel de Berlín tocando él mismo la parte orquestal al piano. Fue Walter quien dijo de él que era un prodigio entre los niños prodigios. Y la misma sintonía debió reinar entre el pequeño Menuhin y el veterano Elgar ya que las sesiones de grabación fueron tan bien que la ultima de ellas fue cancelada por el propio compositor, que se llevó al joven violinista a pasar un día en las carreras de caballos. Mayor relieve adquiere este hecho si se recuerda que de todas sus composiciones, Elgar siempre amó especialmente su Opus 61, que nunca dejó de ser interpretado incluso cuando la popularidad del compositor decayó incomprensiblemente en los años cincuenta. Él mismo tocaba el violín desde su humilde infancia de niño católico en una Inglaterra que nunca terminó de verle con buenos ojos, como a uno de los suyos, hasta muchos años después. Basta para percatarse qué lugar ocupaba esta obra en su corazón señalar que en cierta ocasión confesó que le hubiera gustado que gravaran el tema del nobilmente del andante del concierto para violín en su tumba.