¿Por qué los nazis preferían el café descafeinado?

El nacionalsocialismo abogaba por una raza aria cuya salud se debía proteger y qué mejor que apartarla de los excitantes y de la cafeína

"Solo o con leche?” Si escucha esta frase sabrá inmediatamente a lo que nos estamos refiriendo. Al café, claro está. Lo que no lo está tanto es comó nació el descafeinado, pero se ha establecido como una bebida habitual. Un cargamento de granos de frijoles empapado con agua de mar (y al que se decidió dar una segunda oportunidad) dicen que pudo dar origen a que surgiera esta bebida. Aunque motivaciones más sofisticadas las hay.

Mientras el origen se nos presenta como una incógnita aún no lo es la persona que dio con la fórmula. Se trata de un ambicioso hombre de negocios alemán que se dedicaba a la elaboración cafetera por familia. Lo llevaba en las venas y contaba que tras el fallecimiento de su padre los atracones de café que se dio le perjudicaron la salud y decidió poner remedio a su pertinaz estado nervioso. Estamos hablando de Ludwig Roselius, nacido en la alemana Bremen y aprendiz de tostador de café, un acaudalado empresario propietario de un imperio que vio en este nuevo negocio una manera para enriquecerse más aún.

Sus devaneos con los altos cargos del Tercer Reich fueron más que evidentes. La intención de este hombre era estar cerca de Hitler y ganarse su confianza. Su ideario encajaba perfectamente con los postulados nacionalsocialistas, pues se definía como políticamente conservador y con una actitud positiva hacia el partido nazi.

Con el Führer se reunió en Bremen en 1922. Quería formar parte de la élite nazi. Lo intentó en dos ocasiones, pero fue rechazado. El motivo no era otro que sus simpatías más que probadas hacia el arte calificado como “degenerado”, de algunos de cuyos artistas se convirtió en mecenas, caso de Paula Modersohn-Beceker y Bernard Hoetger.

De hecho levantó un museo en una de las arterias más céntricas de su ciudad de nacimiento, en el número 4 de Böttcherstrasse, que fue repudiado por la cúspide nazi y destruido en su mayoría durante la Segunda Guerra Mundial. Tras la contienda los edificios fueron reconstruidos por la compañía cafetera que dirigía Roselius y hoy son lugar de acceso abierto al público, lo mismo que el museo que alberga su colección de arte que lleva su nombre.

Sirva esta explicación como preámbulo para situar a nuestro protagonista, un hombre de negocios al cabo, que hizo del descafeinado un café amado y degustado por generaciones, aunque también repudiado por los puristas. Durante los primeros años de su implantación esta bebida tuvo una acogida muy positiva entre los miembros del partido nazi. Se trataba de asumir una forma de vida que no era perjudicial para los nervios, incluso se alabaron sus virtudes para la salud. Si Hitler bebía descafeinado estaba claro que el resto de la población se iba a decantar por él. Si se decantaba en su alimentación por una dieta vegetariana no había otra que seguir su ejemplo.

¿No era, pues, una manera de conseguir una población aria en perfecto estado de salud? Aquellos granos empapados de agua salada con los que Roselius experimentó a principios del siglo XX habían dado con la clave: solamente se percibía en la nueva bebida cierto sabor salado, pero la cafeína, ese veneno que los nazis no querían ni oler, había desparecido. El “invento” se patentó en 1905 y rápidamente contó con el beneplácito del partido de Adolf Hitler.

Tenía todo lo bueno de una bebida popular pero carecía de cafeína, lo que entraba de lleno en los cánones de una nueva dieta encaminada a preservar y garantizar la salud de la raza aria en las que el alcohol y el tabaco, por ejemplo, estaban proscritos. Y el café, también. No, sin embargo, el descafeinado. Fue durante la década de los años treinta cuando la salud se convirtió en un asunto de Estado que era necesario proteger. Hablamos de la raza aria y del pueblo alemán, del que estaban excluidos, se entiende, los judíos, los enfermos y los homosexuales.

Sin ir más lejos, un “Manual de la Juventud Hitleriana”, publicado en 1941, recogía que “al menos para los más jóvenes la cafeína era un veneno en todas sus formas”, mientras que consideraba al descafeinado una bebida “ampliamente disponible y estrictamente regulada”. De ahí que el llamado San Ka (Sans Kafeine), de la línea de café Hag de Roselius, se convirtiera en un éxito.