Bienvenidos a la macrodiscoteca poligonera de Enrique Iglesias

El ídolo de masas tira de grandes éxitos para abrumar al público madrileño, pero deja la sensación de una cita a medias tintas

Enrique Iglesias nos vuelve locos. Mejor dicho, nos deja tocados. Lo consigue desde la portada de su último ‘Grandes éxitos’, desde las marquesinas de las paradas de los autobuses, desde las publicaciones de sus redes sociales. Pero, sobre todo, desde el momento en el que pone un pie en el escenario. Y, la verdad, todo eso nos pone un poquito nerviosos.

La locura que desata el hijo de Isabel Preysler y Julio Iglesias convierte cualquiera de sus recitales es una improvisada macrodiscoteca poligonera sin necesidad de entonar una sola palabra. El que fuese un ídolo de la música latina con perfiles romanticones y carita de portada de revista adolescente, ahora se ha reconvertido en un cuarentañero sexualizado y un abanderado de la electrónica más norteamericana.

Atrás quedaron los coqueteos tropicales de Ricky Martin o de Marc Anthony, ahora él es el rey de las pistas por arranque, por convicción, por pura fatalidad, por fatiga, por ahínco… pues, en realidad, él siempre ha estado ahí. Enloqueciéndonos. Y dejando un poso post-baile muy propio de las peores resacas.

La que volvió a provocar anoche, en el WiZink Center de Madrid, aún sigue taladrando nuestras cabezas. Sinónimo de que la pachanga fue épica. Desde que empezó con ‘Move to Miami’, Iglesias decidió marcar todos los tiempos: cuándo saltar, cuánto desgañitarse, cuándo emocionarse, cuándo mirar el móvil. La respuesta del público, por supuesto, fue ensordecedora.

En ocasiones, hasta resultó complicado diferenciar el griterío de sus intervenciones. Pero eso era algo con lo que contábamos la mayoría. Recuerden aquella grabación que le puso en entredicho hace unos años: en ella podía oírse una más que dudosa afinación del cantante por debajo de un playback. Pero bueno, aquí todos sabíamos a lo que íbamos: ni es Johnny Cash ni es Aretha Franklin.

Es otra locura, ya saben. “Mil gracias Madrid ”, dijo en varias ocasiones con cierta nostalgia. Ya no es aquel jovenzuelo de jersey de cuello alto que dejaba huella a golpe de “experiencias religiosas”. Tras 170 millones de discos vendidos y más de 200 premios, la camisa ajustada, la gorra de malote y la cadenita de plata han tomado la delantera en esa maratón por despertar pasiones.

Este estado de enajenación eurítmica ya ha recorrido buena parte del mundo. Hasta Sri Lanka, donde el artista español fue diana de miles de sujetadores. La respuesta no se hizo de esperar: el presidente del país, Maithripala Sirisena, solicitó que los promotores del concierto fueran aporreados con la cola de una raya venenosa por el comportamiento de las fans. En cualquier lugar saben de él, de su espectáculo.

Sólo muy pocos pueden levantar uno de estas características. Y, en todos, le basta con estar. El resto es consecuencia de la euforia desmedida que despiertan sus hits. De hecho, ayer, cuando sonaron ’Bailando’, ‘El baño’ o ‘I like how it feels’ pudo comprobarse que hace tiempo que el hermano de Chábeli Iglesias y Ana Boyer dejó de ser carne de la prensa rosa para erigirse en paladín de letras con una gran profundidad poética: "A mí no me importa que duermas con él porque sé que sueñas con poderme ver” o “Tráeme el alcohol que quita el dolor, hoy vamos a juntar la luna y el sol” son tan sólo algunos ejemplos.

Escuchen con atención ‘Duele el corazón’ o ‘Súbeme la radio’. Cuesta diferenciarlas de no ser por sus versos. Pero todo esto es puro complemento. Lo que realmente importa, decíamos, es la locura. La misma que levantó, manteó y zarandeó, por ejemplo, a los asistentes de la sesión de Kiko Rivera en Fabrik o el boom de Omar Montes en Las Ventas.

Igual que en ambos casos, sus canciones están hechas para ser bailadas. Incluso cuando Enrique se vuelve melancólico y recupera ‘Bailamos’, una de las pocas licencias noventeras del show y uno de los pocos momentos para desinflamar el oído. Por estas notas no habían pasado aún las manos de Pitbull o de RedOne, pero igualmente sirvieron para desatar cierto delirio transitorio.

Al menos, entre aquéllos de su quinta. Los demás prefirieron ‘Tonight (I’m lovin’ you)’. Aunque tanto en un bando como en otro, la ducha de endorfinas fue exactamente la misma. Ese sexapil que despierta lo ha heredado de su padre. La forma de caminar, de dirigirse a las mujeres y de moverse son marca de la casa. Las voz no tanto. Quizás, por ello, todo esté pensado para tapar su principal carencia: desde las inmensas pantallas hasta genuinas luces. Sin olvidar, claro, el alboroto que siempre levantan los personajes ilustres del papel couché que le acompañan.

En esta ocasión, no fallaron Isabel Preysler y Tamara Falcó. La cita calmó, así, las ansias de los más curiosos y, por primera vez, fue posible ver a una parte de la familia Iglesias-Preysler en plena efervescencia discotequera. Eso sí, casi exclusiva de aquellas pistas donde las botas blancas y las felpas de terciopelo hacen acto de presencia. ¿Qué hay más loco que eso?