Handke da una tregua al Nobel

El escritor se mostró mucho más comedido durante la lectura de aceptación que en la rueda de Prensa del viernes. Por su parte, Tokarczuk lanzó una dura crítica al uso de internet

Desde luego que no es la Semana del Nobel más tranquila que se recuerda. Pero se puede afirmar que lo de ayer, al menos dentro del salón de la Academia sueca en el que se realizaron las lecturas de los premiados (Olga Tokarczuk y Peter Handke), no se fue de madre. No se esperaban grandes aspavientos, pero a sabiendas de que en los últimos tiempos no hay nada que salga a derechas dentro de esa casa, cualquier posibilidad era factible. Ahora sí, el día transcurrió entre las habituales quejas desde que se confirmase el nombre del escritor austriaco como vencedor. Dos de ellas destacables: Ibrahim Kalin –como portavoz de la Presidencia turca–, que se preguntó cómo es posible premiar a alguien «sin conciencia moral ni sentido de la vergüenza», a la vez que pedía la retirada del galardón; y la de Behgjet Pacolli –ministro de Relaciones Exteriores de Kosovo–, que confirmó la ausencia de su país en la ceremonia de este año.

Lo demás, sí transcurrió según había planificado la institución sueca. Handke subió al estrado a las 17:30 de la tarde para ponerse nostálgico recordando a los suyos y cómo el arte ha atravesado su vida: «Me ha proporcionado las formas esenciales, los ritmos o, para decirlo modestamente, las oscilaciones y el impulso que permitieron que ese ímpetu encontrara expresión», afirmaba antes de hablar sobre las películas de John Ford y Yasujiro Ozu y las canciones de Johnny Cash y Leonard Cohen. Respecto a su familia, Handke quiso detenerse en dos episodios particulares, narraciones cortas que en sus oídos infantiles sonaron como «acontecimientos únicos»: uno, la huida del hermano menor de su madre del seminario para regresar a la casa familiar, y el otro, centrado en su tío mayor, cuando estando de permiso durante la Segunda Guerra Mundial ocultó a su familia la muerte del menor en el frente, donde él mismo caería pocos días después. Terminaba así su intervención el austriaco. Ningún aspaviento durante un discurso de aceptación del Nobel de Literatura que empezó con un pasaje de su largo poema dramático «Por los pueblos» (1986), en el que aborda temas familiares, de las raíces, infantiles y de la vuelta al hogar.

Una red mal entendida

Antes de Handke, había subido al estrado la polaca Tokarczuk para centrar sus palabras en los tiempos que ha traído internet. En lugar de convertirse en un sueño cumplido, «nos ha diferenciado, dividido y encerrado en pequeñas burbujas individuales». Se refería al exceso de información que acoge la red y que no somos capaces de soportar: «Cada vez se parece más a un cuento contado por un idiota lleno de ruido y furia». La autora de «Los errantes» también aseguró que la codicia, la falta de respeto a la naturaleza y la rivalidad sin final «han reducido el mundo a la condición de un objeto que podemos cortar en pedazos, usarlo y destruirlo». Un planeta dominado por un internet «completa e irreflexivamente sujeto a los procesos del mercado», cuya gigantesca cantidad de datos no se usa para dar un acceso amplio a la información, sino que sirve «para programar el comportamiento de los usuarios», apuntaba una Tokarczuk, ayer sí, más combativa que su compañero de galardón.