Cultura

«El trabajo puede matar o mandar matar»

Así lo afirma Marin Ledun. Parte de su nueva novela, «Descansar o ser libre», transcurre en Castellón; el francés reconoce que tiene una relación especial con España

Ledun, uno de los grandes del género negro del país vecino, centra la parte más alegre de «Descansar o ser libre» (Ed. Versátil), premio Letras del Mediterráneo 2019 en la categoría de novela negra, en Castellón.

Allí es donde se enamora su protagonista, Stéphane Guyot, un estupendo mecánico a quien a sus 50 años obligan a trabajar contra reloj, aunque eso influya en la calidad de su siempre extraordinario servicio. Todo por los beneficios. Pero la búsqueda de la rentabilidad a veces puede matar…

–¿Son las novelas negras de nuestra época sociales antes que cualquier otra cosa?

–Por definición, ofrecen historias donde los personajes luchan con trastornos sociales o económicos. En ese sentido, sí, la novela negra es literatura social, como lo fueron algunas naturalistas del siglo XIX, Zola o el Balzac de «Madame Bovary». Es decir, aplicaban los métodos del periodismo o de las ciencias sociales para describir el mundo en el que vivimos.

–¿Nada mata más y mejor que cualquier cosa que tenga relación con el trabajo?

–Ya sea en las minas que producían carbón en el siglo XIX, en las cárceles francesas, en las colonias donde practicaban la trata de negros o en las empresas neo-tayloristas a principios del XX, el trabajo mata lentamente, con seguridad, y a veces brutalmente porque supone una subordinación desigual y métodos brutales destinados, no a hacer que los trabajadores vivan, sino a obtener beneficio en detrimento de lo humano, la naturaleza y de toda forma de vínculo social que no les sirva a sus jefes. Desde los tiempos modernos de Chaplin o las novelas de Caldwell en los 30 y 40, el arte, la literatura y el cine ilustran esta amarga verdad/observación/descubrimiento: el trabajo debería liberar al individuo pero en lugar de eso los aliena porque un número pequeño de hombres lo ha decidido para obtener un mayor beneficio.

–Lo sabe como sociólogo y por su propia experiencia, ¿no? Creo que el «burnout» le llevó a la literatura…

–No fue un «burnout», pero sí una depresión real relacionada con mis condiciones de trabajo en France Telecom entre 2000 y 2007. Y no fue la depresión (y esa semi-sanación) lo que me metió en la literatura, sino la propia literatura que emergió de mí y me permitió dar un paso atrás (y no sanar). Pero sí, el trabajo, cuando se realiza fuera de cualquier reflexión individual y colectiva, fuera de toda negociación colectiva, aparte de cualquier consideración de la inteligencia del trabajo, sea cual sea su tarea, puede hacer sufrir porque es violento y antinatural y puede matar o mandar matar.

–En el libro habla de la presión que se ejerce con tantos trabajadores. De cómo ha de hacerse todo en el menor tiempo posible, en las peores condiciones con el máximo rendimiento. ¿Qué repercusiones podrían tener estas exigencias?

–La destrucción de cualquier vínculo social, de toda la belleza que las personas del trabajo pueden producir si dejamos espacio para el imaginario radical que pueden implementar tan pronto como participen en el proceso de establecer el trabajo. Qué desastre, ¿no?

–¿Y en cada uno de nosotros?

–Esa es la diferencia entre el trabajo prescrito y el trabajo real. El ser humano es capaz de lo mejor si se le da libertad total para gestionar en conjunto la diferencia entre lo que se les pide en nombre de la productividad y lo que crean que es mejor para ellos, para sus condiciones de trabajo, para aquellos que usarán lo que producen. Algunos deciden ser mejores que la propia máquina que los machaca por ser ejemplares, pero es una lucha perdida de antemano y, tarde o temprano, acaban perdiendo. La máquina es más fuerte que ellos porque sirve a un interés que no es el suyo.

–A todos nos pueden pedir lo que a Stéphane Guyot en nuestro trabajo, pero no todos somos héroes como él… ¿Estamos en peligro?

–Algunos de nosotros, sí. La mayoría desarrolla estrategias de protección, como la negación y la fatiga, o, por el contrario, la servidumbre voluntaria. Algunos incluso eligen ser unos bastardos. No todos moriremos, pero nos han golpeado a todos.

–Durante la historia de un hombre que ve cómo desaparece toda esperanza, aparece Lola… ¿Qué simboliza?

–Es precisamente la esperanza. Lola es la utopía amorosa, la encarnación de la idea de que nuestras vidas no tienen por qué estar centradas alrededor del trabajo. El amor es otro polo de la vida, igual que la amistad. El placer. La vida no se reduce a nuestra función en el trabajo. Stéphane no es solo su trabajo. Es importante repetir esto en un momento en el que nuestras vidas, desde una temprana edad, se centran en el valor del trabajo, en nuestro futuro como trabajadores, después en nuestra vida activa, en nuestra realización en nuestro trabajo, y luego en nuestra jubilación.

–Lola viene de Castellón; dentro del contexto de esta historia, ¿qué significa Castellón?

–Castellón, que es una ciudad obrera, trabajadora, simboliza el escape, el trabajo de campo para Stéphane Guyot. Es una manera de olvidar su vida diaria, pero, al mismo tiempo, es un vuelo hacia delante, un señuelo.

–En realidad, Castellón es Lola y Lola es el amor… ¿Tiene usted una relación particular con España?

–Vivo cerca de la frontera española, cerca del País Vasco, y, aunque os parezca un cliché, para mí España representa la alegría y las ganas de vivir, el abrirse a los demás, el salir tarde por la noche; los bares y restaurantes están siempre llenos, la gente discute, ríe, bebe y disfruta a pesar de las dificultades de la vida cotidiana.

–Su obra contiene una denuncia social, pero también emoción y poesía. ¿Es esta su receta para la novela negra, la literatura y la vida?

–¡La literatura es vida! Y, en la vida, la oscuridad también rima con la belleza, el amor, la poesía, la imaginación, la risa. ¡Hagamos frente a los tiempos con las armas subversivas de la risa, el amor, la poesía y la novela negra!