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Cultura

Crítica de “JoJo Rabbit”: El amigo invisible que comía unicornios ★★★✩✩

Dirección y guión: Taika Waititi. Intérpretes: Roman Griffin Davis, Taika Waititi, Scarlett Johansson, Thomasin McKenzie, Sam Rockwell. EE.UU, 2019. Duración: 108 minutos. Tragicomedia.

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Seis nominaciones a los Oscar, incluidos los apartados de mejor película y actriz secundaria para una Scarlett Johansson que parece haberle caído desde una azotea el sombrero ¿tirolés? que luce en la película, lo que no obsta de que realice un gran trabajo, vaya; y otras tantas para los Bafta, en los pasados Globos de Oro... Qué sorpresa y qué exageración, aunque vayamos por partes. Cierto, la idea de «JoJo Rabbit» resulta sobrecogedoramente inédita: un solitario chico alemán descubre un día que su madre, una mujer soltera, esconde a una chica judía en el ático de casa. Pero hay más, el niño tiene un amigo imaginario, el mismísimo Adolf Hitler (que interpreta Taika Waititi como si de un disparatado Monty Phyton se tratara y que es, además, el director del filme; por exagerado e incluso irritante, resulta en ocasiones lo peorcito de la cinta), que lo transforma en un nazi convencido mientras el ejército germano va lentamente perdiendo la guerra.

Basada en la novela de Christine Leunens, la película estalla con alegría durante sus primeros minutos mientras suena la música de los Beatles (hasta a Bowie oiremos después) y nos acerca, a través de la pantalla partida, al fenómeno delirante de los fans para, de un golpe seco, dejar a un lado el humor y mostrar los cuerpos ahorcados de los «traidores». En ese tira y afloja entre drama y comedia reside uno de los mayores problemas de la cinta, porque, ya lo dijimos, a Waititi le encanta verse en pantalla con la melena, no suelta, sino desmelenada, y a veces el tránsito de un género a otro chirría en un título muy en la línea de «La vida es bella», aunque más surrealista y menos reposado y emocional que el de Benigni.

Por encima de la violencia, del racismo, de la muerte, del terror, de la alargada y siniestra figura del propio dictador, de las escenas con ese tío del bigote ridículo comiéndose la cabeza de un unicornio en un acto supremo de maldad para un menor, o en otras imitando al Chaplin grande y «dictador», de la deshumanización, en fin, del ser humano convertido en una ratita asustada para quien tras la puerta solo habitan los monstruos, lo peor es descubrir al pequeño protagonista soltar las paridas, los embustes, las trampas innobles de la propaganda inculcados a hierro y fuego por el partido. Hasta que el chiquillo despierta a la realidad y se da cuenta de que la vida en ese país, en esa Europa, no era bella ni era nada, en absoluto.