Pita la flauta

«La flauta mágica», de Mozart. Voces: Andrea Mastroni, Stanislas de Barbeyrac, Rocío Pérez, Anett Fritsch, Andreas Wolf, Ruth Rosique, Elena Copons, Gemma Coma, Alabert, Marie-Luise Dreßen, Mikeldi Atxalandabasso, etc. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Pequeños Cantores de la JORCAM. Director musical: Ivor Bolton. Directores de escena: Suzanne Andrada, Paul Barritt, Barrie Kosky. Teatro Real. Madrid, 19– I–2020.

El Teatro Real ha dado en la diana con la reposición de esta producción de «La flauta mágica» en la que se mezclan cine y ópera, en la que el cine mudo es protagonista compartido de la escena. Son muchos los aciertos en una obra muy particular que se presta a este experimento. El primero la imaginación, llena de frescura, fantasía y originalidad. El segundo, el trabajo concienzudo para que las proyecciones se ajusten al libreto y diviertan. El tercero, el trabajo de unos cantantes que apenas tienen que actuar, pero que sus movimientos han de estar perfectamente coordinados con la filmación. El cuarto la homogeneidad de los repartos sin apenas grandes figuras, pero en donde todos realizan una labor encomiable. El quinto la supresión de los diálogos y su sustitución por los típicos textos del cine mudo acompañados de fragmentos de las Fantasías en Do menor y Re menor de Mozart, con lo que se ganan minutos enteros de agilidad y duración. El sexto, que la multitud de sucesos en la escena no abruman, pero sí permiten pasar por alto que en el foso cabría más fuerza. El séptimo, que viene bien el muro de la pantalla para detrás poder ensayar «Valquiria». El octavo, no moco de pavo, es que sirve para llenar las arcas del teatro con trece funciones con todo vendido, un costo reducido de alquiler de producción y unos «cast» perfectamente asumibles, lo que ayuda a sufragar el coste de «Aquiles en Esciros». En el primer reparto se escuchan unos correctos Sarastro, Monostatos y Papagena, un Papageno al que le falta gracia, una Pamina algo estridente y con más sonoridad que la demasiado ligera Reina de la noche, con una dirección atenta pero que pide más fuerza. Se disfruta, se lo pasa uno muy bien y sale feliz. Solo queda en el aire una duda. Esto nos sucede a quienes hemos visto muchas «Flautas», pero ¿qué pensarán los que la vean por vez primera o quienes visiten un teatro de ópera por vez primera ante una enorme pantalla plana como único decorado?