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Cultura

El ameno viaje Moscú-Viena de Orozco-Estrada

Obras de Musorgski, Chaikovski y Strauss. Violín: Fumiaki Miura. Orquesta Sinfónica de la Radio de Frankfurt. Director: Andrés Orozco-Estrada. Auditorio Nacional, 28-I-2020. Madrid, La Filarmónica.

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Este conjunto alemán, creado en 1929, posee una envidiable solidez, un raro equilibrio entre familias, una sonoridad poderosa pero bien templada y una línea fraseológica flexible y adaptable a cualquier repertorio. Es formación bragada en distintos estilos, razón por la que muestra una envidiable elasticidad. Ha sido su titular en los últimos cinco años Orozco-Estrada, con quien ha tocado en este y en otros conciertos realizados a lo largo de una amplia gira por nuestro país.

Su todavía titular –que se hará cargo en breve de la Orquesta Sinfónica de Viena– es ágil en el podio, en donde baila, pasea, se cimbrea con una autoridad fuera de duda, con giros muy significativos de batuta, que maneja con gran precisión dando entradas y salidas con amplios movimientos de brazos, con certeros y conminativos movimientos, que delimitan ataques o indican silencios inmediatos.

Tiene una curiosa afinidad por la música danzable, a la que impone un ritmo contagioso y conoce –quizá por sus largas estancias y aprendizaje en Viena– el secreto del «rubato» justo y musical, como puso de manifiesto en la rutilante interpretación del poema sinfónico «Don Juan» y, sobre todo, de la suite de «El caballero de la rosa», de Strauss.

Hizo cantar a los cuatro vientos a sus músicos y marcó muy bien las vicisitudes del conquistador, con una ensoñadora exposición del tema amoroso, en la primera obra y construyó con sapiencia y brillantez la segunda, en la que recreó magistralmente los distintos episodios, llegando con arrestos y fuego al caluroso clímax que recoge el ápice del célebre «Trío» entre la Mariscala, Octavian y Sofie.

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Una versión magnífica. Lo fue también, quizá a meno nivel, la de «Una noche en el Monte Pelado», de Musorgski, en el arreglo de Rimsky, donde los secos y sonoros acordes de los metales tuvieron la adecuada proyección y donde se supo desembocar en el lírico y nocturno cierre en el que todas las sombras de la noche se aquietan y recogen.

Entre medias escuchamos una briosa recreación del «Concierto para violín» de Chaikovski, donde, disfrutando de un acompañamiento bien medido, se lució el violinista japonés Fumiaki Miura (1993), una auténtica máquina de dar las notas en su sitio, de reproducir sin problemas los numerosos retos de una partitura diabólica, con armónicos, ataques, «spiccati», dobles cuerdas, «pizzicati» y toda clase de agilidades en su sitio.

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Sonido hermoso (el de un Stradivarius del año 1704), con una cuarta cuerda de excepción, agudos quizá algo faltos de redondez y esmalte, y, todavía, una cierta sequedad expresiva, una relativa frigidez emocional. Tiene tiempo. Una velocísima polka de Johann Strauss, que el público siguió con sus palmas, puso fin a la sesión.

Las obras de Musorgski y Chaikovski habíamos tenido ocasión de escuchárselas a los mismos intérpretes unos días antes en Tenerife, en el curso del Festival de Canarias, en donde puede que se solventaran con mayor perfección y que casaron en este caso con una soberbia disección de la «Sinfonía nº 5» de Shostakovich, con un tiempo lento, «Largo», con pianísimos sensacionales, de quitar el hipo.