Temirkanov, el salvador

Obras de Chaikovski, Brahms y Beethoven. Piano: Behzod Abduraimov. Orquesta Filarmónica de San Petersburgo. Madrid, 21 y 23-I-2020.

Algunos aún recordamos cuando, en 1982, Claudio Abbado tuvo un percance y hubo de cancelar sus actuaciones con la London Symphony para Ibermúsica. Yuri Temirkanov pudo salvar los conciertos gracias a sus influencias en el KGB, ya que en aquel tiempo salir de Rusia exigía papeleo y tiempo. Ya había estado con Ibermúsica en 1973 y 1981 y, desde entonces, es uno de los directores más frecuentes en su programación. Ahora ha vuelto a sacar de apuros a la organización, que tenía prevista a la Bayerische Rundfunk con su titular Maris Jansons. Al fallecer éste, la orquesta suspendió su gira y, en pocos días, Ibermúsica logró de nuevo a Temirkanov y ahora con la Filarmónica de San Petersburgo. También lo es para el público español y más concretamente el madrileño, que hacía colas interminables para sacar entradas cuando venía con el nombre de Filarmónica de Leningrado y todo lo «rojo» estaba muy de moda. Curiosamente, no se ha visto por el Auditorio Nacional el «rojerío» de hoy. Esta orquesta vino con su entonces titular Mravinski en los años ochenta y, al fallecer, en su lugar subieron a su podio Jansons y Temirkanov. Ya solo queda este último y su salud es muy precaria tras el golpe del fallecimiento de su hermano. Y, ya que hablamos de salvadores de Ibermúsica, hemos de recordar a Daniel Barenboim, salvador hasta en lo económico, pero ésta es otra historia. Esta vez no es cuestión de extenderme en la crítica de dos conciertos «salvadores» con apenas ensayos, pero con la compenetración entre director y orquesta. Behzod Abduraimov es un joven pianista de Uzbekistán en carrera ascendente. Fue capaz de no fallar en el primero de Chaikovski y de salir airoso del peso de una plantilla algo superior a lo que hoy se lleva para el primero de Beethoven. Técnica, apuntes de sensibilidad superiores a lo habitual en los jóvenes pianistas y un sonido de volumen no deslumbrante. Se solventó bien la «Cuarta» de Brahms porque la cuerda es formidable, pero mucho mejor sonó la «Cuarta» de Chaikovski. Tempo algo lento en el primer movimiento, pero contundente en el explosivo final, con los metales algo exagerados. Tras las ovaciones del público, las propinas de Elgar, con ese «Nimrod» que aún hizo más famoso la película «Dunkerque».