Publicidad
Publicidad
Cultura

Simon Keenlyside: con Auschwitz llegó la emoción

Obras de Schubert, Ravel, Poulenc, Debussy y Fauré. Barítono: Simon Keelyside. Piano: Caroline Dowdle. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 6-II-2020.

Publicidad

Simon Keenlyside es un barítono de amplio espectro programático. Sus recitales resultan siempre tan variados como personales y así lo ha demostrado en las cinco visitas al Ciclo de Lied del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y la Música y la Zarzuela. También en su repertorio operístico y en Madrid le hemos escuchado «Wozzeck» y «Pelleas y Melisande». Actúa mucho, pero quizá no sea permanentemente tan nombrado en titulares como otros cantantes. Tiene a su favor dos cosas fundamentales. De un lado, su dominio de idiomas: inglés por nacimiento, estudió en Hamburgo y el francés lo habla mejor que muchos franceses. Eso es importante en ópera, pero fundamental en el lied. De otro lado, su voz es de las mejores de hoy en su cuerda baritonal. Posee caudal, proyecta magníficamente gracias al metal que impregna su gratísimo timbre, dicción impecable y capacidad para variar dinámicas desde los fortes hasta los adelgazamientos en hilo de voz, que maneja inteligentemente el falsete. Tiene, por el contrario, un punto débil: no acaba de saber estar en escena. Todo ello quedó reflejado en su recital madrileño. Durante la primera parte, centrada únicamente en varias canciones de «El canto del cisne» schubertiano, se enfundó un traje del tiempo de los que se llevaban hace años, con pantalones anchísimos y zapatos a tono. Daba la impresión de desgarbado y más cuando cantó con una mano en el bolsillo. Esa presencia, el sudor en la frente que se tuvo que limpiar frecuentemente y unos nervios muy perceptibles, restaron naturalidad a Schubert, quedando algo rígido. Ello sin obviar las muchas cosas admirables apuntadas con anterioridad y el «Der Doppelgänger» fue perfecta muestra.

Quizá le visitó y tranquilizó en el descanso su mujer, española por cierto, y Keenlyside salió en mangas de camisa y todo de negro. Así sí pasaban las manos en los bolsillos, máxime cuando la centró en el humor de las «Historias naturales Op. 50» de Ravel y en los «Cuatro poemas de Guillaume Apollinaire», de Poulenc. Las cantó de memoria –el atril solamente le servía para recordarle el orden de las mismas– lo que no es fácil en estas piezas llenas de ironía y todo dicho en un envidiable francés. Fue una segunda parte muy personal y a mucho mejor nivel que la primera, con piezas poco conocidas para el gran público, con las que además el propio cantante se lo pasó bien.

Pero lo mejor llegó con una de las tres propinas, una extensa salmodia israelí con la que recordó el setenta y cinco aniversario de Auschwitz para la que no permitió el aplauso. Puso toda la carne en el asador, se emocionó y nos emocionó. Fue un gran colofón.