Prince, de buscar la guerrilla negra a ser carroña de testamento

El genial músico estadounidense falleció en un momento de metaforfosis artística y personal y dejó un proyecto de memorias en manos de un periodista desconocido y blanco, que tuvo acceso al maná de su enorme archivo y que formaba parte de su cruzada contra la industria

El 21 de abril se cumplirán cuatro años de la muerte de Prince por una «sobredosis accidental» de fentanilo tras consumir unas pastillas falsas de Vicodin. En sus últimos tiempos decía que cada vez le gustaba más dormir y soñar, pero no parecía deprimido ni atravesaba una fase oscura o suicida. Así lo atestigua Dan Pieppenbring, el que iba a ser el biógrafo del genio, y quien, aunque no pudo culminar su trabajo, sí alcanzó a ver desde un ángulo oblicuo la personalidad del creador de «Purple Rain». En esta suerte de memorias incompletas, el proceso de elaboración cobra importancia porque, sin saberlo sus protagonistas, cubre el arco de los últimos tres meses de vida del músico. El periodista que iba a ser el escritor «negro» es lo contrario que Prince. Un joven blanco de formación universitaria y completamente desconocido que compartió algunas charlas con la estrella pero que luego tuvo un privilegio: el acceso al gran maná, a las cajas fuertes y los insondables archivos del artista que se hunden como un yacimiento. El resultado es el libro «The Beautiful Ones» (Reservoir Books), cargado de imágenes inéditas.

Poseer los «masters»

El genio de Mineápolis falleció sin testamento y su sepelio se convirtió en una merienda de buitres. Familiares de toda lejanía reclamando su parte y amenazando con demandas. En los momentos postreros nadie hacía caso a las memorias que tanto importaban al cantante justo antes de fallecer. Pero, una vez que la gestión de su legado fue cosa de servicios financieros y fondos de inversión (y del Comerica Bank para ser más concretos), el «producto» libresco resucitó como una nueva fuente de ingresos. Al fin y al cabo, el muerto al hoyo y el rico, ya se sabe, a los billetes.

Las memorias ilusionaban al músico, que imaginaba cada vez un libro más poderoso mientras eludía las citas con su biógrafo. Fueron juntos a conciertos, fiestas y hasta a una proyección privada de «Kung Fu Panda 3». Nada lejanamente escabroso. Prince le pagó un billete a Melbourne para luego evitar quedar con él en Australia. Hablaron poco aunque intensamente. Sobre la familia, su lucha racial, los recuerdos. Y especialmente sobre la cruzada de Prince contra la industria musical. Pensaba que explotaban a los artistas negros, le indignaba que se les promocionase para conquistar el mercado afroamericano y, una vez logrado, intentasen introducirles en el blanco. «A medida que nuestra conversación regresaba a las cadenas de distribución y a cuestiones de propiedad, comprendí que el conflicto que había tenido con Warner Bros seguía siendo uno de los traumas principales de su vida», señala Pippenbring.

Y es que, con la ayuda de su abogada, Prince había conseguido recuperar todos los «master» que tenía la discográfica de su obra, con lo que eran plenamente de su propiedad. Se sentía libre, y, de alguna manera, pensaba que esa era la mejor manera que tenía de luchar contra el racismo. «Los negros serían ricos si conservaran sus masters», solía decir sin ser marxista. Prince ensalzaba el hip hop y su manera de transformar las palabras de los blancos en un lenguaje que ellos eran incapaces de comprender y se afanaban en imitar. «Me recordó que Miles Davis solo creía en dos categorías de pensamiento: la verdad y el desprecio de la verdad por parte de los blancos». Y mantuvo estos principios hasta en el último proyecto antes de morir: sus memorias se iban a publicar con una cláusula insólita. Prince podría retirar el libro del mercado en cualquier momento que sintiera que «ya no le representaba» pagando una compensación por ello, claro.

Manual de guerrilla

Prince quería escribir el libro musical más grande de la historia. Ambicionaba todo. Tenía que ser una biografía, una especie de manual de ayuda para gente brillante envuelto en su propia experiencia. Pero en el fondo soñaba con hacer un volumen de guerrilla del artista negro. «Para que se den cuenta de la fuerza y las capacidades que tienen». Prince quería contar al lector, por ejemplo, los mismos hechos que han vuelto a la actualidad por ser los que inspiran la serie «Watchmen» de HBO. En Tulsa (Oklahoma), a comienzos del siglo XX, la comunidad negra encontró la prosperidad y sufrió una masacre por el odio blanco. También estaba inspirado, pero en sentido contrario, por «El manantial», novela de Ayn Rand que recientemente se ha vuelto a traducir al español y que es una oda al liberalismo. Prince creía que el ensimismamiento de los artistas negros era su condena y que debían buscar un espíritu de comunidad. Y quería hacer de sus memorias un manifiesto.

Era un hombre complejo y de opiniones cambiantes. Tan contradictorio que aseguraba no vivir en el pasado y, sin embargo, guardaba con celo de archivero miles de documentos sobre sí mismo aunque, eso sí, en completo desorden cronológico. Hay algunos recuerdos íntimos en el libro que ha aparecido, como su primer beso, que sucedió jugando «a las casitas» con 5 o 6 años. Desde muy joven sintió atraccción por el sexo opuesto, pero su padre nunca tuvo con él la «conversación» sobre el tema: le llevó junto a sus amigos a ver una película no apta para menores.

Todo lo que piensas

Pieppenbring describe el acceso a los sótanos y bodegas de Paisley Park, la residencia de Prince, como si de la tumba de Tutankamon se tratase. «Había maravillas en cada rincón. Prince había conservado gran parte de su proceso creativo en ámbar, o en su equivalente en púrpura. Había apuntes y notas garabateadas en sobres, en el dorso de recibos o en hojas de papel de hoteles remotos. Por todas partes había copias y hojas de contactos con sus fotos. Enormes maletas con ruedas y con el nombre de Peter Bravestrong (el seudónimo que Prince utilizaba para registrarse en hoteles) (…)», escribe el periodista, que se encontró, en el inmenso dormitorio blanco, una pintada: «Todo Lo Q Piensas Es Verdad». Pieppenbring solo pudo estar de acuerdo con la frase mientras, durante meses, estudió más de 5.200 documentos de todo tipo (audios, fotografías, textos...), entre ellos, cuadernos de recuerdos y las páginas, una treintena, que había dejado hechas para sus memorias.

También hay reflexiones en torno a su trabajo y sus canciones: «Más que con el sexo, mis canciones tienen que ver con el amor de un ser humano por otro, lo que es mucho más profundo que cualquier cosa política sobre la que se pueda escribir. Me temo que estas cosas no siempre están a la vista. Creo que mi problema es que mi actitud es tan sexual que eclipsa todo lo demás, y que quizá no madure lo suficiente como letrista como para sacarlo todo». Y sobre su intimidad: «Mucha gente piensa que sexualmente soy un salvaje. Puede ocurrir que un día cualquiera a las dos del mediodía alguien te llame desde una cabina telefónica para hacerte una proposición extraña».

LA MEMORIA CELULAR

Algunos de los temas principales de la vida de Prince tienen que ver con la relación de sus padres. El cantante admiraba a ambos y su separación le dolió profudamente. Tanto, que tenía la teoría de la memoria celular, según la cual su cuerpo cargaba con las cicatrices emocionales que sus padres se habína infligido mutuamente. “He estado pensando en la estructura del libro y creo que sería genial que tu voz fuera científica y se basara en hechos, que hicieras preguntas, pero también que presentaras los hechos relacionados con la memoria celular. Mientras, yo escribiré sobre mi vida, la música y la vida de la calle”, le dijo Prince a su biógrafo.