Instantes fugaces del mejor Wagner

El Teatro Real presenta “La valquiria”, con dirección musical de Pablo Heras-Casado y escénica de Robert Carsen

“La valquiria”, de Richard Wagner. Voces: Stuart Skelton, René Pape, Tomasz Konieczny, Adrianne Pieczonka, Ricarda Merbeth, Daniela Sindran, Julie Davies, Samantha Crawford, Sandra Ferrández, Bernadett Fodor, Daniela Köhler, Heike Grötzinger, Marifé Nogales, Rosie Aldridge. Orquesta Sinfónica. Director musical: Pablo Heras-Casado. Director de escena: Robert Carsen. Escenógrafo y figurinista: Patrick Kinmonth. Producción de la Ópera de Colonia. Teatro Real, Madrid, 12-II- 2020.

Llega al Teatro Real la primera jornada de «El Anillo» wagneriano, inaugurado con el «Prólogo» que es «El oro del Rin» el pasado año: «La valkiria», segunda ópera del ciclo más famoso de la historia del género, probablemente la partitura más lograda de las cuatro desde los puntos de vista literario y musical, la que resume de la mejor manera las tesis del autor sobre la obra de arte total, la que denota un mayor salto cualitativo en la búsqueda y consecución de un lenguaje que ya se apuntaba en sus óperas anteriores, especialmente, claro, en la que sirve de pórtico. Estamos ante un prodigio de equilibrio, compacta construcción, admirable dosificación y manejo de tensiones y climas, con un modélico uso del «leitmotiv» o motivo conductor y su hábil regulación dramática. El concepto tiempo empieza a entenderse desde aquí de otra manera.

La concepción escénica de Robert Carsen priva a la obra de buena parte de sus significados, de su dimensión mítica, de su proyección emocional en busca de una aproximación más bien a ras de tierra en la que todo transcurre en una época más o menos actual, en un paisaje desolado –excepto la primera parte del segundo acto, que se sitúa en el lujoso palacio de Wotan, ataviado aquí como un oficial bien provisto de galones–, en donde Hunding, conectado con el poder, es al parecer un traficante de armas. Nieva abundantemente en muchas ocasiones, incluso al principio del bellísimo canto a la primavera. Hay, claro es, numerosas incongruencias, tan habituales en las puestas en escena de hoy, y Carsen tampoco escapa a esta ya instituida costumbre.

Una bata amarronada

Con una escena semejante, que de pronto aparezca una espada medieval extraída de un tronco caído, no debe chocar. Como que Sieglinde sea un miembro más del clan de malhechores o que Brünnhilde en ningún momento parezca una guerrera: ella y sus hermanas sí que deberían serlo según Wagner. Llevan todas por único atavío una especie de bata amarronada y enormes melenas postizas. No hay que negar, sin embargo, que algunas secuencias están bien resueltas, como la de todo el extenso dúo entre Brünnhilde y Siegmund, en medio de un paisaje inhóspito, con un jeep averiado como único enser. Excelente iluminación de Manfred Voss, que supo envolver asimismo el final de la ópera en una muy evocadora atmósfera, lo que en cierto modo contrarresta la dudosa solución prevista para el castigo de la Walkiria, tumbada a ras del suelo nevado, con unas llamas al fondo. Aunque eso quizá sea lo de menos.

Con todo lo dicho, muchos de los aspectos más definitorios de la obra quedan orillados a partir de una observación desde un ángulo más bien materialista. Claro que está la música, la gran música del mejor Wagner, y ésta tuvo una muy plausible realización. Hay que empezar por el buen trabajo de Pablo Heras-Casado, que logró algunos instantes de excelente plasmación sonora, así todo el desarrollo del segundo cuadro del segundo acto, con un análisis detallado y adecuadamente labrado del extenso dúo Brünnhilde-Siegmund, donde los planos quedaron bien reproducidos y la prestación orquestal brilló a buen nivel. Como lo hizo en la parte final del dúo de cierre y en el remate de la ópera.

Siniestro Hunding

En general a la mano rectora le faltó clarificar planos en los agitados y complejos comienzo y cierre del primer acto, por ejemplo, y templar ataques para conseguir una reproducción menos agreste y cortante de tantos pasajes, en los que los timbres no aparecen controlados para evitar sonoridades poco reconfortantes, en las que participó una bien engrasada orquesta (con las seis arpas prescritas). Buen trabajo necesitado de depuración que, sin embargo, sirvió para obtener en general el tono adecuado en el acompañamiento de las voces y conversar con ellas. Fueron las mejores con diferencia las de Adrianne Pieczonka, una Sieglinde en su sitio, con buena delineación de su solo «Du bist der Lenz», recreado gracias a una voz bien puesta de soprano lírica con arrestos, y la de Stuart Kelton, un Siegmund valiente, de timbre algo nasal de lírico ancho, de emisión bien proyectada, con un sol natural y un la bemol agudo excelentemente colocados, lo que le dio la posibilidad de lanzar por todo lo alto sin problemas las famosas llamadas: «Wälse, Wälse!».

A Ricarda Merbeth le falta dimensión, amplitud en centro y graves, donde la voz –que no es la de una soprano dramática– se estrecha y vibra feamente, con diminutos pero apreciables golpes de glotis. Va bien arriba, hasta el do sin problemas, pero el sonido sale en exceso abierto y desabrido, a veces casi en un grito. Canta con la cabeza totalmente echada hacia atrás, lo que propicia ese efecto nada agradable. Tomasz Konieczny posee un buen caudal de barítono, no de bajo-barítono, lo que le priva de dimensión para un Wotan en condiciones. El timbre es poco grato, metálico y un tanto engolado, pero tiene extensión y es buen actor. René Pape prestó su solidez en un siniestro Hunding, pero su voz de bajo cantante ha perdido buena parte de su antiguo lustre. Un tanto descolorida la de Daniela Sindran, una mezzo de escasa proyección, pero que actuó con mucha propiedad actoral. Buen nivel el de las walkirias, ocho cantantes bien adiestradas, con dos españolas entre ellas. Buen éxito general y muchos aplausos al final de la representación.