Farinelli resucita en la Zarzuela

A día de hoy, es una obra desconocida, no existen grabaciones de un título de Tomás Bretón que se estrenó en 1902 en el Teatro Lírico e «inexplicablemente, dicen los expertos, no pasó a formar parte del repertorio. El coliseo de la calle Jovellanos recupera, en versión concierto, una obra que nadie vivo ha escuchado

Igual que las ruinas de Machu Picchu quedaron engullidas por la selva peruana, ocultando durante años lo que fueron las residencias de Pachacútec, el «Farinelli» de Tomás Bretón desapareció tras ser estrenada en el extinto Teatro Lírico de Madrid. Ni rastro de ella hasta ahora, rescatada por la Zarzuela con una versión libre de la dramaturga María Velasco y de la mano de un Guillermo García Calvo que no sale de su asombro: «Descubrir esta ópera es cambiarme los esquemas de la música española. Un “shock”. Una obra comparable a cualquier otra europea. Una partitura con momentos que deberían estar en todas las antologías...». Se deshace en elogios el director musical de la Zarzuela (desde el 1 de enero) hacia una partitura que ha estado olvidada durante más de un siglo y ante la que García Calvo se pregunta «cuál fue esa selva que se la comió», dice, a la vez que le ha hecho reflexionar «sobre lo poco que nos conocemos».

«Nadie [vivo] la ha escuchado», zanja el recién renovado director del recinto de la calle Jovellanos, Daniel Bianco, que valora esta programación como parte del compromiso de la Zarzuela de «preservar, recuperar, revisar y difundir» el patrimonio lírico español. De ahí la relevancia de dos fechas que dejarán constancia con una grabación (de la que se encargará Radio Clásica) inexistente hasta ahora. «Creemos que conocemos a todos nuestros compositores, pero lo que vemos no es más que la punta del iceberg. Por eso, como profesionales del teatro, tenemos la obligación de darlo a conocer», reconoce la mezzosoprano Nancy Fabiola Herrera, Beatriz dentro de un reparto compuesto por la también mezzosoprano Maite Beaumont (Farinelli) y los barítonos Rodrigo Esteves (Jorge) y David Menéndez (Doctor), además de Emilio Gutiérrez Caba, en el papel de narrador de la historia: «Para los actores, la música es parte de nuestra vida, aunque no cantemos. Somos primos hermanos», reconoce.

Recuperar «Farinelli» (en versión de concierto, de la Orcam, los días 15 y 17 de febrero) es cumplir parte de un sueño del compositor: no ser recordado en exclusiva por «La verbena de la Paloma», pero también es volver a esa España de finales del XIX y principios del XX, cuando la ópera era un asunto trascendental. Desde la Restauración alfonsina, 1874, la gran producción de zarzuela no hizo cejar en el empeño de crear una ópera nacional que compitiese con la creación europea.

Ambiente efervescente

Un ambiente de efervescencia en el que se construyó el mayor teatro que ha visto Madrid y en el que surgirían numerosas composiciones. Sin embargo, tanto uno como la mayor parte de las otras terminarían en el olvido. Escribe el musicólogo Emilio Casares Rodicio que hasta «700 óperas compuestas en España han bebido las negras aguas del Leteo. Decenas de ellas aplaudidas por el exigente público del ochocientos, y, esperando “eternamente” un milagro como el que sucede hoy en la Zarzuela, que actúa, una vez más, como un verdadero Teatro Nacional».

Pero para llegar hasta «Farinelli» hay que remontarse a diciembre de 1887, de cuando se conservan unas palabras de Bretón: «Solos ya Siguert [un escritor con el que había colaborado años antes] y yo, hablamos de ópera española y se me ocurrió un asunto que no puede ser ni más nuevo, original, musical, cómico y apropiado: ¡Farinelli”. Le encantó y propúsose buscar datos». Un mes después ya tenían el plan trazado y, en abril, «quedó arreglada, casi, la obra». Mas no iba a ser todo tan de corrido. Otros grandes dramas mantendrían ocupado al músico y el proyecto quedaría aparcado hasta 1901, fecha en la que regresa a él, aunque con Juan Antonio Cavestany de libretista (Siguert había fallecido en 1896). Recuerda Casares que Bretón había probado fortuna como libretista, pero que fue «bastante criticado. Quizá por ello acudió al escritor sevillano».

Fue la invitación de Ruperto Chapí como responsable artístico del Lírico lo que terminó de relanzar la ópera que finalizaría en septiembre de 1901 la primera versión para canto y piano, y dos meses más tarde, la partitura de la orquesta. «Es un misterio el porqué de la elección del tema –explica Casares –, lejos de los grandes dramas históricos o realistas que gustaban al Bretón operista. Es posible que Chapí influyera para que el salmantino, que acababa de tener el mayor éxito de la historia de la ópera con “La Dolores”, no incidiese en temas dramáticos, y, por otra parte, pensase que el público que asistía al Lírico no era exactamente el del Real, y prefiriese algo más ligero».

Los recuerdos del «Farinelli» que se vio hace más de un siglo, según recoge Casares, vienen de comentarios del crítico Roda y del también musicólogo Rafael Mitjana, que apuntaron cómo Cavestany partió de «unas “Memorias” de Farinelli, no publicadas aún» y de «elementos dramáticos de una novela de Scribe titulada “Carlos Broschi”, que junto a otros de su invención proporcionan no escaso número de situaciones musicales».

Se llegó así al estreno del 15 de mayo de 1902 en el que se abordó la desdicha del castrato por estar enamorado de una cantante, Elena Pieri (Beatriz, en la obra), con la que no se puede casar por ser su hermana. Un libreto que, en palabras de Casares, «se coloca al margen de lo que en aquellos momentos era la línea fundamental de nuestra ópera, dominada por el realismo literario, el verismo», un movimiento que pintaba la realidad tal y como era y describía las emociones primarias de los protagonistas. Todo lo contrario de este «Farinelli» que se alejaba de las preocupaciones de esa España. La ópera lo aborda (en un prólogo y tres actos) desde la ficción y ni siquiera se presenta como una gloria nacional. Aun así, García Calvo ha descubierto en la partitura dos estilos bien diferenciados de Bretón mediante los que reconstruye la época del protagonista, «con músicas del XVIII», y una música más wagneriana cuando se habla de las emociones. «Fue un gran observador de la psicología humana, como Galdós y Cela, pero descrita con música», cierra el director.

El teatro más grande de la capital
Si el «Farinelli» de Bretón suena a algo de otro tiempo, inexistente, lo mismo pasa con el lugar en el que se estrenó, el enorme Teatro Lírico de Madrid (situado en la calle del Márqués de la Ensenada). El momento que vivía la música a finales del siglo XIX obligó a las autoridades a construir un coliseo único en dimensiones hasta ahora en la capital con 2.900 butacas (casi todas con una visibilidad casi perfecta). El proyecto fue impulsado por el empresario Luciano Berritúa e inaugurado en 1902 como parte de la lucha contra el Teatro Real.