¿Qué pasará cuando no podamos reírnos de nosotros?

El comediante del Siglo de Oro Juan Rana protagoniza la vuelta de Ron Lalá a la Comedia con textos de varios autores que sirven a la compañía de Yayo Cáceres para indagar sobre los límites del humor

Ron Lalá es un acontecimiento en sí mismo. No hace falta que se suban al escenario para montar el «show» porque éste va con ellos. Hasta cuando venden un proyecto a las instituciones la «lían»: «Nunca había vivido una presentación así», se sorprende el director de la Compañía Nacional, Lluís Homar, «pero se veía que lo que estaban cociendo era seductor». Y con ese mismo «buenrollismo» que les caracteriza fue con el que presentaron ayer, en el «hall» del Teatro de la Comedia, su última vacilada, «Andanzas y entremeses de Juan Rana», montaje en el que ensalzan la figura de uno de los padres fundadores del humor español y que la compañía define como «una fiesta de piezas breves con música en directo. Una reflexión sobre los límites de la risa, además de un homenaje a su protagonista»: «Por valiente a Juan Rana/ prenderle quiere./ Eso es lo que se saca/ de ser valientes./ Ya es valiente Juan Rana/ téngale miedo/ para cuando las ranas/ tengan más pelo», cantan.

Célebres testigos

Los ronlaleros reúnen esta vez a la Inquisición para un juicio secreto que puede cambiar la historia. ¿El acusado? Cosme Pérez (Tudela de Duero, 1593-Madrid, 1672), conocido como Juan Rana, el comediante más célebre del Siglo de Oro. ¿Delito? Hacer reír al público de varias generaciones y retratar a la sociedad con su humor irreverente y burlesco. ¿Pruebas? Una selección de entremeses de Calderón, Moreto, Quiñones de Benavente... que tuvieron al actor como protagonista. ¿Testigos? Además de los autores, Bernarda Ramírez (inseparable compañera de Rana), Velázquez y algún miembro de la realeza. ¿Acusaciones? Blasfemia, desacato, provocación, herejía... ¿Posible condena? La hoguera.

Es Juan Rana el que está en el centro del proceso, pero a quienes realmente juzga la función son al humor y la risa, provocando, en palabras de Álvaro Tato, «la reflexión sobre sus límites, sus censuras y autocensuras y el papel de los comediantes de todas las épocas en la construcción de un discurso que cuestiona la moral, las costumbres y las ideas de cada tiempo». «Realizamos un trabajo de rescate e investigación de las obras breves y un homenaje a un actor casi olvidado. Nos preguntamos qué sucedería si no pudiéramos reírnos de nosotros y de las cosas de la vida. Hoy no podrían existir los Monty Python ni Gila. Igual que hablamos de la corrección política y de esta especie de ofensa social que flota en el aire en estos tiempos que corren», apunta un director, Yayo Cáceres, que se señala a sí mismo: «Probablemente el humor sea la única manera de soportar la vida y tenemos que empezar haciendo bromas de nosotros. Yo, de calvos y homosexuales, siendo las dos cosas» –«¿¡qué es calvo!?», bromea Miguel Magdalena ante la evidencia–.

Hacen bueno aquello atribuido a Molière de que «cuando el ser humano se ríe, abre la boca y la palabra se incrusta en el cerebro». El tribunal inquisitorial les vale para buscar el paralelismo con la corrección política de la actualidad: «Hoy somos más perversos si cabe porque los jueces somos nosotros. Ponemos el dedo en esos momentos en los que uno se muerde la lengua para no ofender», comenta Juan Cañas.

Pero más allá de la crítica, la propuesta de Álvaro Tato –como autor de la versión– es la de «una fiesta del entremés», puntualiza. Son estos los que componen el corpus mientras el verso clásico, que el propio Tato lleva en vena, forma la dramaturgia: «Proponemos un espectáculo con humor, canto y música en directo que recuerda a aquellas reuniones de piezas breves conocidas como “follas”, que tanto éxito tuvieron en la Corte de los Austrias [casa que protegió a Rana]; revivimos el espíritu festivo, disparatado y carnavalesco seleccionando algunas joyas del repertorio “juanranesco”», comenta el autor.

Esto no es un «biopic»

Pero advierten los chicos de Ron Lalá, «la pieza no es un “biopic”». Para eso hay que buscar en las enciclopedias. Allí saldrán las andanzas de un hombre que estuvo vinculado a las compañías de Antonio de Prado y Pedro de la Rosa, con las que conoció los corrales de comedias de Madrid, Sevilla y Córdoba, entre otras ciudades. Empezó como «figura de donaire», explica Tato, en comedias de Lope y Montalbán, pero pronto se especializó en dar vida a un único personaje: Juan Rana, «un hombre contrahecho, pero hecho contra el mal humor. Contra los esquemas que impedían la risa y contra los límites», define Cáceres. Estuvo en prisión por «sodomita», le acusaban, y a la semana interpretó un entremés sobre «los putos». «Rana es la memoria viva de la risa barroca, la quintaesencia de las paradojas artísticas, culturales y sociales que cristalizan en sonrisa, risa y carcajada sobre las tablas de los corrales de comedias y del Palacio del Buen Retiro –habla Tato–. A medias alcalde bobo en que se concentran todos los motivos populares, a medias bufón de la aristocracia en que se sublima la burla vertical sobre el villanaje...». Juan Rana brinda una visión única del Siglo de Oro, la de un tipo que se reía de todo.

Dónde: Teatro de la Comedia (calle del Príncipe, 14. Madrid).
Cuándo: desde hoy hasta el 8 de marzo.
Cuánto: 25€.