Cultura

El adiós de Leo Nucci con tortilla de Betanzos

Muy poco cuajada. Así es la tortilla de Betanzos, con fama en todo el orbe. Cuando el barítono Leo Nucci cantó en 2014 en La Coruña y después probó el manjar betanceiro ya no volvió, dicen, a ser el mismo. Don Santiago, que así se llama el pater de esta ciudad gallega, le ofreció su casa, es decir, la ciudad, para despedirse de su carrera en España. «¿Y el caché?», le inquirió el sacerdote, un poco preocupado de tratar con un cantante de los que hacen historia. Lo haría gratis. Bueno, gratis, gratis, no. Lean. Le abrió la iglesia conventual de San Francisco para que dijera «addio». Imagínense lo que es fácil suponer: la llenó. Hasta la bandera. «Retírate en Betanzos, Leo», le retó sabiendo que tenía la partida ganada de antemano. Y Leo cogió el guante, y la montó.

Se celebraban los fastos del 800 aniversario de su fundación y no se podía pedir un broche mejor. Como se quedó tanta gente sin poder entrar al templo (si hubiera habido tres iglesias las habría llenado, y si me apuran, cuatro, parece que el cura soltaba con un indisimulado orgullo) la alcaldesa, en un alarde tecnológico que merece un aplauso, optó por utilizar la vía del «streaming» para que nadie se quedara sin escuchar al artista a tiempo real. Los bares estaban como si se retransmitiera el Clásico. Es lo que tienen la cultura y un gigante como el señor Nucci, un hombre habituado a los mejores teatros del mundo durante su dilatadísima carrera y que decidió, quién sabe si por la tortilla (peso, desde luego, tuvo, ése fue su «caché»), cerrar en Betanzos su despedida en España. Dice tanto de este artista...

Después de «La traviata» (donde dio vida al padre de Alfredo, Giorgio), de «Don Carlo», de «Cavalleria rusticana», de «Thais», de Rigoletto (el último aquí, la última vez que se transfiguraba en el inmortal jorobado, padre también, que será para siempre) llegó la salva de aplausos. Para él y una soprano moldava que vive desde hace años en La Coruña y que fue una revelación, Clara Jelihovshi Panas se llama. Y tras los vítores, la cena. Al lado de su esposa, inseparable Adriana, Nucci solo tenía ojos para la tortilla sin cuajar apenas. Tenía en su mesa, no habría más de 9 o diez comensales, tres platos, y se hizo con un cuarto. «Deje, déjela aquí», le decía al camarero.

Tiene la receta, se la ha grabado a fuego y en su pueblo, en Castiglione, la cocina como si estuviera en las rías altas gallegas. La alcaldesa le había regalado por la efeméride de la ciudad una pieza de Sargadelos y él había estampado su firma en el Libro de Honor de Betanzos, pero lo que Nucci deseaba degustar sin tiempo ni medida era una tortilla de las de allí. Aún se escuchan lo aplausos, que retumbaran, según quienes tuvieron el privilegio de poder escucharle, para siempre. Un honor que un artista de talla inmensa haya dicho hasta siempre en una ciudad como la gallega. ¿Se imaginan que Plácido Domingo, cuando llegue el día, lo hiciera, pongamos por caso, en el bello pueblo conquense de Puebla de Almenara, por citar un lugar en las antípodas de La Scala, La Ópera de Viena, el Met o el Teatro Real? Ahí lo dejamos.