Gardoqui, el español que suministraba armas a Estados Unidos durante la Guerra de Independencia

Es uno de nuestros personajes olvidados de nuestro pasado y su contribución fue esencial para que triunfaran las Trece Colonias

¿Quién podría arriesgarse a suministrar armas a Estados Unidos durante la Guerra de Independencia? Pues un español y en concreto uno de Bilbao: Diego María Gardoqui y Arriquibar. Su nombre no trae a la memoria el eco de relatos bélicos, pero fue el primer embajador español en aquel país, secretario de Estado, Secretario interino de Hacienda y contrabandista de harina entre Filadelfia, España y Cuba, que de todo lo anterior es lo que de antemano resulta más apasionante. Pertenece a esa extensa plana de grandes personajes que existen en nuestra historia y que pocos recuerdan, a pesar de que llegó a entrevistarse con el mismo Napoleón. La semblanza que sobrevive de él es la de un hombre inteligente, como suele ocurrir siempre con los hijos intermedios (era el cuarto de ocho hermanos), y que disfrutaba de un enorme sentido de la oportunidad, que es el talento requerido para triunfar en los negocios.

Nació en 1735 en el seno de una familia que poseía una próspera firma comercial que mantenía lazos desde los inicios con Inglaterra. Al cumplir los catorce años, lo enviaron a trabajar a Londres para un comerciante, George Harley. De él aprendió la taumaturgia que rige en las empresas internacionales y a convertir pírricos beneficios en cuantiosas sumas, que es lo que diferencia a un tendero de un empresario. Durante su estancia aprendió inglés, pero de verdad, con la erudición que se supone en un estudiante de Oxford y la soltura de un marinero de Portsmouth. Luego entregó su lealtad a las colonias americanas, que es lo que le sucede a tantos después de residir varios meses en las costas de Albión.

Gardoqui comprendió muy bien que una guerra no está hecha para vender salazones, a pesar de que se codeaba con familiaridad con la llamada «aristocracia del bacalao» de Nueva Inglaterra. La perspectiva de emancipación de los territorios americanos de su metrópolis, le hizo ver enseguida un paisaje más amplio. Cuando en febrero de 1775 recibió la solicitud de Jeremiah Lee, un viejo conocido, para que enviara armas, sostuvo un pulso entre la moral, el riesgo y el capital. Ganó esto último, como era de prever, y pasó una provisión de armas pertenecientes al ejército español. Lo hizo a espaldas del Gobierno de España, que mantenía esa clase de neutralidad que le impedía ver las actividades de contrabando relacionadas con aquel conflicto de ultramar. La partida se distribuyó en junio de 1775 en Massachussets, donde se habían producido los primeros choques entre patriotas (americanos) y lealistas (partidarios de Gran Bretaña). El cargamento se distribuyó inmediatamente para alegría de unos y consternación de los casacas rojas.

Balas, pólvora y dinero

La participación española a favor de las Trece Colonias pertenece a esos capítulos olvidados del pasado. A las naciones recientes les gusta asentarse sobre mitos fundadores y «destinos manifiestos». Las dependencias exteriores maridan mal con las ideas anteriores. A la potencia que hoy en día cuenta con «séptimas» flotas en cada mar del planeta le debe picar el orgullo cuando se acuerda de que el 90 por ciento de las armas que usaron para dejar de ser súbditos de Gran Bretaña procedían de Francia y nuestro país. La historia proporciona estas pequeñas satisfacciones. España apoyó a los EE. UU con 30.000 mosquetes, otras tantas bayonetas y uniformes, más de 50.000 balas, alrededor de 300.000 libras de pólvora, lo que da para celebrar muchos días de la independencia, por no mencionar el número de granadas y los cientos de cañones. Aportó una suma de 1.000 millones de dólares actuales (hagan la cuenta de lo que suponía entonces) y dejó como legado un regalo inesperado: el real de ocho, la moneda española corriente por entonces, fue tomada como referencia para el dólar americano (incluido también su símbolo, «$»: las dos barras hacen referencia a las columnas de Hércules de Gibraltar y la «S» es la referencia al peso, que es como se conocía al real).

Todos los pertrechos anteriores partían de Bilbao, que se convirtió en un puerto franco para estas actividades. El alma que sostenía abierto vivo el abastecimiento era Gardoqui. Él hizo de traductor entre Arthur Lee, representante de los rebeldes, y los del Gobierno español en el encuentro que sostuvieron en Burgos en 1777. A partir de esa reunión, Gardoqui, que tenía una fortuna valorada en 50 millones de dólares actuales (cantidad que había aumentando con el tráfico de pañuelos de seda con Salem) ya no volvería a afrontar esos gastos solo ni tendría que asumir con los fondos de su compañía (José Gardoqui e Hijos) los riesgos de esas operaciones. Su fidelidad y simpatía por la causa americana fue reconocida por George Washington y fue invitado por él a presenciar su nombramiento como primer presidente de EEUU, y, por tanto, al alumbramiento de aquella nación, que, entonces, tenía la capital en Nueva York. Estuvo sentado en la primera fila, entre los representantes del nuevo gobierno. Cuando George Washington leyó en alto el juramento, sus palabras fueron respaldadas con quince salvas procedente del único navío de guerra extranjero que había en el puerto: el bergantín español Galveztown. Ese momento, que sería homenajeado y permanecería en la memoria, y hasta se le dedicarían películas, aquí, sin embargo, no merece más atención que el óxido y el hollín.

Una mula española

George Washington era un hombre de múltiples caras y preocupaciones. Algunas insospechadas. Por ejemplo, una de sus preocupaciones era buscar burros andaluces para sus propiedades. Y no es ninguna broma. El animal español gozaba de una fama insospechaba, que cruzaba fronteras y océanos. Una leyenda cimentada en ser una montura dura y fuerte. Y George Washington, un político con ojo para las cosas mundanas, quería cruzar semejante bestia con sus yeguas. Carlos III decidió cumplir con semejante solicitud y dar satisfacción a un deseo a primera vista tan sencillo. Gardoqui en persona se encargó de que recibiera esos ejemplares. Al viaje solo sobrevivió uno (lo que no melló en absoluto su reputación, todo sea dicho). El superviviente, al menos, dio la talla y procreó de lo lindo. Sus descendientes se alzaron con el título ostentosos de encarnar un tipo nuevo de mula y se reprodujeron con inusual rapidez. Se les dio el nombre de mamut americano y su leyenda hizo que su demanda creciera de manera exponencial. La paradoja de esta historia es que al final más de un millón de estos especímenes se enviaron a Europa durante la Primera Guerra Mundial. Es fácil ver fotografías de ellas con las siglas «US» grabadas en la piel.

Bibliografía:

Hermanos de armas (Desperta Ferro), de Larrie D. Ferreiro.

Bajo dos banderas: relatos de España en la Guerra de Independencia de Estados Unidos. VV. AA. (Zenda)

Una película:

El último Mohicano (1992), de Michael Mann