“Days”: sencillamente, sin palabras

Tsai Ming-Liang presenta su nuevo y conmovedor filme en una Berlinale que otorgó el Oso de Oro honorífico a Helen Mirren

Honorary Golden Bear - Photocall - 70th Berlin Film Festival
CLEMENS BILANEFE

Helen Mirren, que ayer recibía el Oso de Oro honorífico a toda su carrera, parecía ajena al otro gran acontecimiento de la jornada de ayer en la Berlinale. Siete años después de haberse retirado del cine de ficción con “Stray Dogs”, que ganó el Gran Premio del Jurado en la Mostra de Venecia, Tsai Ming-Liang ha regresado a la Berlinale con “Days”, otro de sus monumentos dedicado al tiempo, la soledad urbana y la intimidad. Era uno de los nombres más esperados de la competición: significaba su regreso, por la puerta grande, a los circuitos oficiales festivaleros, que, por otro lado, el cineasta malayo afincado en Taiwán no ha dejado de frecuentar con cortometrajes, instalaciones artísticas, proyectos de realidad virtual y documentales (el más brillante, “Your Face”).

Hay algo extraordinariamente conmovedor en “Days”: más allá de la simplicidad de su planteamiento -la soledad de dos hombres predestinada a encontrarse en un momento epifánico, para luego separarse para siempre-, representa la culminación de un estilo, que había encontrado su más radical expresión en “Stray Dogs” (a saber: con un plano de catorce minutos de dos personajes mirando estáticos una pared desconchada, hasta la aparición de las lágrimas en sus rostros), y el reencuentro con su actor fetiche y musa incombustible, Lee Kang-Sheng, al que lleva filmando desde su primera película, “Rebels of the Neon God”, de 1992.

En “Afternoon”, documental que registra una larga conversación entre Ming-Liang y Kang-Sheng, el director de “The Hole” lo confiesa con franqueza: “Sería feliz solo filmándote mientras caminas”. “Days” empieza con un plano largo de Lee Kang-Sheng mirando por la ventana, mientras no para de llover (el agua, siempre presente en el cine del autor d “The River”) y el viento agita las hojas de los árboles.

¿Qué hay detrás del tiempo?

¿Qué se puede descubrir en el plano de un rostro que dura cinco, seis, siete minutos? Es una pregunta que se hace toda la obra de Ming-Liang: qué hay detrás del tiempo, de la duración, qué queda entonces de la condición humana. Da la impresión, al menos para este crítico, que en ese empecinamiento de la cámara, en ese acto de resistencia, hay un homenaje a la vida, una forma de acompañar a las personas que solo el cine puede darnos. Por eso, cuando vemos el rostro y el cuerpo de Lee Kang-Sheng a los 52 años, reconocemos no solo su historia filmada en tantas otras películas de Tsai Ming-Liang, sino al propio Ming-Liang burlando a esa soledad que cala tan hondo en sus películas. Por eso, quizás, uno de los planos más bellos de la historia del cine es el de la mujer que llora en “Vive l’amour”, su segundo filme.

La película se estructura según planos alternos de Lee Kang-Sheng y de Anong Houngheuangsy en situaciones cotidianas -dándose un baño, haciéndose la comida o sometiéndose a un tratamiento de acupuntura- hasta que se encuentran en la habitación de un hotel de Bangkok como cliente y masajista. Un masaje en tiempo real -y con final feliz- que es mucho más que un intercambio sexual: es el momento en que dos soledades se convierten en cuerpo, y de esa energía se desprende una empatía, una comunión, una complicidad que no tienen nada que ver con el orgasmo.

Es entonces cuando entiendes la cartela con que arranca “Days”: “Esta película está intencionadamente sin subtitular”. Y aunque hay poco diálogo que traducir, las palabras sobran porque son los cuerpos los que hablan. Por eso el gesto que funciona como epílogo a ese encuentro, en el que aparecen una cajita de música y el tema principal de “Candilejas” de Chaplin, es tan valioso y tan emocionante. En “Days” es innecesario cualquier intercambio verbal, porque el lenguaje del cine, al menos para Tsai Ming-Liang, es un lenguaje de los cuerpos y los afectos.

La resistencia como arte de Irene Gutiérrez
“Quería recuperar la Historia a través de los cuerpos, y no de la palabra”. En sintonía con Tsai Ming-Liang, la española Irene Gutiérrez define así el dispositivo que pone en marcha “Entre perro y lobo”, que se presentaba en la sección Forum. Tres veteranos de la guerra de Angola se reúnen en la cubana Sierra Maestra para reinterpretar su pasado como si fueran protagonistas de una película bélica. “La palabra puede deformar o mentir, pero el cuerpo no”, explica Gutiérrez. “Estábamos filmando desde el kilómetro cero de la revolución cubana. Volviendo a los entrenamientos reactivábamos sus recuerdos, haciendo esa performance podíamos conectar otra vez con su experiencia, no de una manera historicista sino desde lo íntimo. Hay una frase del diario de campaña de José Martí que dice: “Subir lomas hermana a los hombres”. Y así fue: en el transcurso del camino se fue construyendo la película, entre todos”. ¿De dónde le viene a Gutiérrez ese interés por la revolución cubana y, por extensión, de lo que ella denomina “el arte como resistencia”? “Viví mucho tiempo en Cuba, estudié y di clase en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, y los hombres que trabajaban allí, los que tenían de 50 a 65 años, todos habían participado en la guerra de Angola. Era una cuestión generacional, y ese espíritu revolucionario sigue vivo, al menos desde los que viven en Sierra Maestra. Sienten que esa tierra es soberana gracias a la obra del socialismo. Me parecía hermoso hacer un homenaje a algo que se acaba. Estos hombres pusieron su individualidad por debajo de un proyecto común y esa forma de estar en el mundo ya no existe”.