Las fotos de la Guerra Civil que Capa robó a Gerda Taro

El Museo Reina Sofía acoge una muestra que rescata el papel activo de la mujer durante la Guerra Civil al tiempo que intenta resaltar la importancia de su carácter profesional

En el número quince de un ejemplar de la revista «Umbral» fechado en octubre de 1937, tan solo un año después de que se produjera el golpe de estado militar contra el Gobierno de la Segunda República, aparecen las arrugas del rostro de una anciana que sonríe con un pañuelo negro fuertemente anudado a las canas de su pelo cansado. A esas marcas en la piel que el paso del tiempo ha otorgado la categoría de inmortales le acompaña el siguiente texto: «Esta anciana es nuestra España. En su risa, cara a la historia, comienza el resurgir del pueblo universal. Fuente de vida es. El fascismo no podrá destruir el júbilo creador de la tierra. La juventud española responde a una consigna: defendamos la risa de nuestra “vieja”».

La imagen que ilustra la publicación la firma la fotógrafa Kati Horna y tiene lugar en algún rincón de Valencia. Esta retratista húngara, mexicana de adopción, realizó en París sus primeros reportajes y decidió empaparse de las novedades del Surrealismo para poco después acudir a España y cubrir –con el encargo de las Oficinas de Propaganda Exterior de la CNT– un acontecimiento histórico como la Guerra Civil, que al igual que el movimiento vanguardista en el que se había estado iniciando como profesional, se manifestaba bastante partidario de lo absurdo. En una pared contigua a la enmarcación de la portada de la revista, se advierte otro retrato. Esta vez son las facciones joviales de un miliciano quienes sostienen un gesto de felicidad envidiable. Su boca espera abierta e impaciente a que el vino tinto que guarda la frasca que sostiene con su mano se derrame de forma precipitada y en mitad de un ligero embriague ocurrido en el descanso de la lucha, sea capaz de olvidarse que hay que volver al frente a saludar con timidez a la muerte.

Un miliciano bebiendo de un porrón.
Un miliciano bebiendo de un porrón.

No es casualidad que detrás de la cámara que inmortaliza esta costumbrista escena para el recuerdo del conflicto se encuentre una Leica sostenida por las manos de otra fotógrafa. De una judía represaliada por la Alemania Nazi como Gerda Taro que vino a España como reportera exiliada por su militancia antifascista cuya atracción, fascinación y repulsión por los horrores de una guerra entre hermanos sirvió para nutrir uno de los periodos profesionales más fascinantes de toda su carrera. La fotografía de «Miliciano, frente de Aragón» conforma junto con otras dos instantáneas de episodios en el frente republicano el monto total de imágenes erróneamente atribuidas a su pareja, el también fotógrafo Robert Cappa.

Tras la elaboración de un exhaustivo trabajo por parte del International Center of Photography en colaboración con el Reina Sofía de identificación y atribución de los negativos encontrados en la llamada «Maleta mexicana» (que agrupaba el trabajo llevado a cabo por Taro, Cappa y Chim), se ha concluido que dichas fotografías son, en efecto, de Gerda.

Un material que junto con la obra de Horna, constituye algunos de los elementos más relevantes que forman parte de la nueva sala de la Colección del Museo Reina Sofía. El título de este nuevo espacio ubicado en la segunda planta del edificio Sabatini, «Frente y retaguardia: Mujeres en la Guerra Civil», responde a una necesidad social de rescatar y señalar el papel activo de la mujer durante el periodo bélico al tiempo que intenta resaltar la importancia del carácter profesional que tuvieron tanto en el frente como en la retaguardia y la conversión que propiciaron todas ellas de disciplinas creativas como la fotografía o el arte en instrumentos políticos.

Supervivencia cotidiana

Activistas, milicianas, artistas, intelectuales y trabajadoras. Mujeres que en definitiva formaron parte de la construcción de una resistencia civil y una supervivencia cotidiana cuya diferencia de arquetipo se explicita bien en las dos partes de la sala; por un lado, el rol de la mujer dentro del bando republicano y por otro, la imaginería y publicaciones que se hacían desde el bando franquista. Mientras que desde la izquierda intentaron impulsar y fomentar la autonomía y la libertad individual a través de la creación de revistas como «Mujeres libres» en las que la propia Kari Horna participó y cuyo objetivo principal era «liberar a la mujer de su triple esclavitud: de ignorancia, de mujer y de productora», los materiales que se muestra en la zona del bando nacional tienen que ver con todos esos ideales de abnegación religiosa, maternidad, y absurdo sacrificio que de forma tan ilustrativa refleja una colección de postales «Mujeres de la Falange» que incluye fotos de José Compté. Concha Calvo, jefa de Fotografía del Departamento de Colecciones del Museo Reina Sofía, ha resaltado en la presentación del espacio «la importancia que tuvieron las publicaciones escritas en la proyección de estas fotógrafas. Revistas como “Umbral”, “Weekly Illustrated” o “Regards”. De hecho en el caso de Gerda Taro, “Regards” fue la primera revista que la pagó de manera oficial por su trabajo». Resulta curioso sin embargo que los nombres de fotógrafas con una producción sobre la Guerra Civil tan extensa, variada y personal hayan estado tan silenciados históricamente o en el peor de los casos, como el de Gerda, ensombrecidos y eclipsados por el de su pareja.

Es por eso que esta muestra, coincidiendo con la celebración del 8 de marzo, pero sin ser en ningún caso detonante exclusivo de la misma, incluye también carteles, publicaciones, postales y hasta un cortometraje documental escrito y dirigido por Mauricio A. Sollín dedicado a «todas las mujeres trabajadoras» titulado «La mujer y la guerra».

Al hilo de este carácter reivindicativo, Ana Longoni, directora de Actividades Públicas del Reina Sofía ha matizado: «Este museo está integrado fundamentalmente por trabajadoras mujeres y me gustaría destacar lo feliz que eso me hace. En ese sentido, la revuelta feminista en el museo quiere enmarcarse justamente en un contexto internacional y local que desborda completamente al museo. Esta sala no es una efeméride en torno al 8M, sino que forma parte de un hacer cotidiano y sostenido que pretende quedarse entre estas paredes». En mitad de esa España sitiada por la guerra, devastada por la violencia y aquejada de tristeza hubo una mujer que utilizó su cámara para expresar el inconformismo de sus ideas y materializar la inquietud de sus manos. Ahora, tres fotos del conflicto nos remiten a la resistencia y a reivindicación de una historia, la nuestra, que todavía sigue formando parte del álbum colectivo de la memoria del pueblo.

Robert Cappa y Gerda Taro
Robert Cappa y Gerda TaroEFE

La construcción del mito

«Gerda me presenta a todos los editores y además escribe artículos. Nunca antes en mi vida había sido tan feliz. Ahora a Gerda y a mí solo podrían separarnos a tiros», reconocía un joven Endre Ernö Friedman con la candidez que precede al desconocimiento, sin ser consciente aún del trágico destino que le depararía el destino a su amor y sin vaticinar que no sería una bala, sino un tanque, lo que acabaría con la vida de Gerda. Que Robert Cappa y Gerda Taro (en la imagen) estuvieran enamorados, no invalida el hecho de que juntos, aprendieran a construir un personaje comercial que terminaría absorbiéndoles. Ese personaje fue Cappa, cuyo nombre sacaron del cineasta Frank Capra que acababa de ganar un Oscar en ese momento por «Sucedió una noche». Antes de demostrar su talento, Robert supo vender que lo tenía y en esa estrategia ciertamente inteligente encontró en Gerda a la aliada perfecta para llevarlo a cabo. Fueron muchas las puertas a las que tuvo que llamar la fotógrafa alemana para que el nombre de Cappa comenzara a resonar en las publicaciones de la época. Y sin embargo fueron pocos, los reconocimientos que ella en términos profesionales acabaría obteniendo.