Peste Negra: la epidemia más letal de la Historia

Siempre ha venido de Asia y su aparición en el siglo XIV le costó la vida nada menos que a cien millones de personas a lo largo de Europa y Asia. Su nombre es sinónimo de muerte y representa en la cultura popular, mejor que cualquier otra enfermedad, el fin del mundo o de una época

El caballero se alza digno ante el oscuro segador y, en un combate quintaesencial, se dispone a sentarse al juego de ajedrez. Así desafía el caballero por última vez a la muerte en la celebérrima escena de «El séptimo sello» de Ingmar Bergman, que ha quedado para siempre asociada al hierático y ya añorado Max von Sydow. El título de este filme clásico, como es sabido, hace alusión a un famoso pasaje del libro del Apocalipsis, el canónico de Juan, que menciona ese «séptimo sello» que, roto por el Cordero, abrirá el «silencio de Dios». Es quizá la más sugerente y recordada escena fílmica sobre la Muerte Negra medieval en un juego de ajedrez que aparecía por primera vez en Occidente en varias fuentes y cantares desde los siglos X-XII –como el estupendo «Ruodlieb»–, dando una espeluznante visión de la eterna partida que atañe a la vida y la muerte.

Más allá de la extinción individual está el viejo leitmotiv mítico de la catástrofe apocalíptica que está más de moda que nunca en estos días nuestros. En efecto, hay un mito que no cesa y es el del ocaso, la destrucción de la raza humana, merced a un desastre, un diluvio, una pandemia, en definitiva, un inevitable castigo divino que viene a asolar la humanidad. Algo así debieron pensar probablemente durante la peor de la historia: la llamada Peste Negra. La peste simboliza bien a ese encapuchado segador del filme de Bergman, con la imagen arquetípica del juego y la posterior «Danza de la muerte»: esa figura, entre «trickster» oscuro y hábil jugador, ganará indefectiblemente la última partida.

La peste

La segunda gran pandemia de peste que asoló Europa en el siglo XIV, época crucial para el desarrollo de las mentalidades en Occidente, supuso una terrible conmoción que dejó acaso la más honda huella cultural de nuestra historia. Pero esa peste hunde sus raíces a los comienzos de la Edad Media y en concreto durante el siglo sexto. Es la llamada primera gran pandemia o «peste de Justiniano», que destrozó el mundo tardoantiguo y del temprano medievo extendiéndose como un reguero en la época del famoso emperador bizantino que reconquistó el Mediterráneo occidental de manos de ostrogodos y vándalos. La plaga comenzó en el año 541 y afectó terriblemente al Imperio bizantino y a su rival, la Persia sasánida.

Su estallido coincidió con una crisis climática sin precedentes, una llamada «pequeña edad de hielo de la Antigüedad tardía», con una grave crisis económica y una oleada de migraciones provocadas por los movimientos de los pueblos germánicos y turcomanos por toda la cuenca del Mediterráneo. Aquella peste cambió el mundo del temprano medievo para siempre y dejó huellas directas hasta el siglo VIII e indirectas hasta llegar a la gran muerte negra del siglo XIV, pues fue probablemente la misma bacteria la responsable en un estallido acaso menos mortífero, pero mucho más duradero.

La historia se repite

Sorprende la actualidad de esta coincidencia de una crisis climática, económica, pandémica y migratoria. Y no solo esto: también hubo hambrunas y disturbios, crisis espiritual y conflictos religiosos. Por ejemplo, hay que pensar que un verano como el del 532 inauguró la década del desastre: nevó en agosto en Constantinopla –fue un verano inusual también en Sudamérica y Asia Central- y coincidió en el año de uno de los más cruentos disturbios civiles de la historia, la famosa revuelta de Nika, que acabó con la masacre de 30.000 civiles.

Pero el origen de la peste de Justiniano, primera pandemia provocada por la bacteria de la peste bubónica, la Yersinia pestis, parece que se sitúa en Asia Central. Cabe remontarse incluso al siglo II, al batir de alas de mariposa desde las llanuras de la lejana China que precipitó las migraciones de pueblos de la antigüedad tardía que acabarían provocando las invasiones bárbaras que hicieron caer a Roma. Pero, aunque se han encontrado, a juzgar por los análisis genéticos de restos humanos, estos precedentes de la Yersinia pestis, existe cierto consenso entre los historiadores en situar la plaga de Justiniano como el primer ejemplo históricamente comprobable de la enfermedad.

Hay que aducir las descripciones sintomáticas en las fuentes, como el historiador Procopio, que, pese a basarse en el lejano ejemplo literario de la descripción moral de la peste de Atenas por Tucídides, presenta un cuadro clínico que apunta a la peste bubónica. La enfermedad llegó desde Egipto, granero del imperio, a Constantinopla, populosa y hacinada capital, con el abastecimiento de grano, con barcos y ratas. Procopio sitúa los primeros casos en Egipto, quizá provenientes de Oriente, y habla de su extensión por diversas partes del Imperio, desde la capital hasta Siria.

Un imperio con pies de barro

La gran interconexión del Imperio Bizantino, que había reconquistado Italia, Cartago y el sur de España, hizo de la peste una variable a tener en cuenta en el tablero político de la época, que debilitó notablemente la economía del imperio e hizo que sus logros tuvieran pies de barro. La enfermedad aparece de forma intermitente en el alto medievo en el centro y norte de Europa, pero, por su gran virulencia y mortalidad, sin duda su segundo estallido será más recordado, la Gran Peste Negra de 1347-1353, que pudo acabar con unas 100 millones de personas entre Europa y Asia.

La segunda pandemia de esta bacteria también se originó probablemente en el Asia Central y se transmitió a través de la Ruta de la Seda hasta la región de Ucrania y el mundo bizantino. Las vías de entrada se sitúan en el tráfico terrestre y marítimo internacional que unía China y Constantinopla y, desde ahí, se extendía en redes navales por toda Europa a través de las repúblicas italianas, notablemente Venecia, que ostentaban el cuasimonopolio del comercio con Oriente a mediados del siglo XIV. Debemos hablar también, como en el VI, de movimientos de población y de anomalías climáticas: hay un llamado «Período cálido medieval» que dura desde el siglo X al XIV, tras el que vendrá otra «pequeña edad de hielo». En todo caso, la pandemia fue terrorífica: los cálculos varían, pero se estima que pudo reducir la población europea desde un tercio a la mitad. La gran peste se extendió por el continente desde el Este al Oeste como una oleada, cayendo sobre Italia y llegando a asolar en España, con especial virulencia, desde Navarra a Castilla.

Su influencia cultural, que hemos evocado al principio con la partida arquetípica de ajedrez con el segador y con la danza de la muerte, es quizá lo más apasionante: pensemos por ejemplo en el «Decamerón» de Boccaccio, fruto literario de la cuarentena de unos jóvenes que huyen de la peste en Florencia, o en el viejo motivo de «La muerte y la doncella», relacionado con esa macabra danza medieval. Las visiones de la peste nos llaman a la reflexión sobre nuestra extinción, que llevamos ya impresa en la conciencia: nos lo recuerda la contraposición de la efímera y bella joven con el esquelético segador que transita por la pintura alemana hasta llegar el famoso Lied y el cuarteto de Schubert, inspirados en un poema de Matthias Claudius. La vieja danza de la muerte, la inevitable pandemia del oscuro segador, es un viejo motivo de eterno retorno.

Apocalipsis, una idea recurrente en la historia

Un motivo recurrente de toda mitología es la catástrofe cíclica que extingue la humanidad: las que asolaron las razas humanas con nombres de metales en Hesíodo, en un imparable declive, o las que se suceden en la «Bhagavad Gita» hasta nuestra edad de Kali, de violencia y solicitud, son dos ejemplos. Hay diversos diluvios, desde el bíblico al de Deucalión, que arrasan a la humanidad para que sea fundada de nuevo sobre otros cimientos éticos. O acaso es una peste inenarrable que contamina a los pecadores como castigo de Dios. Son esquemas míticos persistentes en la historia de la cultura que vuelven a interesarnos. Pienso en la insistencia de nuestras ficciones actuales sobre apocalipsis posmodernas. Estos hablan de una extinción definitiva –más parecida al Ragnarok germánico que al tiempo circular de los antiguos– o de un apagón inexorable –que en nuestro mundo tecnológico se asimila también al informático– o del silencio, no ya de Dios sino de la cultura humana evaporada para siempre. Las ficciones del cine y las series de televisión sobre zombis o robots de inteligencia artificial exterminadora así lo apuntan: hoy se insiste en el fin definitivo, no en el cambio de ciclo para una nueva humanidad purificada, como en la tradición mítica.