Lucía Bosé, muerte de una diva

Es historia de dos países: de la Italia que la encuadró dentro de las «maggiorate» y, por supuesto, de España, donde, además de su arte, formó uno de los matrimonios más sonados del pasado siglo junto al torero Luis Miguel Dominguín. La actriz fue reuniendo una destacada filmografía con sus trabajos a las órdenes de Fellini, De Santis, Buñuel, Antonioni y Juan Antonio Bardem, entre otros. Su hijo Miguel Bosé confirmaba ayer la noticia: «Ya está en el mejor de los sitios»

Ha muerto la «mamma». España solo ha tenido una italiana y fue Lucía Bosé. Triunfó en el cine italiano con Michelangelo Antonioni durante su primera etapa neorrealista y con Luciano Emmer gracias a varias comedias ligeras de chicas modernas que buscan un amor. En «Las muchachas de la Plaza de España» (1952) interpretaba a una de esas tres jóvenes que trabajan de costureras en una casa de modas y comen enfrente, sentadas en las escalinatas de la plaza, junto a la fuente barcaza de Bernini, soñando con el amor. El filme conoció el éxito popular y dio origen a la moda de la comedia rosa de chicas en busca de una relación romántica: «Creemos en el amor» (1954), «Las chicas de la Cruz Roja» (1959) y «El día de los enamorados» (1960) utilizaron dicho recurso.

Lucía Bosé había nacido en Milán en 1931 con el nombre de Lucia Borlani. Su belleza un tanto etérea, de rostro infantil y amplia sonrisa, aunque triste, destacó en los anuales concursos de mises italianas, donde triunfaron la mayoría de las «maggiorata» del cine realizado en aquel país de posguerra. A los dieciséis años ganó Miss Italia 1947, sobresaliendo por encima de futuras estrellas del cine internacional: Gianna Maria Canale, Gina Lollobrigida, Silvana Mangano y Eleonora Rossi Drago. Mientras fantaseaba con triunfar en el cine, Borlani trabajaba en la pastelería Galli de Milán, donde la descubrió Luchino Visconti: «Usted podría ser un animal cinematográfico». Y, aunque nunca trabajaron juntos, fue su musa más querida.

Lucía Bosé, con su languidez andrógina y altivez mitteleuropea, fue en sus inicios encuadrada dentro de las «maggiorate» de senos desmesurados, amplias caderas y cintura de avispa. Superó la prueba para interpretar a la protagonista de «Arroz amargo» (1949), pero sus padres no le permitieron interpretar a la campesina que planta ese cereal, papel que acabó lanzando al estrellato a Silvana Mangano; sin embargo, no se opusieron a que interviniera en la siguiente película de Giuseppe De Santis, «Non c’è pace tra gli ulivi» (1950), que incurría en los mismos lugares comunes: joven pueblerina inmersa en una drama rural trágico.

Sombreros y joyas

Su sino cambió ese mismo año con Michelangelo Antonioni, que la rescató de las garras del costumbrismo para protagonizar personajes burgueses dramáticos donde podía lucir espectaculares trajes de noche, sombreros, visones y joyas que realzaban su elegancia natural y le dieron el aura de diva del cine. Por esa imagen la escogió Juan Antonio Bardem para interpretar en «Muerte de un ciclista» (1955) a esa aburrida burguesa española que mata a un ciclista sin querer tras verla en «Crónica de una mujer» (1950).

A raíz del filme «Era lei che lo voleva!» (1953) se enamoró del galán cómico Walter Chiari, con quien mantuvo un largo noviazgo hasta que conoció en España al torero Luis Miguel Dominguín, con quien se casó en 1955 después de una apasionada historia de amorreflejada en las revistas. Ambos hombres eran reconocidos donjuanes y tuvieron todo tipo de amantes famosas. Chiari estuvo con Elsa Martinelli, Lucía Bosé y la cantante Mina, y Dominguín conquistó a Lana Turner, Rita Hayworth y Lauren Bacall, y mantuvo un tempestuoso idilio con Ava Gardner, con la que rompió al enamorarse de Bosé.

En 2017, en una entrevista en la televisión para el espacio «Domenica in» de Mara Venier, dijo de Dominguín: «Si faceva tutte le puttane» –que en italiano suena tan mal como en español–. «Me traicionó desde el primer día de matrimonio». Reconoció que no era celosa, pero el acoso al torero era delirante: «Se las encontraba por todas partes, en el armario, bajo la cama, y me decía: “¿Qué quieres que haga?”. Lo he amado, me lo dio todo. Nadie puede amar más. ¿Quién no es un cornudo?».

A Lucía Bosé se la sigue conociendo en Italia como «le ragazze di Piazza di Spagna». Para ella el cine siempre fue una parte de su vida, pero tras la boda y su separación de Dominguín en 1967 prefirió dedicarse a la familia. De su único matrimonio tuvo tres hijos: Miguel, Lucía y Paola, pasando de ser la mujer del diestro a convertirse en la madre de Miguel Bosé. Su vida con Dominguín fue de portada de revista. Ernest Hemingway era uno de sus más fieles seguidores, con quien mantuvo una larga amistad. Picasso tenía una pésima opinión de Luis Miguel, a quien consideraba un torero «chic». Los presentó Jean Cocteau cuando toreaba en Nimes y cada vez que volvía a las plazas de Vallauris o Arles solía llevarle agua de España, que bebía en el botijo de la cuadrilla. Luego le dedicaba el toro y lanzando la montera decía: «Va por ti, Picasso». El matrimonio Dominguín y el pintor, padrino de su hija Paola, mantuvieron una amistad de más 16 años, hasta la conflictiva ruptura matrimonial. Picasso tomó partido por Lucía al enterarse de la relación de Dominguín con su prima Mariví y no quiso volver a verlo. Lucía y sus hijos solían visitarlo a menudo en la villa Californie, donde vivía con Jacqueline Roque, y luego en el castillo de Vauvenargues.

En sus memorias, «Fragmentos de Lucía Bosé», escrito por Roberto Liberatori, cuenta su primer encuentro con Luis Miguel. Le pareció una persona prepotente, pero se enamoró de él al descubrir su lado más tierno. Recuerda su relación con Franco y cuenta el día que le dio plantón. Como no quería levantarse a las seis para oír misa, se quedó en la cama pensando que Franco no la echaría de menos. Pero, al no verla, preguntó por ella. Luis Miguel corrió al dormitorio, la levantó, le puso un abrigo y la llevó hasta la capilla. «Luego, durante la misa, de vez en cuando hacía palidecer al torero abriéndome el abrigo deliberadamente para que se viera que iba en camisón».

Capital del «artisteo»

Tras la separación del «torero», como solía llamar a Luis Miguel, Lucía Bosé se volcó en sus dos facetas preferidas: la familia y sus hijos. Instalada en el chalet familiar de Somosaguas, escribía poemas, pintaba y recibía a actores, cantantes y artistas, algunos en ciernes. Por su casa pasaron Juan Pardo y Camilo Sesto; Raphael y Natalia Figueroa; Tino Casal y Francisco Nieva; Ginés Liévana y Serrat; Luis Eduardo Aute y Luis Racionero, recientemente fallecido, con quien mantuvo una larga amistad. Con él se fue una temporada a vivir a su masía del Ampurdán hasta que la vida los separó. Los último años los dedicó a su Museo de los Ángeles, instalado en una fábrica de harinas en el municipio de Turégano, Segovia. Gracias a su pelo azul se sentía más cerca del cielo.