Más Aute, por favor

Cálido, tranquilo, humorístico sin gesticulaciones, orientado siempre a la bondad del arte contemplativo. Ganaba en la distancia corta, y eso es bastante en un personaje de su talla. Se va a los 76 años uno de los mayores referentes de la canción de autor española, un tipo que con sus diferentes influencias supo encontrar su camino con una originalísima forma de componer

Foto: Alberto R. Roldan

Es frecuente el caso del aficionado musical que, cuándo tiene la oportunidad de tratar a un ídolo, queda decepcionado de su talla como ser humano. Al conocer a Luis Eduardo Aute seguías saboreando su extensísima producción, pero sucedía casi exactamente lo contrario. Ganaba en la distancia corta. Cálido, tranquilo, humorístico sin gesticulaciones, orientado siempre a la bondad del arte contemplativo, acrecentaba al conocerlo su talla como persona. Su carácter atemperado tenía que ver con una experiencia infantil desarrollada en lugares muy diferentes y de orígenes diversos. Nació en el año 1943 en Filipinas. Su padre era catalán, hijo de andaluces y trabajaba allí en la Compañía de Tabacos. En los cincuenta volvieron a Barcelona y luego se instalaron en Madrid. Podía expresarse en inglés, tagalo, catalán, castellano y algo de francés. Desde niño se interesó por pintura, poesía, música y cine.

No fue por casualidad que la primera vez que se subió a un escenario, muy pequeño, fuera para cantar «Les Feuilles mortes», de Jacques Prévert. Su más fuerte vocación fue la pintura, a la que dedicó la mayor parte de sus esfuerzos. Pero, inquieto con todas las experiencias estéticas, se encontró además con que la naturaleza le había dotado con una voz grave y sugerente, estilo Leonard Cohen, un regalo para cualquier autor-compositor-intérprete. Había ya hecho sus primeras exposiciones cuando su padre le regalo una guitarra y, mientras empezaba sus estudios universitarios, fue seducido como todos los jóvenes de su época por el rock’n’roll. Formó parte de Los Sonor y otros grupos del incipiente beat madrileño, cantando canciones de Elvis Presley. Pero la pintura y un trabajo en el cine lo llevaron a Paris, donde asistió al fenómeno de los cantautores de la Rive Gauche. La mentalidad de ese movimiento se centraba en sencilla música popular, humor, compasión por los humildes, poesía y la crítica frontal de los intereses burgueses. Con ese equipaje (repleto de Brassens y Brel) volvió a España y escribió canciones a la vez que rodaba sus primeros cortometrajes. El productor musical Juan Carlos Calderón le animó a que las grabara y una de ellas, «Aleluya nº 1», fue éxito internacional. En la década de los sesenta, Aute se convirtió en una rara avis del negocio musical: el único cantautor a quien las discográficas se pirraban por grabarle, pero que en los contratos las obligaba a especificar que no se subiría a tocar a un escenario. Por encima de todo se seguía sintiendo pintor.

Se me perdonará la coquetería de incluir en un perfil biográfico los propios recuerdos personales, pero explican cuan alargada es la sombra de la figura de Aute. En el año 1976, con quince años, yo viajaba con mis padres en el clásico Seat 600 de la época hacia unas vacaciones en Asturias. Siempre le preguntaba a mi madre por qué las canciones de la radio solo contaban historias de amor y, en ese momento, sonó por el receptor del coche «Adiós, Inés de Ulloa». Era una sátira de Aute a costa de la revolución portuguesa de los claveles. Ahí estaba la respuesta y la demostración de que las cosas podían hacerse de otra manera.

La sátira fue muy importante para Aute y donde mejor lo plasmó fue en la parte lúdica de su obra musical. El humor erótico encontraba ahí su mejor acomodo en una figura que, de entrada, parecía melancólica. No lo era. Como ejemplo de ello, valga otro recuerdo personal: en la década de los ochenta coincidimos con él en un festival en Mallorca cuando yo tocaba en Loquillo y los Trogloditas. Era el momento de mayor tirón entre las chicas de nuestro grupo de rock y siempre intentábamos aprovecharlo; éramos jóvenes, presentables y decididos. En lo musical tuvimos gran éxito, pero en el otro sentido Aute nos arrasó. Su altura, su tranquila apostura, giraban todas las cabezas isleñas. Nunca habíamos visto nada igual y no comprendíamos que el atractivo de su madurez se impusiera a nuestra frescura juvenil.

En pintura, cine y poesía se caracterizó por un código estético insobornable, siempre orientado a la experimentación y la exploración. La suerte fue que se rozara con el mundo de la música popular, porque nos dejó un legado de piezas mucho más accesibles que ayudan a comprender lo poliédrico de su genio. Su contribución siempre era animosa, sincera y generosa, aunque reconocía estar un poco desconectado de los asuntos de este mundo. Se reía cuando le recordabas el papel que hizo en una curiosa película de Pedro Olea de 1967 («Días de viejo color») donde interpretaba a un francés que cantaba canciones en ese idioma por los bares de Torremolinos. Luis Mendo con sus «Suburbano» consiguió por fin subirlo normalmente a un escenario. Sin Aute, la música popular en este país no hubiera sido en ningún modo la misma.