Historia

La cruzada de Federico Barbarroja: “¡Oh mar, oh tierra, oh cielo!”

La conquista de Jerusalén a manos de Saladino en 1187 empujó al Occidente cristiano a la Tercera Cruzada. Uno de sus protagonistas sería Federico Barbarroja

Duelo entre caballeros cruzados e infieles, miniatura del siglo XII
Duelo entre caballeros cruzados e infieles, miniatura del siglo XII FOTO: http://jnul.huji.ac.il/dl/maps/jer/html/gallery.html;http://www-histecon.kings.cam.ac.uk/research/cs/index.htm;http://maps-of-jerusalem.huji.ac.il/html/jer424.htm

Federico Barbarroja, hijo del duque de Suabia y sobrino del rey Conrado III, era aún joven cuando tomó la cruz en Espira en la Navidad de 1146 y se comprometió a participar en la cruzada de su real tío. La empresa comenzó en mayo de 1147, pocas semanas después de que Federico se convirtiera en duque de Suabia tras la muerte de su padre. En un punto ya tardío de su vida volvería a abrazar el ideal de cruzada. Para entonces, ocupaba el trono del Imperio desde 1152. Antes de la Navidad de 1188 aquellos que se habían decidido a participar en la cruzada recibieron un llamamiento para acudir a Ratisbona, desde donde comenzaría la empresa.

La expedición militar hasta Tierra Santa por la ruta terrestre se preparó a conciencia. Pieza clave eran los acuerdos con los serbios, los bizantinos y los selyúcidas, pues solo así se podría asegurar que el camino por tierra pudiera recorrerse sin impedimentos. Especialmente importantes eran las promesas de avituallamiento del ejército, así como la garantía de paso franco, pacífico, algo que también interesaba, y mucho, a las regiones que habrían de ser atravesadas por el ejército.

Morra, cayado y espada

Desde Ratisbona, el camino transcurría por la ruta del Danubio. En el plazo de una semana se alcanzó Viena, y en Gran, el rey húngaro Bela III recibiría al emperador con todos los honores. El 29 de junio de 1189 llegaron a Belgrado, donde el número de combatientes ya había crecido hasta 50. 000. Algo más abajo siguiendo el curso del río, se descargaron los barcos que habían transportado el bagaje hasta entonces, para seguir por tierra por territorio bizantino, quienes mantendrían su casi nula disposición a apoyar la empresa cruzada, a pesar de los acuerdos a los que se habían comprometido tiempo atrás.

La tensión entre ambos emperadores no se relajaría hasta marzo de 1190, cuando finalmente pudo cruzar el Helesponto y poner pie en Anatolia. A partir ese momento el ejército fue topándose con territorios más y más complicados de atravesar, zonas montañosas en las regiones fronterizas con los dominios de los turcos selyúcidas en las que a menudo hallaban las poblaciones destruidas. Durante los últimos días de abril los cruzados comenzaron a sufrir el hostigamiento de los turcos. Unos días después, al cruzar el paso de Miriocéfalo a través de zonas inhóspitas, los cruzados empezaron a padecer hambre ostensiblemente. El lunes antes de Pentecostés (el 7 de mayo), tras una lucha continua contra sus asaltantes, el ejército alcanzó la ciudad de Philomelion. Allí se encontraba un verdadero ejército selyúcida, pero su ataque pudo ser rechazado. Al hambre y a los ataques turcos vino a sumarse ahora la sed. El martes después de Pentecostés, el 15 de mayo, se encontró finalmente agua, pero las penas no habían acabado aún, y la amenaza selyúcida solo se conjuraría con la toma de la capital del sultán, Konya.

De ahí pasaron a otro dominio, esta vez uno cristiano: el de los armenios. Tras un tramo difícil de recorrer, el príncipe armenio de Sibilia recibió al emperador con todos los honores y garantizó el abastecimiento correspondiente. El emperador Staufen aún estaba a la altura de los enormes esfuerzos que exigía el viaje, a pesar de su avanzada edad (contaba 78 años). Según una fuente de la época, Barbarroja se habría «arrojado como un león contra los enemigos» en los combates de Konya. Durante el subsiguiente trayecto a través de las montañas siguiendo el río Göksu, el ejército cruzado fue incapaz de conservar el orden de marcha mantenido de forma estricta en la mayoría de ocasiones: ahora cada cual trataba de dirigirse en dirección a la costa.

El propio emperador siguió el consejo de los nativos y evitó el camino a través de las montañas para seguir de cerca la orilla del río. En la mañana del domingo 10 de junio tomó el desayuno a la orilla del Göksu, en ese momento a unos ocho kilómetros al noroeste de Silifke. Probablemente celebrara la santa misa allí. Meterse en las aguas del río para refrescarse, que se encontraban a muy baja temperatura, fue una decisión fatal. El Staufen se ahogó sin haber alcanzado Tierra Santa. La conmoción de sus contemporáneos fue inmensa, incluso un autor inglés, en su crónica sobre la muerte de Barbarroja, llegó a añadir la exclamación: «¡Oh, mar, oh, tierra, oh cielo!».

Para saber más:

“La tercera cruzada”, Antigua y medieval, N.º 58, 68 páginas, 7 euros

La tercera cruzada

El doble cataclismo que supuso la derrota de las huestes cristianas en la batalla de Hattin y la conquista de Jerusalén por Saladino (julio y octubre de 1187, respectivamente), provocó una consternación tal en toda la cristiandad que, al poco, tres de los monarcas más poderosos del momento se ciñeron las lorigas y se encaminaron hacia Tierra Santa con la intención de reconquistar los Santos Lugares. Fueron dos reyes, Ricardo Corazón de León, de Inglaterra, y Felipe Augusto, de Francia, y un emperador, Federico I Barbarroja. Así comenzó lo que hoy denominamos la Tercera Cruzada o Cruzada de los Reyes.
La gesta protagonizada por Barbarroja y sus huestes es sin duda merecedora de una atención detallada, tanto por su ingente tamaño (en torno a 50.000 hombres) como por el larguísimo recorrido por tierra: desde Ratisbona, a través de los Balcanes, Bizancio y la Anatolia selyúcida, un viaje plagado de peligros y batallas campales. El destino quiso, sin embargo, que todo fuera en vano. Cerca de alcanzar el Levante, el 10 de junio de 1190 el emperador pereció ahogado en las aguas del río Goksu, en Cilicia. Las vísceras se enterraron en Tarso; en Antioquía se sometió a los restos al tratamiento típico según el mos teutonicus: se cocieron y se enterraron las partes blandas en San Pedro; y el esqueleto se transportó durante el resto del camino, seguramente con la intención de que encontrara su última morada en Tierra Santa.