Juan Pablo II, una figura clave en la caída del comunismo

El viaje a su Polonia natal en 1979 marcó a un pueblo en el que los católicos vivían bajo la opresión y el temor de un régimen totalitario

Juan Pablo II hizo historia al convertirse en el primer pontífice no romano que ocupaba la silla de Pedro, exactamente el sucesor número 263. Dirigió la Iglesia Católica durante más de un cuarto de siglo y marcó un antes y un después en la Historia ya que contribuyó a la caída del comunismo. Karol Wojtyla nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice, cerca de Cracovia (Polonia), en el seno de una familia modesta. Perdió a su madre cuando apenas tenía nueve años, y tres más tarde, a su hermano mayor de una epidemia de escarlatina en 1932.

Para ayudar a su familia trabajó en una mina de sosa mientras que seguía con sus estudios secundarios y universitarios. Después, durante la Segunda Guerra Mundial, formó parte de un grupo de teatro clandestino y terminó sus estudios de seminarista. El deporte era una de sus grandes pasiones. Fue ordenado sacerdote en 1946 y se convirtió en obispo de Cracovia en 1964, participó en el II Concilio Vaticano (1962-1965) y fue nombrado cardenal en 1967.

Durante su pontificado, Juan Pablo II se dedicó a viajar por todo el mundo, realizando un centenar de desplazamientos al extranjero y jugó un papel importante en el desmoronamiento de los regímenes comunistas de la Europa del Este a finales de los años 80.

El Arzobispo polaco Szczepan Wesoly, persona muy cercana a Wojtyla, ha comentado lo que el pontífice pensaba del comunismo: “Juan Pablo II vivía ya el sistema, y en una conversación privada dijo que el comunismo no tiene nada más que decir, ni en filosofía, economía, sociología, ni en los otros planes de actividad. Solo que se sentía protegido por la armada rusa, que tenía al pueblo bajo su control. Juan Pablo II sabía que este sistema estaba muerto, por eso, su primer mensaje cuando fue elegido Papa fue’’ no tengan miedo. Porque el sistema militar trabajaba con el miedo, la gente tenía pánico a decir algo, e ir a la cárcel o ser perseguidos y asesinados. El Papa conocía bien cómo funcionaba y de lo que hablaba”.

En 1979 viajó Wojtyla a Polonia, un país donde en aquel momento los católicos eran perseguidos. Recuerda cómo fue aquel encuentro: “La acogida como se pueden imaginar fue grandísima, y es la primera vez que en este sistema, después de 40 años, alguien dijo en público: ‘’Nadie puede quitar a Cristo de la vida de una nación ni de la sociedad’. Y estas palabras crearon un espíritu de acción, era necesario no guardar silencio. Lo dijo con mucha fuerza, y se veía en él una forma de actuar distinta con los comunistas que le querían eliminar”.

Religiosos en las cárceles

Era consciente de que en las cárceles polacas abundaban los religiosos. Y que, a pesar de la fiera represión de las autoridades los fieles seguían llenando las iglesias. Sacerdotes y monjas estaban fichados por la policía por temor a que durante sus homilías y charlas a los jóvenes pudieran transmitirles “pensamientos subversivos”.

El Papa que llegó del Este se convirtió en el primer Pontífice católico que viajó a un país de la Europa Oriental desde la Guerra Fría. Fue recibido en el aeropuerto por el jefe del Estado polaco, Henryk Jablonski; por el cardenal primado de Polonia, Stefan Wyszynski, y los obispos de las diócesis de Polonia. Sus palabras resonaron y calaron en los corazones de los más de 200.000 fieles que abarrotaban la plaza Victoria, en Varsovia: “No puedo quedarme en el Vaticano como un prisionero", dijo.

El trayecto, entendido como preparativos hasta poner el pie en su país, en un ansiado regreso, no había sido nada sencillo. El papa deseaba regresar desde el comienzo de su pontificado. En 1979 pudo haberlo realidad, aunque la oposición comunista a la llegada fue muy intensa, sobre todo por parte de Moscú, que veía como “un peligro verdadero” la presencia del papa eslavo en Polonia. Los servicios secretos se organizaron meticulosamente para controlar cada centímetro de la estancia. Se trataba de neutralizar el fenómeno, algo imposible en un pueblo que había perdido el miedo a hablar y que rezaba ya en voz alta.

Los mensajes de Juan Pablo II fueron contundentes y directos, pero dentro de la diplomacia vaticana. Imposible ponerles un pero, tacharlos de que promovían a la sublevación. Sus palabras estaban medidas con cartabón. Y el éxito, a pesar de los impedimentos, prácticamente garantizado. Los polacos abrieron los ojos y los oídos. Y el papa tuvo mucho que ver en esa conversión.