Si quiere escribir una novela utilice el tarot

La ensayista Jessa Crispin propone una guía para hacer del método de adivinación un juego de inspiración.

Hacia el final de su vida Dalí diseñó una baraja con imágenes que le llegaban en sueños junto a iconografía romana y cristiana

Demasiada gente acude al tarot con la actitud errónea, como si por pagar por la consulta igualmente se paga en el dentista las respuestas a los males florecieran tan fácilmente como se traga un brebaje o se enciende una vela milagrosa. Sin embargo, el tarot y su azar, de los que no haremos apología en este texto, han interesado a artistas y creadores tanto como a gente corriente durante los siglos como una ventana al poder de la autosugestión y el destino. Es más barato que la droga y menos peligroso, aunque se recomienda moderación, en su defecto, seguir el método que propone la ensayista Jessa Crispin (Kansas, 1978) en un libro recientemente editado en España, «El tarot creativo» (Alpha Decay), una guía que va más allá del por qué estoy tan solo y que pretende servir de inspiración, incluso de guía a escritores y artistas. Y que no es la típica bazofia esotérica sino que, muy al contrario, relaciona el mensaje y el poder de las cartas tanto con el «London Calling» de The Clash como con «El origen de las especies» de Darwin. En esta lectura veraniega ideal para echar el rato especulando sobre la vida y nuestro devenir, Crispin ofrece una guía para quien quiera adentrarse en este interesante mundo pero con enjundia y también un vademécum para desatascar a creadores, novelistas y compositores que no saben cómo avanzar.

El efímero As de Bastos

Después de un interesante prólogo en el que la autora explica el origen del tarot y su relación con él, Crispin nos ofrece una guía de (su) interpretación de las cartas pensada, siempre, para autores y autoras en apuros. Insistimos, esta no es la típica basura de corta y pega para adocenados y perdedores que esperan un milagro, sino que configura una guía para quien quiera salir del agujero, como dice el subtítulo del libro, «con inspiración». Para disfrutar de la creación y para crear. Un ejemplo perfecto lo encontramos en la definición, por ejemplo, del significado del As de Bastos, que se convierte en un mini ensayo literario. Según Crispin, es el «más efímero» de los ases, el que representa la excitación, la ira, esos estados difíciles de mantener en el tiempo. «Puede ser la sensación de posesión: que algo –una idea o a lo mejor otro ser– te ha invadido. La pregunta es la siguiente: ¿cómo trabajar así? Es difícil ponerse manos a la obra cuando tienes el pelo en llamas», dice la autora sobre la interpretación del naipe. Y continúa: «Deberíamos preguntarle a Santa Teresa de Jesús, que experimentaba visiones religiosas, visitas de Dios que le agitaban tanto el cuerpo como el espíritu». Crispin explica al lector que hay que transformar esa pulsión en un contenido, ya sea danza, escultura o filosofía como hizo la Santa: «Sus textos son una filosofía de la pasión», dice. Y finalmente recomienda tres «materiales»: «La morada», escrito por Teresa de Ávila en 1577, la escultura «Éxtasis de Santa Teresa», de Bernini, y «La condena», de Franz Kafka.

Y así, con cada naipe, la joven autora estadounidense, feminista, ensayista y editora, va desgranando el significado canónico y no tanto, poniéndolo en el espejo de Mozart, Ezra Pound, Van Gogh, Rilke, David Bowie, Marco Aurelio o John Coltrane. Algo así como que, cuanto más conocimiento y referentes tengamos, mejor comprenderemos las cartas. Y el mundo, claro. El volumen, editado en tapa dura para favorecer su consulta, desgrana significados y abre caminos. Andarlos ya es cuestión del lector del libro y de las cartas. «En cierto modo es como la diferencia entre alguien que te lee la mano por cinco dólares y un consejero espiritual. El primero te dirá lo que quieres oír. O que el motivo por el que no tienes pareja es que estás maldito y que debes comprarte una vela por 35 dólares o una guía de oraciones de 10 para no morir en soledad. Ese tipo de lecturas se aprovecha de las esperanzas y los miedos de la gente. En cambio, el consejero espiritual se centrará en por qué haces lo mismo una y otra vez de manera compulsiva y aportará claridad a tus miedos más oscuros, no para aprovecharse de ellos sino para ayudarte a ver lo que son de verdad», explica Crispin en el prólogo.

Y es que, más allá de las interpretaciones posibles que se abren al echar las cartas, este libro ofrece una «herramienta de exploración» que se puede aplicar al proceso creativo porque, según dice la tradición, los arcanos mayores y menores representan arquetipos que se pueden traducir en situaciones y dinámicas de cambio. Los palos de la baraja (que son, como en la española, oros, copas, espadas y bastos) y los números, tienen su propio significado. Existe una guía de tiradas y otra de lecturas de ellas. «Cuesta profundizar en tu psique, meter mano a lo que encuentras por ahí, coger ese caos y tratar de transformarlo en algo bello y útil», propone la autora.

El tarot surgió como lo conocemos en el siglo XVII, en paralelo con la aparición de algunas sectas misteriosas, según la autora porque, tras la reforma protestante y la eliminación del culto a las imágenes, se produjo un «enfriamiento» del culto. Se cambiaron el canto y el coro por los sermones y eso supuso que algunos fieles tuvieran la necesidad de volver a creer en el misterio, en algo mágico. La actual baraja de Tarot fue diseñada a finales del XIX en la Aurora Dorada, una especie de sociedad mística a la que pertenecía por ejemplo el poeta inglés William Butler Yeats y de la que también formó parte Aleister Crowley. A este lo echaron enseguida porque era, sencillamente, mala persona. Pero muy mala. El caso es que Arthur Edward White, miembro de esta hermandad y también con vínculos masones, decidió junto con la artista Pamela Colman Smith rediseñar la antigua baraja de origen veneciano de forma que aunase erudición y misterio, simbolismo y arte. Yeats escribió muchos de los poemas del final de su vida inspirado por el tarot y el espiritismo.

No fue el único: muchos artistas se han sentido inspirados o atraídos por las cartas del tarot a lo largo de los tiempos. Se dice que el buen lector de las cartas debe narrar una historia, que es la que los naipes revelan a través de sentimientos que mueven los relatos. Aunque, a veces, no son narraciones evidentes, sino simplemente un color o un tono, o una asociación similar que hay que descubrir según los dibujos de las figuras. En suma, hay que interpretarlas y eso es en sí mismo un trabajo creativo. Tras la extinción de la Aurora Dorada, el siglo XX y el surrealismo encajaron como anillo al dedo en el mundo del tarot. Como respuesta al sinsentido bélico de la sociedad de su tiempo, los dadaístas apartaron la razón, se obsesionaron con el despropósito, el sinsentido, la yuxtaposición y la incongruencia. Los surrealistas, por su lado, abrazaron el inconsciente, buscaban el arte que se guarda en los sueños. Sus obras estaban basadas en el símbolo: una imagen sencilla que tiene un gran impacto. En esencia, lo mismo que el tarot.

El abismo del inconsciente

Algunos artistas buscaron en el arte la conexión entre la luz de la razón y el abismo del inconsciente. Dalí, el más famoso de los surrealistas, se aficionó al tarot por influencia de Gala. Hacia el final de su vida, el pintor catalán se atrevió a rediseñar la baraja con imágenes que le llegaban en sueños junto a iconografía romana y cristiana y algunos paisajes insólitos y con dibujos alucinantes. Italo Calvino fue otro de los curiosos del método. De hecho, escribió lanzando las cartas su novela «El castillo de los destinos cruzados» (1973) en la que un grupo de viajeros pierde la voz misteriosamente. Logran reconstruir lo que les ha sucedido con las cartas de la misma manera que el escritor pudo ir construyendo el relato a través del poder de las imágenes en su subconsciente. Quizá pudiera sorprender al lector no avisado la cantidad de sucesos sorprendentes e inexplicables que surgen en la narración, como el hombre que trepa a un árbol y se niega a bajar o las ciudades construidas con palabras y sueños. Quien busque en este libro inspiración quizá la halle. Pero que ningún lector piense que encontrará respuestas que no estén ya, de alguna manera, en su interior. ¿Saben cuáles son las últimas palabras del libro, el consejo final? «Depende de ti».