Mick Jagger, cincuenta años de vanidad

Se cumple medio siglo de la formación de los Stones y coinciden en librerías un libro sobre la figura del “antipático” Jagger y una novela que rescata a Brian Jones

Mick Jagger y Keith Richards resumen en sus historias las energías opuestas que hacen girar el rock & roll desde hace ya medio siglo. Mientras Richards es un tipo excesivo, «auténtico», con la boca cargada de excesos verbales y que sigue teniendo la misma apariencia de pirata que hace medio siglo... Jagger se reconvirtió y trató de adaptarse a los nuevos tiempos de la música; tanto, que es Sir (Caballero) del Imperio Británico, lo último que un rockero de verdad podría asumir. Hoy, estos dos tipos que se consideraban hermanos no se hablan. De Richards conocemos su versión por sus corrosivas memorias («Vida»), y para interpretar el punto de vista de Jagger, puede que para empatizar algo con él, Mark Spitz recurre a todos los testigos, pero la lengua de los Stones no sale bien parada.

La historia viene de muy lejos. Ambos se criaron en familias de clase media y se embarcaron en la cruzada de «predicar el blues», esa música de negros, en Inglaterra. Mientras Jagger estudiaba en la London School of Echonomics, Richards apenas sabía valerse en el mundo real. Conocieron a Brian Jones y vivieron en una casa alimentándose de patatas, apilados «como zorros» por el frío. Eran felices, es cierto. Los Beatles les prestaron el primer single que les dio celebridad: acababan de nacer The Rolling Stones. Mick se codeaba con futuros premios Nobel y parlamentarios en Londres, y, aunque dejó los estudios, Spitz le califica de un «trepador social», especialmente por sus parejas, que poseían tanta posición social como falta de conexión con los demás miembros de la banda. Todas: Marianne Faithfull, Bianca, Jerry Hall... Él era el icono andrógino pero no bastaba: se encaprichó de Anita Pallenberg, la novia de Richards, con la que se acostó. Éste «nunca se lo perdonaría», según Spitz, que no hace mucha sangre con las correrías de Jagger a pesar de que ya le había quitado la novia a Brian Jones en 1960, y aún habría en más ocasiones: le robó otra a Jimmy Page, y en 1980 tuvo un «affaire» con Carla Bruni cuando ésta salía con Eric Clapton. Jerry Hall, la esposa que más duró a Jagger, también fue un «robo» al galán Brian Ferry. Incluso se relacionó con la joven Angelina Jolie.

Paranoias y la «nación pirata»

Otro asunto clave entre los líderes de los Stones fueron las drogas. Pronto comenzaron los «idilios psicodélicos» a lomos del ácido. Cuando Richards conoce la infidelidad de Pallenberg empieza a consumir heroína a raudales mientras el cantante frecuenta Saint Tropez con su cuchara para esnifar coca junto a Bianca. «Él quería hacerse el amor a sí mismo», le describe ésta, que a su vez es calificada por Spitz como «decadente, cazafortunas y frívola. Una arpía de la alta sociedad». En el seno de la banda empizan las paranoias. En la gran gira americana de 1972, los Stones viajan en un autobús con enormes cantidades de droga, reservando plantas enteras de hotel, con Truman Capote a bordo tratando de escribir una crónica. «Éramos una nación pirata», define Richards. En la época, la banda tenía un equipo médico con la orden de mantenerles con vida en caso de que les dispararan en el escenario. La abrumadora presión les hizo parar. Llegan las «infidelidades musicales» de Jagger, sus intentos de hacer carrera por separado, sus proyectos cinematográficos... dudosos. Consigue buenos duetos y éxitos moderados en la era de la MTV y también hace notablemente el ridículo en mallas y camisetas color flúor por miedo a parecer un pensionista. Tuvo un gran álbum de blues entre manos pero no lo publicó. Y finalmente, «Sir Mick», el blanco de todos los cachondeos. ¿Por qué no cuenta Jagger su versión? Hay quien dice que es porque no se acuerda de nada, otros, que no quiere acordarse.

«Jagger»Mark Spitz Alba. 277 páginas. 22,50 euros.

Sobre el autor Spitz no tiene el pedigrí de los grandes nombres de la prensa musical pero escribe para «The New York Times», «Vanity Fair» y «Uncut» Ideal para... los que disfrutan leyendo sobre cultura popular y con historias como sólo ocurrían en los 60 y 70 contadas con distanciamiento Un defecto Es cierto que Jagger no quiere hablar, pero se echan en falta testimonios en primera persona. Es tan ecuánime que resulta frío Una virtud El profundo conocimiento de unos hechos que se transmiten como «historia oral», su contextualización, y la gran carga irónica Puntuación 8