El fructífero encuentro de Botto y Peris-Mencheta

Premiada y aplaudida durante más de dos años desde su ya lejano estreno, “Un trozo invisible de este mundo”, escrita por el propio Juan Diego Botto, puede verse ahora desde casa en la Teatroteca

Solamente necesitó dos años el actor Sergio Peris-Mencheta para consolidarse como director escénico, con voz y estilo muy personales, y para asegurarse la atención de la crítica y el público en todos los trabajos que luego emprendería con su propia productora, Barco Pirata. Fue “Incrementum”, de Georges Perec, el primer montaje en el que asumió la dirección a nivel profesional. El modesto estreno en la madrileña sala Kubik Frabik (rebautizada hoy como Exlímite) de aquel curioso espectáculo, con el sello surrealista del autor francés en el fondo y la vistosidad que Peris-Mencheta imprimió en la forma, ya sorprendió en 2011 a propios y extraños. Entre ellos, a Mario Gas, director a la sazón del Teatro Español, que, consciente de sus posibilidades, decidió programarlo en la nave pequeña del Matadero. Allí fue donde vio la obra el actor Juan Diego Botto.

“Hasta entonces yo conocía a Juan prácticamente de hola y adiós –nos cuenta desde Estados Unidos Peris-Mencheta–. Los dos jugábamos a Lobos (nombre de un juego de rol) y coincidíamos en una casa con terceras personas; fue así como empezamos a intimar un poco más. Le convencí para que viniera a ver “Incrementum”, y la verdad es que salió fascinado”. Poco después, Botto envió al recién estrenado director unas piezas breves que él mismo había escrito y quería llevar a escena. Todas ellas tomaban como punto de partida argumental, y como asunto de reflexión, dos temas muy relacionados con su propia trayectoria familiar: la inmigración y el exilio. “Yo me emocioné muchísimo leyendo esos textos –explica Peris-Mencheta–. Le pregunté por qué quería que los dirigiese yo; él me dijo que el viaje era tan intenso que necesitaba a un ‘jugón’ para dirigirla, a alguien que tirase mucho de la imaginación. Creo que le interesaba esta cosa que yo tengo de aproximar formalmente los espectáculos a toda clase de públicos, incluidos los más jóvenes”. Así fue como se puso en marcha “Un trozo invisible de este mundo”.

“Nos pusimos a trabajar en una de las clases de la sala Mirador. Nos quedamos con cinco monólogos de los siete que había en principio. Hicimos un casting para encontrar a la actriz afroespañola que tenía que acompañar a Juan en el reparto, y finalmente optamos por una cantante, Astrid Jones, que prácticamente era lo primero que hacía como actriz”, dice Peris-Mencheta entre risas, consciente de lo sorprendente que nos resultó a muchos, a priori, aquella elección. “Es verdad que puede parecer todo un poco raro –reconoce el director–. Incluso yo hice también la escenografía, junto al diseñador de vestuario, ¡que era a su vez el gerente de la gira! Pero es que, al principio, todo estaba encaminado a hacer una cosa pequeña, íntima. En ningún momento nos podíamos imaginar que la obra se estrenaría en la sala grande del Matadero, que es precisamente la sala más grande de todo Madrid”.

Antes de aquel estreno, que tendría lugar el 2 de octubre de 2012, Peris-Mencheta había tenido tiempo de subir a las tablas otro trabajo distinto, este con su propia productora, en el Festival de Cáceres, en junio de ese mismo año. Se trataba de “Tempestad”. Aquella particular versión de la obra de William Shakespeare supuso otro espaldarazo a su carrera en ciernes como director, y el espectáculo, curiosamente, acabaría programado también en el Matadero en diciembre de aquel mismo año, solo un mes y medio después de que acabasen las representaciones de “Un trozo invisible de este mundo”. Una tibia acogida por parte del público en la obra de Botto hubiera acarreado, con toda seguridad, el batacazo de “Tempestad”, dado el escasísimo tiempo que mediaba entre la exhibición de una obra y la otra.

Afortunadamente, ocurrió todo lo contrario: el éxito de “Un trozo invisible de este mundo” fue arrollador, y aquello sirvió para empujar la otra producción y atraer espectadores a ella. “Aunque todo fue genial desde la primera noche, es verdad que, leyendo el texto de Botto, nadie lo hubiera imaginado representado en una sala para 800 espectadores y dispuesta a tres bandas –reconoce Peris-Mencheta, sabiendo el riesgo que corrieron–. Apenas pudimos ensayar con la escenografía, algo que hoy ya no se me ocurre hacer, porque mis escenografías suelen ser muy orgánicas. Fue una locura –dice riendo–. Antes del estreno hicimos un pase con público; entonces a Juan, que fue en todo momento muy generoso como autor, le entraron algunas dudas y se mostró preocupado con el ritmo. Quería cortar y sanear más el texto. Al final llegamos a un acuerdo para quitar algunas cosas que luego, cuando la función fue fuera cobrando ritmo, volveríamos a incorporar; y así lo hicimos”.

Finalmente llegó el estreno, y aquella noche se disiparon todas las preocupaciones. En palabras del propio Peris-Mencheta, “fue maravilloso y tremendamente emotivo; la venta previa no había funcionado muy bien, pero después de la primera función empezó a dispararse; a la semana ya estaba todo completo”.

En efecto, la obra, que contó con un Botto soberbio en la interpretación, calaba en todos los espectadores por vía emocional y conceptual desde los primeros compases, y lo hacía sin renunciar al humor y sin dejarse seducir por el panfleto. “Era un objetivo que teníamos muy claro desde el principio –señala el director–. Queríamos hablar simplemente de seres humanos, sin moralejas y sin condescendencia; más allá de la política, queríamos hablar de gente que está de camino, permanentemente de paso, sin poder echar raíces”. Y parece que lo lograron: “Todo el público se ponía siempre en pie al completo, como un resorte, nada más acabar la función –afirma Peris-Mencheta–. Eran todas las funciones muy especiales; la gente salía muy tocada. Ni Juan ni yo habíamos vivido eso nunca”.

La obra, que estuvo más de dos años de gira con vuelta al Matadero incluida, llegó a representarse en formato reducido en la sede oficial del Parlamento Europeo, en Estrasburgo. “Fue todo increíble”, resume su director.

Aquella temporada, “Un trozo invisible de este mundo” se alzó con cuatro Premios Max (Espectáculo, Autor Revelación, Actor e Iluminación) y Peris-Mencheta recibió el Premio Ceres, otorgado por los principales críticos del país, por su trabajo de dirección en este montaje y en “Tempestad”. “Aquel premio fue muy importante para Barco Pirata –reconoce–; nos estimuló mucho para seguir adelante con la productora, y con ella hemos llegado hasta hoy”.

El actor y director, que está pasando la pandemia en Los Ángeles, donde está a la espera de poder retomar el rodaje de la serie en la que está participando, tiene prevista, entre sus próximos proyectos teatrales, una nueva colaboración con Botto, al que dirigirá en otra obra escrita por este que se titula “Una noche sin luna”. Asimismo, estrenará la temporada que viene con la Compañía Nacional de Teatro Clásico “Castelvines y Monteses”, la versión de Lope de Vega sobre la leyenda medieval de los amantes de Verona que Shakespeare haría mundialmente imperecedera en “Romeo y Julieta”.

Espectadores de excepción

Aún se sorprende Peris-Mencheta al recordar la algunas de las reacciones que provocó el montaje en el patio de butacas: “Recuerdo que un día en Valencia, casi antes de acabar la representación, antes de ir a oscuro, ya se levantó una persona aplaudiendo con un entusiasmo desbordado. ¡Y resultó que era Esteban González Pons! También Baltasar Garzón, al que precisamente estaba dedicado el último de los monólogos, aunque en ningún momento decíamos que estuviera dedicado a él, salió encantado cuando vio la función. Cuando fuimos al Lliure, Lluis Pasqual bajaba cada día al caer el telón para ver si, otra vez, el público respondía de la misma manera. No se lo podía creer. La gente salía llorando cada noche”.